“Les voy a decir quién soy. Yo soy Pablo Emilio Escobar Gaviria”.
Narcos

Un thriller cargado de drogas, asesinos, una policía que no rechaza emplear los métodos más sanguinarios con tal de lograr sus objetivos, políticos corruptos… El cóctel es atractivo por si solo. Si a ello se le añade Pablo Escobar y la DEA, los ingredientes son perfectos para cocinar un producto de primera calidad. Eso, en resumen, es Narcos. Una ficción de máxima calidad que ha terminado su primera fase con nota. Y es que si bien Netflix ha renovado por dos temporadas la serie que es una de sus señas de identidad, Pablo Escobar dice adiós tras una segunda temporada escrita y realizada a modo de epílogo de su historia como narco. ‘Historia’, entre comillas, por aquello de que lo visto hasta ahora en Narcos es una adaptación libre de lo que ocurrió entre finales de los setenta y principios de los noventa alrededor del líder del Cartel de Medellín. Resulta que en este caso nos da igual que no sea fiel a la realidad, el resultado final es tan bueno que le aceptamos todas las licencias tomadas para dibujar la trama que terminamos por disfrutar. Incluso que no salga Popeye, el sicario youtuber.

Tras terminar la primera temporada de Narcos y aparcando las buenas sensaciones que nos dejó, una pregunta surgía rápidamente: ¿cómo se va a enfocar la segunda? La trayectoria de Pablo Escobar fue larga y a estas alturas muy conocida, gracias al creciente interés por su figura generado durante la última década. Los documentales, series y películas de diferente pelaje se han ido sucediendo casi sin descanso. Si alguien ha estado interesado en la figura del ‘Robin Hood Paisa’, Narcos no le ha ofrecido mucha novedad. Y precisamente por este motivo entraban dudas de cómo afrontarían la producción de la segunda temporada. Tras condensar más de diez años en ocho capítulos, ahora apenas restaba alrededor de un año por contar y por delante el mismo número de episodios. Esto ha generado críticas dispares. No son pocos los que hubieran preferido encarar las dos temporadas de una diferente manera o, incluso, haber partido la primera en dos, para explayarse más en lo que al narcotráfico y a Escobar se refiere, para así haber disfrutado un poco más de la, para ellos, fascinante historia del colombiano. Fácil de desmontar si tenemos en cuenta que Narcos no es la historia de Pablo Escobar, sino de como la DEA y la policía colombiana acaba venciendo a Pablo Escobar. Hay quien llega a pensar que Netflix no esperaba semejante éxito y por tanto la segunda entrega llega metida con calzador, pero este argumento cae solo por el simple hecho de que aún quedaba trama y Escobar por delante.

Si alguno mantenía dudas antes de comenzar el visionado de esta segunda entrega, pronto quedarían disipadas ya que la respuesta ha sido magnífica. Tras ver al Escobar triunfante primero y sanguinario después durante la primera entrega de la serie, en esta segunda se profundiza en los sentimientos del narco de narcos, así como también de sus dos principales antagonistas, Javier Peña y Steve Murphy, los no tan perfectos agentes de la DEA, que tienen aquí sus particulares descensos a los infiernos. El resultado es magnífico, sustentado por un muy buen guión -una vez más- y por las brillantes actuaciones del trío protagonista. Habrá quienes sigan lamentándose por el acento que Wagner Moura le imprime a su personaje -aunque nadie se queja de los argentinos, mexicanos, etc que aparecen en el elenco-, pero eso no hace que nos creamos menos a su Pablo Escobar. Uno hasta llega a empatizar con ese patrón sin escrúpulos capaz de la peor de las fechorías, por raro que suene. Se le ve sufrir por su familia y lo apreciamos gracias a Moura. Ahí están sus escenas con su padre. Mientras tanto, en la DEA Steve Murphy –Boyd Holbrook– se agarra a la botella y se plantea lo que hace cuando pierde lo que más le importa, que como en el caso de Escobar es su familia. Javier Peña –Pedro Pascal– se agarra al todo vale, incluso abrazarse al mal, con tal de conseguir sus objetivos.

El nivel de los secundarios baja un poco con respecto a su primera temporada, especialmente en algunas escenas que parecen sacadas de una telenovela por las actuaciones. Los hay que sí nos ganan para su causa, y curiosamente personajes que rodean al círculo de Escobar como la Quica, Limón, o Tata, la mujer de ‘Don Pablo’, que ve como su presencia en pantalla aumenta para demostrar que hay actriz -la joven Paulina Gaitán-. En el lado contrario se agradece la vuelta de Carrillo, otro sanguinario aunque, en este caso, en el lado de los buenos. La ausencia es una vez más John Jairo Velázquez, ‘Popeye’, el sicario favorito de los más jóvenes gracias a su faceta como youtuber. Entre todos ellos nos siguen enamorando con esas palabras que tan poco estamos acostumbrados a escuchar. Si berraca, malparido, hijueputa, y demás se acabarán instalando en nuestro día a día solo el tiempo lo dirá.

A quien no le ha gustado demasiado Narcos es a Sebastián Marroquín, anteriormente Juan Pablo Escobar y, por tanto, hijo del narco colombiano. Sus críticas de la primera temporada se escucharon, pero las de la segunda se han hecho notar aún más, destacando 28 puntos que considera erróneos. Quizá se le olvide aquello que dice Narcos en el arranque de cada episodio, que la serie se toma licencias para hacer con los hechos reales lo que le plazca. O quizá solo quiera hacerse notar y ganar otro minutito de gloria, al fin y al cabo él ya contó su historia en ‘Los Pecados de mi Padre’, documental de 2009. Por delante ya no nos queda más Pablo Escobar, aunque sí más Narcos. Dos temporadas más han sido confirmadas, con el Cartel de Cali como protagonista. De seguir así, hasta donde podría llegar la serie es una incógnita. Alguno quizá sueñe con ver la huida del Chapo Guzmán llevada a la televisión -sin duda más emocionante que la huida de ‘Don Pablo’ de La Catedral-, o, por qué no, saber como se las montaban Sito Miñanco y compañía en Galicia.

Narcos, Netflix