Eddie Murphy ha vuelto. Y lo ha hecho con todas las de la ley. Desterrado de Hollywood tras años y años de fracasos y decadencia, se la ha jugado a producir y protagonizar para Netflix Yo soy Dolemite, película basada en hechos reales donde nos muestra cómo se hizo famoso el humorista Rudy Ray Moore, y sus inicios no sólo en el tema del espectáculo si no llevando a cabo el rodaje de una película: “Dolemite“.

Con las reglas del biopic puro y duro bien aprendidas y masticadas, y el tono humorístico característico del hombre que fue Superdetective en Hollywood, Príncipe de Zamunda o el mismísimo Doctor Doolittle, ¿qué podría salir mal? Ni siquiera el ostracismo donde estaba escondido el bueno de Eddie y la falta de fe que algunos como yo hemos tenido en él en este Siglo pueden acabar con una producción mimada desde el principio.

Porque ya con el vestuario que se ve a lo largo y ancho del metraje de Yo soy Dolemite podemos comprobar que hay mucho afán de superación y de hacer bien las cosas en la película. A ello, añadir que Eddie Murphy está espléndido. Es pronto para saber si acabará entrando en las quinielas para los Oscars en un año donde hay mucho actor reconocido en papeles de prestigio (Phoenix, Di Caprio, De Niro, Banderas…) pero el nombre de Eddie merece estar en una prelista, porque lo borda.

Al igual que James Franco en The Disaster Artist, o que el Ed Wood interpretado por Johnny Depp en la gran obra de Tim Burton, los biopics sobre el mundo del cine empeñados en mostrar la vis cómica de quien es inconsciente de lo chapucero que es artesanalmente, tienen un punto de interés que no suele fallar. Y en esas se mete el bueno de Murphy, queriendo demostrar que es capaz de llevar a cabo una producción cinematográfica de blaxploitation.

Yo Soy Dolemite

Cine -perdonad la franqueza- de negros para negros. En eso se trataba ese cine casposo, pobre en cuanto a calidad pero que tenía un nicho de mercado lo suficientemente amplio como para generar un estilo cinematográfico muy olvidado por su escasa calidad pero muy necesario en la historia del cine. Y en ellas estuvo metido Ray Moore, Mr.Dolemite, a quien Murphy rinde homenaje. Y la película no deja de ser eso, una parodia de ese tipo de género, hecha con todo el cariño del mundo de quien adora el mundo del cine.

Eddie Murphy nos maravilló a todos a finales de los 80 y durante la década de los 90. Y, aunque llegó a ser nominado a los Oscars ya en este siglo -como secundario por Dreamgirls- su carrera enfrascada en viajes espaciales a lo Pluto Nash o en ridiculeces como Atrapado en un Pirado o Norbit le había debilitado sobremanera. Pero su vis cómica siempre ha estado intacta, y ahí seguirá con la secuela de El Príncipe de Zamunda a la vista.

Lo mejor de todo no es, únicamente, que Murphy haya vuelto al mundo del cine por la puerta grande, con una producción que dará de qué hablar. Lo mejor de todo es que se ha rodeado de una cuadrilla de compañeros con los que echarse unas risas y hacerlo bien. Porque el papel que nos regala Wesley Snipes es de quitarse el sombrero, o una secundaria con pocos minutos en pantalla pero donde se devora a todo el mundo como Da’Vine Joy Randolph, también espléndida.

No se puede ocultar que, como en muchos otros biopics, el metraje y exceso de protagonismo -lógico- del actor principal hacen que en su conjunto la película pierde cierto ritmo para resultar más atractiva. Pero tenemos un producto mucho más que correcto, entretenido, y bien trabajado, donde uno disfruta casi de principio a fin… y arranca a aplaudir el talento de un Eddie Murphy resucitado para la causa. Bravo, Eddie, nosotros te queremos.