¿Has visto ya Wild Wild Country? ¿No? ¿A qué estás esperando? Amigo, Netflix lo ha vuelto a hacer. Ha convertido a Wild Wild Country en uno de los shows del momento. Un documental dividido en seis capítulos que tiene los ingredientes perfectos para caer en gracia a público y crítica: una secta religiosa que promovía el sexo libre, una investigación policial vía gobierno de los Estados Unidos, un pueblo que se siente acosado por unos intrusos, intrigas… Suena a thriller de los buenos, a puro cine de Hollywood, y debemos admitir que el documental cumple sobradamente y nos aporta un buen rato de entretenimiento.

En plenos 80 hubo un revuelo en Estados Unidos, especialmente en el estado de Oregón. Allí fue a parar la secta -o nueva religión, al gusto- de seguidores de Baghwan Shree Rajneesh, un gurú indio que se había alejado de la ortodoxia hindú y pregonaba nuevas ideas, especialmente en cuanto a la libertad sexual. Se situaron en el condado de Wasco, donde se hicieron con un rancho en el que pretendían dar comienzo a una especie de comuna utópica con forma de ciudad.

Ahí comenzaron los problemas, al enfrentarse con las reticencias de los vecinos del pequeño pueblo de Antelope. Este es el punto de partida de Wild Wild Country, que a lo largo de sus capítulos va siguiendo una escalada en ritmo y desarrollo, desde un primer capítulo que bordea el tedio hasta un climax final que consigue mantener la atención del espectador. El caso del movimiento Rajneesh nos va absorbiendo en especial por el desconocimiento que tenemos de él. Recordamos otros episodios similares como el de los davidianos en Waco, o el de la Masacre de Jonestown.

La historia relatada en Wild Wild Country guarda semejanzas con la historia de Jonestown. Un gurú, una nueva religión, muchos seguidores, una comuna que promete felicidad… y de repente comienzan los episodios turbios y los problemas. Nada nuevo bajo el sol. Por ahí no nos sorprende Wild Wild Country. Si bien es cierto que hay diferencias, como el hecho de que Jim Jones era un pirómano mental, un hombre que poco a poco fue perdiendo la conciencia de la realidad y la cordura, y entre los métodos que empleaban en su ‘idílica’ comuna estaban la tortura y la implementación del miedo -esto último también ocurrió en Rajneeshpuram-.

Por tanto el relato de Wild Wild Country no es precisamente algo nuevo. Sí lo es la forma de contar la historia. Los seis capítulos en los que se divide la serie documental pueden llegar a ser demasiados, ya que hay momentos demasiado lentos en los que el tiempo no avanza, literalmente. Es la manera de contarnos el relato lo que consigue que queramos ver más. El empleo de una narración al estilo de una serie televisiva, alejándose del puro documental, ascendiendo el ritmo de cada capítulo hasta llegar a un mini climax final, dejando por el camino cliffhangers que te piden seguir con la historia.

La historia gana cuando se vuelve turbia, desde los tranquilos momentos iniciales. Por desgracia falta alguna voz opositora a lo que sucedía dentro de la comuna, desde dentro de la propia comuna. Todo parece demasiado bonito, incluso los malos momentos y las deserciones no parecen ser tan graves. Lo que realiza Wild Wild Country es sencillo: enfrentar dos relatos contrarios en todo momento, pero rara vez desde el mismo punto, siempre desde los antagonismos. El tranquilo pueblo de Antelope frente a la comuna Rajneesh; el FBI y el gobierno frente a los Rajneesh… Y en un caso como este resulta extraño, como digo, que no haya voces discordantes desde la propia comuna Rajneesh, por ejemplo.

Con sus virtudes y defectos Wild Wild Country termina por ser un documental entretenido, inferior a otros como Making a Murderer, pero que no decepcionará a los fans de este tipo de productos. Además, nunca sobra conocer un hecho cercano en el tiempo, pero bastante desconocido fuera de Estados Unidos. Y bueno, está Sheela.