Cuando Julia Roberts abandonaba la serie Homecoming tras su primera temporada, su serie, nos temíamos lo peor. Y acertamos. Aunque la venerada actriz continúa como productora ejecutiva, un mero cargo para llevárselo caliente al bolsillo, su ausencia y la de Sam Esmail, director de la primera temporada, se notan sobremanera. La segunda temporada de Homecoming nos deja una serie deslavazada, desnortada y que no pasa de ser un continente bonito con un contenido tirando a mediocre. Las magníficas señas de identidad de su estreno aquí parecen olvidadas y con ello nuestro interés decae muy rápidamente.

Del thriller psicológico de la primera temporada queda poco, de hecho la palabra psicológico podemos obviarla y el aspecto thriller se pierde durante buena parte de esta segunda temporada de Homecoming. A decir verdad la serie consigue captar nuestra atención durante un interesante primer episodio que sitúa un buen punto de partida a todas luces desaprovechado después. Con ese primer episodio nos las prometíamos felices pero nada más lejos de la realidad. En esta segunda temporada Homecoming cae en lo anodino e insípido, en la indiferencia, y eso para una serie que venía de maravillarnos en su primera temporada es un delito.

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La serie busca sus propias referencias con la dirección de Kyle Patrick Alvarez, pero no termina de funcionar. Y no lo hace porque en todo momento notamos que hay una falta de ideas y la apuesta es simplemente imitar la primera temporada, sin buscar su propia identidad. Eso hubiera estado bien si Sam Esmail siguiera a los mandos, pero la sensación constante en esta segunda temporada de Homecoming es la de ver una repetición grosera, en una serie que apuesta por una aburrida linealidad. Aburrida porque no nos da nada nuevo, nada que no hayamos visto antes, haciendo de esta serie una más.

Echamos de menos a Julia Roberts, por supuesto, lo mismo que a Bobby Cannavale, Shea Whigham o Sissy Spacek. Janelle Monáe realiza un buen trabajo pero no llega a llenar los zapatos de la Roberts. A ella se le suma una maravillosa Hong Chau como todopoderosa mandamás de Geist, una actriz que sin excesos consigue llenarte una escena. Y nada más. Nos falta vida en esta Homecoming, una serie a la que esta vez le agradecemos que haya reducido los diez episodios de la primera temporada a solo siete en esta segunda. Así como su apuesta por esos planos y escenas que nos recuerdan al cine de Hitchcock. Y Joan Cusack está divertida. No todo va a ser negativo en la serie, por supuesto que no.

Ni los personajes están desarrollados en exceso, ni la historia tiene demasiada miga. De repente nos sentimos perdidos, como si estuviéramos viendo una serie diferente y no la segunda temporada de Homecoming. La sensación general es la de haber querido aprovechar el buen sabor de boca que dejó la primera temporada para estirar el chicle y dar un producto cualquiera, aunque solo esté mínimamente relacionado con su predecesora. Esto, sintiéndolo mucho, no nos funciona en ninguno de los casos. No vamos a pedir la excelencia, pero si algo más a una serie que fue capaz de darnos tanto. Sinceramente, que se ahorren una posible tercera temporada de Homecoming.