Nathaniel Sr.: How’s life?
Claire: How’s death?

Hay momentos que cambian vidas como hay series que cambiaron la televisión. Sigue pasando. Ahora que vivimos una época dorada en la pequeña pantalla hay quien puede pensar que esto siempre fue así, donde las opciones de calidad son muchas y variadas. Nada más lejos de la realidad. Todo empezó a cambiar, para mejor, con el nuevo milenio. Y A dos metros bajo tierra fue una de las series que protagonizaron ese cambio, bajo el manto de una HBO que creyó en esos proyectos valientes. Nadie duda de que A dos metros bajo tierra lo fue. Como lo fueron Los Soprano o The West Wing entre otros. En el caso que nos ocupa, su manera de contar la vida de la familia Fisher acaparó los elogios de crítica y espectadores, mientras también resultaba una ruptura con lo establecido. Quisieron abrir las mentes de los espectadores y lo lograron. Y qué decir de su excelente e inolvidable final.

Su creador Alan Ball ideó un producto mágico que quedó instaurado por derecho propio y para siempre en el olimpo de la televisión. Porque A dos metros bajo tierra ha quedado reconocida como una de las mejores series de la ‘corta’ historia de la ficción televisiva, algo que consiguió por su forma de contar historias y de expresar al ser humano y sus relaciones. Ball nos presentó desde el primer día a una familia diferente para los estándares a los estaba habituada la pequeña pantalla. Los Fisher regentan una funeraria y deben tratar a diario con el drama que supone ver como un ser humano pierde y llora a un ser querido. La empatía que muestran por lo general en esos duros momentos contrasta con la locura que alcanzan sus propias vidas. La funeraria Fisher and Sons es precisamente un aspecto que parece poder generar rechazo al atacar la serie, pero la naturaleza y fidelidad con la que aparece tratada termina por añadir una belleza extra a la narración. Pero no es su trabajo lo que hace especial a la familia Fisher, ni lo que convierte a esta serie en única e imborrable para todos aquellos que la hayan disfrutado de principio a fin.

Son los Fisher y sus tribulaciones lo que engancha al espectador. Ruth, Nate, David y Claire mantienen una incansable lucha contra sí mismos y las circunstancias que los rodean durante un total de 63 episodios divididos en cinco temporadas. Su constante búsqueda de la felicidad es el hilo conductor de la serie. Para ello fallan, pelean contra sus demonios internos, recaen en errores pasados, y siempre insisten en levantarse. Ocurre todo con una crudeza que sorprende ya en un episodio piloto que llega a chocar al espectador. Los personajes son presentados tal y como son, sin medias tintas, y esto hace que uno se de cuenta muy pronto de que no hay adornos en la familia Fisher, como tampoco los hay en cualquiera de los excelentes secundarios que les rodean. Keith, Brenda y Rico acaban por ganarse un hueco en el lado protagónico por méritos propios. Las intenciones de Ball y su equipo de guionistas son muy claras desde el primer minuto: quieren mostrar las relaciones humanas sin ambages, huyendo del clásico toque de dulzura que envuelve a mucha ficción televisiva. No estaba tan normalizado ver personajes tan descarnados en la televisión, o cuanto menos no al nivel y en la cantidad con la que en A dos metros bajo tierra aparecen.

¿Hemos dicho que los Fisher buscan la felicidad? Porque bien pudiera cambiarse ‘felicidad’ por ‘normalidad. En ese camino que desarrollan a lo largo de las cinco temporadas vemos como los protagonistas sufren altibajos que les llevan a desear conseguir no ya una felicidad plena, sino aquella que les permita vivir el día a día con tranquilidad y normalidad, sin los constantes vaivenes emocionales que les atoran. No es una constante de uno de los personajes sino de todos y como serie coral cada uno lo hace a su manera. Lo vemos en la matriarca, una Ruth Fisher que tras sufrir el fallecimiento de su marido se lanza a por el reemplazo de ese amor perdido, de ese compañero de viaje que le haga más cómoda la existencia y le devuelva a la aparente tranquilidad que vivía junto a Nathaniel. Indecisa en muchas ocasiones, termina por mostrarse muy decidida cuando ve que debe tomar las riendas. Su labor como matriarca puede parecer menor pero se acrecenta con el paso de los episodios. Es precisamente la muerte de Nathaniel Fisher lo que une a la familia y lo que empieza por mostrar al espectador que todos los miembros guardan una cosa en común: la indefinición e indecisión con la que van a afrontar el futuro a corto y largo plazo.

Nate y Claire muestran ciertos rasgos que los acercan, tal y como ocurre con Ruth y David. En los primeros tienden a ser ellos mismos los que acaben por meterse en una espiral de malas decisiones, mientras que en lo que respecta a Ruth y David son por momentos las circunstancias lo que les dificulta su devenir durante el desarrollo de la historia. En el caso de Nate Fisher ve como su intento de encontrar un alma gemela en Brenda fracasa una y otra vez, dirigiéndose a un caos continuo que solo parece solventar cuando se aleja del huracán que es la deshinibida y traumatizada Brenda Chenowith. Y cuando eso ocurre, son las circunstancias -la muerte de Lisa– las que le devuelven al punto de partida.

