Llega Navidad y, como es habitual en Netflix, la invasión semanal de títulos -tanto series como películas- relacionados con esta época del año es cada año superior. Dentro del catálogo de cutrerío que impregna la mayoría de las producciones cursis para devorar una tarde de sofá y manta, toca destacar muy por encima de la media Klaus, un largometraje animado con firma y sabor español, el de su director: Sergio Pablos, creador de Gru, mi villano favorito, con una amplia carrera en el mundo de la animación -en Walt Disney- y que se ha lanzado a su primer largometraje.

Con firma española, sí, pero con el presupuesto que puede generar una productora como Netflix y el hecho de tener al frente del proyecto a un artista de la animación. Con esas cartas el aspecto técnico del largometraje debería ser algo a destacar, y lo es. Porque a pesar de no tener los trazos característicos de Disney que tanto gustan a los niños, Klaus no parece en ningún momento una película lejana en cuanto a calidad a las grandes obras de dibujos para toda la familia.

Superada esa fase desde el arranque, toca pasar la prueba del algodón a qué nos quieren contar. ¿Una historia de navidad? Con Frozen II a la vuelta de la esquina, uno puede poner en duda que la película sea capaz de competir a esos niveles. Pero, lo hace con una soltura envidiable. El personaje principal, un ser caprichoso, al que le importa todo un pimiento, enviado a los confines del mundo como cartero, a un mundo oscuro donde los carteros poco menos que se los comen. Dos familias enfrentadas, y él pululando por ahí pensando en poder escapar.

Con una premisa sencilla, unas bases que siguen a rajatabla los mandatos que debe seguir un buen film de animación para toda la familia, Pablos consigue crear personajes para la posteridad como esa niñita que nadie entiende, ese toque de ternura que toca anclar en toda producción pero que consigue arrancar la sonrisa del espectador. Y qué decir del mensaje claro y contundente de la producción, que nos habla de como un simple gesto puede remover conciencias.

Klaus

Klaus nos habla de la Navidad, de todo el mensaje navideño, haciendo que lo más cursi del mensaje nos resulte más atractivo que nunca. Al estilo de Pesadilla antes de navidad, coloca a personajes atípicos de fechas navideñas, gente extraña, en un mundo oscuro que parece imposible de iluminar. Y un personaje tan oscuro como ellos, capaz de remover conciencias, de cambiar el mundo, a pesar de que inicie su revolución pensando en sí mismo.

Pasan los minutos y la historia es básica, pero encantadora y tierna. Tanto, que nos hace olvidarnos de que nos está colando un anuncio navideño con un envoltorio precioso. Lo hace desde dentro, hablándonos de la magia de la Navidad sin necesidad de emplear la magia ni lo fantasioso. Desmitificando personajes, reconstruyendo la historia y haciendo que todo vaya poco a poco cobrando un sentido. Posiblemente no surgiera así el personaje de Klaus, pero nos consigue creer que bien pudiera ser de este modo.

Una bonita leyenda, un cuento infantil que también deberían escuchar los más adultos. El espíritu navideño más vivo que nunca porque Klaus es una película navideña muy inteligente para redescubrirnos la propia Navidad y para, sobretodo, hacernos pasar un rato agradable en familia. Poco a poco, eso sí, la magia se va apoderando de todos, una magia escondida, nunca a la vista, haciendo todo el cuento lo más creíble posible.

Sergio Pablos ha creado la que es, por méritos propios, la mejor obra de animación española para los más pequeños. Una animación que ha ido creciendo a pasos agigantados con obras como Tadeo Jones -notable estéticamente pero floja en su conjunto- o Mortadelo y Filemón contra Jimmy el cachondo, pero que consigue aquí un punto álgido a tener en cuenta. Klaus es una película mayúscula dentro del pírrico panorama de la animación nacional, y dentro del extenso panorama del cine navideño.