Hablar de ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ (‘The West Wing’) es hacerlo de una serie que es historia de la televisión. Un mito, una leyenda en lo que a series se refiere. Si nos vamos a otras artes, podemos decir que ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ es como The Beatles o The Rolling Stones en el rock. O como Michael Jordan o Kareem Abdul Jabbar en el baloncesto. Palabras mayores, simple y llanamente. Porque ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ es una de las más grandes series, una de las mejores, de la televisión.

Empiezo fuerte. Ahora toca defender a lo largo y ancho de este texto esa posición inicial. Argumentos y motivos todos, dudas ninguna. ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ tiene unas virtudes y características muy marcadas y que mantiene inalterables durante sus siete temporadas. “¿Has dicho siete temporadas?”. Sí. Y de más de 20 episodios cada una de ellas. Eran otros tiempos, joven seriéfilo. Por eso hay que valorar y celebrar sus virtudes. ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ vivió siendo una serie inteligente en sus afilados guiones, diálogos y personajes, disfrutó de un ritmo vertiginoso que permitía crecer sin descanso a este drama político. Además ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ era, es, una serie eminentemente optimista.

‘El ala oeste de la Casa Blanca’, una de las mejores series de la historia

The West Wing serie

Paremos un segundo. ¿Un drama político optimista? ¿Qué clase de brujería es esta? Lo sé. Una mirada optimista y positiva de la política parece algo imposible, máxime en tiempos como los que nos toca vivir. No por pandemias ni por vaivenes políticos, ascensos de ultraderechas y fascismos varios, o por corruptelas varias. Ni tampoco por el simple hecho de que los políticos parezcan más simples que el mecanismo de un botijo. No. Este hecho parece imposible por vivir en una época de intoxicación absoluta en lo que a noticias se refiere, especialmente en lo político. Las innumerables tertulias políticas y la banalización de esta disciplina no han hecho más que mostrarnos que lo de la política es un drama, sí, y televisivo, también, pero desde luego no positivo.

Quizá por eso ver ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ ayuda a reconciliarse con la política. Y con la vida. De hecho, tras la presidencia de Donald Trump en los Estados Unidos nos ayuda hasta a mirar con otros ojos al país de las barras y estrellas. Especialmente tras los innumerables casos de racismo, violencia policial o el infaustamente célebre asalto al Capitolio. Porque en ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ su creador Aaron Sorkin nos regala al mejor Presidente de los Estados Unidos (Jed Bartlet) que jamás soñamos con tener. Inteligente, de diálogo fluido, justo -o al menos lucha por serlo y sufre cuando no lo consigue-, ingenioso, capaz de debatir con sus contrarios y llegar a acuerdos con ellos…

Hay quien ataca la serie por este exceso de optimismo o, si lo prefieres, alejamiento con la realidad. La política que conocemos no es así. Sabemos que en la política y sobre quienes trabajan en ella predominan el egoísmo, la salvación del culo propio y el pisar al enemigo, incluso aunque este juegue realmente en tu propio equipo. El sálvese quien pueda si quien se salva soy yo. El yo, por el yo, ante el yo, sobre el yo. ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ nos muestra una utopía política en la que queremos creer… y creemos. Vaya que sí. Dejamos realidades a un lado y nos quedamos con todo lo bueno que nos ofrece, y es mucho.

‘El ala oeste de la Casa Blanca’ y su creador Aaron Sorkin creen que una política mejor y más digna es posible. De hecho, una vez vista la serie no volverás a creer en los políticos de nuestro día a día. Sorkin nos dice que podríamos tener mejores políticos, unos para los que servir al Gobierno y sus ciudadanos es un auténtico honor. No hay nada más importante para los protagonistas del equipo de Jed Bartlet. Los Josh Lyman, C.J. Cregg, Toby Ziegler, Leo McGarry o Sam Seaborn no conciben otro trabajo mejor que poder ayudar a construir un país mejor. Esa es una de las grandes lecciones que nos enseña la magnífica serie de Sorkin. Servir al Gobierno desde una posición política como un acto de honor.