Vemos como Claire nace como un personaje al que nada parece apasionar para terminar siendo la más experimental e interesante culturalmente -la banda sonora que la acompaña es de gran nivel-, asistimos a su paso a la madurez, a una madurez exquisita que queda completada en las escenas finales de la serie donde se hace con el mando en la escena. David Fisher solo aparenta querer una vida establecida y normal junto a Keith, sin sobresaltos, y es precisamente el que sufre en primera persona la quizá experiencia más dura de la serie, cuando en la cuarta temporada un capítulo rompe la estructura habitual de la serie para que veamos -y suframos junto a él- como es secuestrado, robado, apaleado y torturado hasta casi la muerte, manteniéndonos en una tensión atípica por lo inusual del ritmo desarrollado. Este suceso cambia al personaje para siempre, dejando sus inseguridades más destapadas aún. Dejó también uno -o unos- de los momentos más bonitos de A dos metros bajo tierra, con la sutileza y belleza con la que fue saliendo del armario con todos y cada uno de sus familiares. Al final resulta muy complicado no empatizar tanto con la familia Fisher como con Keith, Brenda o Rico, secundarios que abrazan pronto el cartel de protagonistas.

La rotundidad de los guiones le da más fuerza si cabe a la arrolladora presencia emocional de los Fisher. Pero estos no serían lo mismo sin dos elementos diferenciales tanto en la historia como en la serie. Por un lado la capital presencia del patriarca de la familia, un Nathaniel Fisher interpretado magníficamente por Richard Jenkins. Ni siquiera necesita demasiados minutos en pantalla para mostrar la importancia que juega en la conciencia de los protagonistas, en ocasiones llevándoselas al límite, en otras dando ese consejo que pareció faltar en vida. El punto de socarronería dibujado en el personaje -y llevado a cabo a la perfección por Jenkins y su mirada- termina por darle el cartel de imprescindible. El padre de la familia deja conversaciones para el recuerdo, como con Nate, con el que nunca pareció conectar hasta que falleció.

David Fisher Nathaniel

Nate: Time flies when you’re having fun, huh?
Nathaniel Sr.: No, time flies when you’re pretending to have fun. Time flies when you’re pretending to love Brenda and that baby she wants so much. Time flies when you’re pretending to know what people mean when they say “love”. Face it, buddy boy, there’s two kinds of people in the world: there’s you, and there’s everybody else, and never the twain shall meet.

El segundo elemento en cuestión es la muerte. Presentada en todos los capítulos como punto de partida con el fallecimiento del ‘cadáver del día’, escenificada con un mini corto que termina elevado a la altura de culto. Allan Ball quiso “sacarla del armario”. Acompaña a la serie desde el principio hasta el final de manera inseparable, pero son contadas las ocasiones en las que juega un papel principal. Esa forma de presentar a la parca era, es, inusual. En A dos metros bajo tierra consiguen naturalizar la muerte, convertirla así en algo normal y humano. No es un desencadenante para los hechos que ocurrirán en un episodio o una temporada, sino algo que simplemente está ahí, acompañando el devenir de las cosas. Esto crea un antes y un después en el espectador no ya como consumidor, sino también como ser humano. Le ayuda a reflexionar al respecto.

Sin embargo es precisamente un fallecimiento relevante -el de Nathaniel- el que lanza la historia y es otro -el de Nate- el que pone el broche final. La muerte acompaña a los personajes pero les marca un antes y un después en ambos casos. Ese llanto por Nathaniel Sr. con el que se arranca lo hacemos nuestro a posteriori, y cerramos el círculo con el llanto por la muerte de Nate. Entre medias disfrutamos con la gran laboral actoral de todos los actores, gracias al excelente trabajo de casting. Es difícil quedarse con uno en concreto ya que todos se comen la pantalla por momentos. Los actores son llevados al límite de la manera en la que son exprimidos los límites de sus personajes.

A dos metros bajo tierra va incluso más allá en algunos aspectos. Busca trascender -y lo consigue- intentando que el espectador no vea la serie como un simple entretenimiento, sino que además reflexione con los acontecimientos y sus diálogos. Hay algo que la hace ir más allá. Esa dicotomía de la vida y la muerte en la que se encuentran los personajes y sobre la que quienes ven la historia a través de la pantalla terminan pensando inconscientemente.

‘Why do people have to die?’
Nate: – To make life important.

A dos metros bajo tierra llega a un final que muchos consideran el mejor final de una serie jamás rodado -entre los que un servidor se incluye-. Pocos parecen equipararse, quizá en dura pugna con el que Tony Soprano nos regala. Todo arranca en los últimos tres episodios con el fallecimiento de Nate y lo que esto genera en sus allegados. El hijo mayor de los Fisher sustituye a su padre en las clásicas y esperadas apariciones una vez muerto para decir el último adiós a su familia. Lo hace a la manera de cada uno, pero es con Claire con quien alcanza un climax sencillamente espectacular, siendo Nate el que lanza a su hermana para que cumpla sus sueños, incitándola a mirar adelante y no hacia atrás –Claire, you want to know a secret? I spent my whole life being scared. Scared of not being ready, of not being right of not being who I should be. And where did it get me?-.

Cuando apenas restan diez minutos para echar el telón de cierre es el propio Nate el que una vez más inicia la marcha, en la última gran función de Peter Krause cantando exagerado, de blanco inmaculado, con mucha ironía y en casi el último giro del destino que nos ofrece la serie, ese buen tema de Rare Earth llamado I Just Want to Celebrate Another Day of Living. Cómo no. Vivir un día más y poder celebrarlo. Tener un día más para poder amar. Un colofón ideal para definir A dos metros bajo tierra. Claire toma el protagonismo, se despide de los suyos arrancando las primeras lágrimas gracias al You gave me life que le dedica su madre y empieza el precioso fin. Todo es perfecto en ese adiós. Todo. Porque la serie necesita acabar así, siendo fiel a si misma: con la muerte presente, con el camino en marcha y con los personajes encontrando al fin la felicidad.

Claire: Oh, I wanna take a picture of everyone.
Nate: You can’t take a picture of this. It’s already gone.Claire Nate