El regreso de Paquita Salas a Netflix fue uno de los acontecimientos más celebrados en el acercamiento al verano de 2019. Las alabanzas al trabajo de Los Javis no tardaron en llegar. No es para menos, tras las dos anteriores temporadas en las que habían desarrollado un trabajo peculiar, diferente, emotivo y divertido. Las críticas de la tercera temporada de Paquita Salas iban en esa misma línea. Parecía que los chicos de moda del cine y la televisión en España lo habían vuelto a hacer.

Tras la visión de los dos primeros episodios de esta tercera temporada de Paquita Salas no podía evitar recordar todas esas buenas palabras que había visto tanto en algunas webs como en Twitter. No veía nada de lo que señalaban, y sí un producto que de fresco había pasado a soporífero, sin gracia y carente de chispa. En ese divertido y excelente ejercicio que es comentar una serie o una película con un amigo, lanzaba precisamente una pregunta que iba en la línea de lo anterior: ¿no había perdido su frescura?

Decidido a dejar la serie así, sin ni siquiera llegar a su tercer episodio y por tanto su ecuador, mi amigo insistía en las bondades que seguía viendo en la serie. Tras unos días de descanso, decidí ver ese tercer capítulo y algo cambió. Magüi (Belen Cuesta) se convertía en la protagonista absoluta en una historia un tanto alocada y delirante, marca total de Paquita Salas, y volví a reengancharme a una serie que aún me tenía preparada alguna sorpresa. La palabra ‘pastillaca’ no se irá de mi en uno o dos años. Como mínimo.

Paquita Salas tercera temporada

A partir de ahí todo cambia. Las piezas van uniéndose, cobrando sentido, y la serie termina encontrándose a si misma en la clásica espiral en la que se mete sola. Paquita Salas se pierde, se encuentra, nada y todo tiene sentido. Y mientras tanto seguimos viendo el mundo de la televisión que nos rodea, con sus buenos y sobretodo malos momentos. Con un guion que va in crescendo hacia un climax final que nos deja con la boca abierta, sin ninguna palabra que podamos decir, pero cargado de sentimiento y emotividad.

Vistas las dos primeras temporadas, esa segunda mitad de serie es totalmente reconocible. Disfrutamos con los personajes de siempre, y con la vuelta de una Yolanda Ramos que sigue espectacular. Mismo estrato que alcanza Belinda Washington, que pasa de secundaria -o terciaria- muy secundaria a un papel mucho más relevante. Los ‘hackeos’ de teléfonos cobran importancia en su trama, viendo lo que estos pueden hacer en la vida de unas personas que aunque no conocemos realmente, sí pueden formar parte de nuestras vidas. Esa violación de intimidad es algo grave, sí, y como quiera que muchos no hacen por verlo, los Javis nos lo ponen en la cara.

Eso y Belinda Washington nos dan uno de los momentazos de la tercera temporada de Paquita Salas: la que debió ser canción del verano, pero yo algo me perdí por el camino o ya no entiendo nada. Pero todo eso queda a un lado cuando llegamos al antes y después de la serie. Palabras demasiado grandes quizá, sin embargo no siento excederme con ellas. La serie se centra en Clara Valle, en la cruel historia que le tocó vivir cuando una representante, Paquita, le hizo tomar unas malas decisiones. Ya conocíamos al personaje de la segunda temporada, y ahora entendemos al cien por cien las motivaciones de su retiro.

No es ni más ni menos que la escenificación en pantalla del ‘caso Anna Allen’. Poco recuerdo necesitarás, pero allá voy: actriz que poco a poco se labra una carrera en España para terminar tirándola por la borda al descubrirse que sus viajes y trabajos en Hollywood eran una pantomima hecha con Photoshop. Mal realizado, además. Una historia que puede quedar ahí, como una nota curiosa de Paquita Salas, hasta que aparece la propia Anna Allen. En un metagiro dentro de la serie, Allen hace de Clara Valle. De si misma en definitiva. Y nos regala un monólogo que le sale de dentro, emotivo y sentido.

Ahí Paquita Salas nos deja con la boca abierta y un excelente regusto final. Consigue darle la vuelta a una tercera temporada que había comenzado con sensaciones reguleras para terminar en un buen nivel. Quizá la fórmula no sea exprimible eternamente, pero de momento parece que los Javis siguen encontrando historias con las que sorprendernos. Desde luego el formato de seis episodios por entrega les favorece. Aún así, esta tercera temporada de Paquita Salas nos deja claro que los directores de moda están lejos de ser infalibles.