Un objetivo sin duda loable, demasiado utópico en la era del yo y la corrupción. No en vano hoy los políticos son vistos como ladrones, corruptos que solo piensan en ellos y los de su clase. Algo que se han ganado a pulso y que además nos ha dejado una visión del Estado como algo débil. Esto no pasa en ‘El ala oeste de la Casa Blanca’. Sorkin nos da una serie que cree en un Estado fuerte que defienda a sus ciudadanos. Sus postulados se acercan a los de un liberal -en el sentido estadounidense de la palabra- escorado a una izquierda que alguno calificaría casi de radical en los propios Estados Unidos. Cree en el pago de impuestos para hacer mejor la vida de los ciudadanos, cree y defiende lo público -siendo la educación, uno de los grandes caballos de batalla de la serie-. Cree, en definitiva, en un Gobierno como pilar para mejor la vida de todos. Utopía, pero nos la creemos con la baba cayendo por la boca.

Una serie inteligente y esperanzadora

Decía que ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ es una serie inteligente, motivo ya por el que debe ser reivindicada. Es inteligente en sí misma, en sus personajes y protagonistas, en sus temas y, principalmente, cree que sus espectadores y la propia sociedad son inteligentes. Apuesta por ellos decididamente, no trata de tonto al espectador. Considera la inteligencia como algo positivo y reverenciable, aspectos que en la época del consumo rápido de ocio y entretenimiento parece en ocasiones olvidado. Aunque crea en unos valores ‘demócratas’ y de izquierdas, ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ no teme ir al debate de posturas muy diferenciadas. Vive de ello. No cree en la imposición ni ideas únicas, ni en el conmigo o contra mí de la política actual.

Sus personajes son la quintaesencia de la inteligencia. En sus ideales y valores, en sus diálogos y tramas. Vemos un constante debate, una conversación sin respiro con réplicas continuas. Las salidas y respuestas de cada personajes son perfectas, no hay puntada sin hilo. Sus diálogos son pura historia de la televisión, además de contar con los ‘walk and talk’ que ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ se encargó de elevar a la categoría de arte televisivo para siempre. Además, resultan una respuesta magnífica a la simple ejecución de un diálogo, añadiéndole un ritmo especial que incide y explota ese aura de serie vertiginosa en la que no para de suceder cosas.

Eso no quita para que sean humanos y el avance de los episodios y las temporadas incidan en esta cuestión. Tiene sus virtudes pero también sus flaquezas, más acusadas en unos u otros. Vemos caídas a los infiernos, sentimos el miedo que ellos ven en sus vidas. Pero eso no les quita de mostrar una eterna pasión por la defensa de sus ideales y principios, una pasión innata por su trabajo. Son cínicos sin querer evitarlo pero, como la serie, siempre creen en un mañana mejor. Apuestan por su generación pero también por las que vendrán. Son optimistas por naturaleza, no podría ser de otra manera. Apuestan por la razón y el entendimiento como respuesta a los problemas que genera la política, un mantra que ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ defenderá con uñas y dientes desde el episodio 1 hasta el 155 final.

Los debates en ‘The West Wing’ son cosa de otra época. Harina de otro costal. Cualquier negociación, cualquier reunión para discutir un tema alrededor de una mesa se convierte en un tema de alta importancia. Alta política es estar disfrutando con la definición de la política agraria en Iowa. Tú, que no sitúas ni Iowa ni Majadahonda en un mapa, estás absorto, alucinando porque Iowa merece más o menos. Te implicas y de repente te preguntas dónde está Iowa y porque no tiene más relevancia en el tablero político estadounidense. Te descubres disfrutando de las campañas electorales y sus debates, apasionado por los colegios electorales y lo que implica que Ohio o Pensilvania caiga de un lado u otro. Para cuando quieres darte cuenta, te conoces el sistema electoral estadounidense mejor que el español y lo celebras.

‘El ala oeste de la Casa Blanca’ es una serie que nos da esperanza. Nos recuerda a otra época no solo por algunos de sus temas, también por su formato de episodios conclusivos con un par de arcos principales a lo largo de cada temporada. Funciona a las mil maravillas. Nos habla del derecho a llevar armas en Estados Unidos, de los impuestos a los ricos, de la educación pública, la sanidad, el papel de Estados Unidos en el mundo, el de la Iglesia o el déficit fiscal. Algunos son densos. Y todo funciona a las mil maravillas. Por identificarnos con sus personajes, por el excelente trabajo de su reparto, por las conexiones que encontramos. Por los geniales secundarios. Y por todo lo anterior. Te lo he dicho, iba a defender ese primer párrafo y lo he hecho. ‘El ala oeste de la Casa Blanca’ es una de las mejores series de la historia con méritos de sobra. Es, simple y llanamente, magnífica.