Siempre se ha dicho que una buena forma de atraer al público consiste en ofrecer una historia que atraiga y cautive por su sencillez. Por eso las entrevistas televisivas son un formato donde hay que hilar muy fino para que el resultado final sea un producto que realmente interese a las personas que se van a poner en frente de una pantalla. Y si además esta entrevista está dividida en varias entregas de más de 50 minutos cada una, eso es aún más importante.

Por eso Oliver Stone no tiene problema alguno a la hora de configurar Entrevistas a Putin en sus cuatro capítulos. El galardonado director norteamericano es muy consciente de la potencia que tienen todos los mensajes que da el presidente ruso y eso lo explota a la perfección.

Este documental, género al que también se podría aludir debido a la extensión de los muchos temas tratados durante las conversaciones, está grabado en un periodo de dos años -entre julio de 2015 y febrero de 2017-. Casi 20 horas de metraje donde prácticamente todo está permitido a la hora de preguntar. Temas como su infancia y adolescencia en Leningrado, su pasado en la KGB, sus relaciones con los Estados Unidos, el caso Snowden, el ‘hackeo’ de las pasadas elecciones norteamericanas, los conflictos a escala nacional e internacional, etc. No hay límites.

Tener tanta apertura, algo que contrasta con la imagen que se tiene del presidente ruso, hace que el espectador se muestre receptivo a la hora de escuchar lo que tiene que decir el señor Putin. Luego cada uno hará su perceptivo análisis de la situación y se creerá o no lo que dice. Pero no dudamos del gran impacto que generan estas Entrevistas a Putin.

La buena sintonía que hay entre Vladimir Putin y Oliver Stone, algo que llama poderosamente la atención desde los primeros compases de la entrevista, hace que la fluidez del relato sea consistente. Ni siquiera con las preguntas incómodas, que las hay, esto se pierde o diluye.

Entrevistas a Putin se ayuda mucho del beneficio estético que ofrece realizar las entrevistas en múltiples localizaciones. La profundidad del relato que nos sirve el hombre más poderoso de Rusia viene también complementada con imágenes de su querencia por los deportes, especialmente las artes marciales y el hockey sobre hielo. Sacar provecho de ello le otorga a la cinta una dimensión diferente.

Por momentos se tiene la impresión de que Oliver Stone peca de blando en algunas cuestiones de vital importancia para Rusia, aspecto que tampoco debe sorprender mucho ante la conocida fascinación que siente por Putin. Las tendencias del cineasta norteamericano, atizador de las políticas liberales de su país y en cambio defensor de las medidas liberales de otros países que no son el suyo, acaban siendo un punto de apoyo del cual Putin saca partido.

Tal es el ‘buen rollo’ que hay en Entrevistas a Putin, a pesar de necesitar un traductor para comunicarse, que el presidente no duda a la hora de pronunciar frases tan potentes como “todos tenemos huellas del estalinismo, ¿y qué?. Se siente cómodo y relajado, hasta el punto de realizar chistes machistas como “yo no tengo nunca un mal día, porque no soy una mujer”.

Podríamos acusar a Oliver Stone de no ser riguroso ni objetivo al 100%, algo que el propio director ha reconocido, pero en esencia esta entrevista no deja de ser un medio en el cual Vladimir Putin puede exponer su visión sobre multitud de temas, sean veraces o no las afirmaciones que hace el máximo mandatario del enemigo por antonomasia de los Estados Unidos.

Esta condición de villano al que siempre quieren otorgar los medios norteamericanos hace que sea casi imposible que Putin pueda ofrecer su postura de una forma concreta y sin evasivas. Su mensaje nunca gusta, pero eso a Stone le da igual porque lo que busca es que su entrevistado se explaye sin cortapisas, dentro claro está de los límites de la cortesía en el tema de las relaciones internacionales.

El binomio que han formado Stone y Putin en esta producción que distribuye Showtime acaba convenciendo por un buen margen. Y es que no todos los días se tiene la oportunidad de contemplar a todo un presidente de Rusia viendo la escena del Mayor Kong ‘cabalgando’ la bomba atómica en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú.