Empezar una crítica, reportaje o texto suele ser una parte complicada al enfrentarte al folio en blanco. Ideas sueltas, concretas, saber qué decir y a donde llegar… pero no cómo partir. Algo habitual en el periodismo y la literatura. En el caso que me ocupa en este texto no es así. Tengo claro como arrancar la crítica de Mindhunter desde el mismo instante en el que terminé de ver sus dos primeras temporadas: diciendo que es una de las mejores series de Netflix.

Mindhunter ha conseguido darle una vuelta novedosa al thriller policial. Algo que seguro a muchos les podía parecer imposible, al fin y al cabo llevamos muchos años viendo pequeños giros en el género, pero rara vez algo como Mindhunter. La serie de Netflix decide darle el protagonismo a los asesinos, sí, pero los sienta ante una mesa. Sus crímenes no son juzgados. No los vemos. No deben ser atrapados. Simplemente hablan sobre sus casos. Con calma y llegando al fondo del asunto, al porqué, al saber de dónde puede salir tanta maldad.

Y algo en apariencia tan simple nos resulta apasionante. Porque Mindhunter no es solo ver a asesinos en serie hablar -magníficamente retratados, en especial el ‘Coed Killer‘-, sino también ver cómo estas conversaciones afectan a los agentes del FBI encargados de cambiar el futuro de la criminología. Mindhunter nos lleva a finales de los 70 y a un departamento creado de la nada que cambiará la forma de entender los crímenes, en especial a los asesinos en serie.

Anna Torv

Holden Ford -Jonathan Groff- y Bill Tench -Holt McCallany- verán afectadas sus vidas personales con el devenir del tiempo. Nada será igual para ellos. Cambia su visión del mundo y del crimen. En la primera temporada todo se centra en Ford, un joven apasionado y con ganas de innovar y crecer en el FBI. Su visión y sus aciertos le llevan a ser bien valorado. Esto se traduce en un ego que crece y sí, eso le supone problemas. Del capítulo 1 de la primera temporada de Mindhunter al 10, vemos la evolución de un personaje: su entusiasmo nos apasiona, y no nos sorprende ver cómo esto no solo le afecta personalmente, sino también en algo tan simple como la percepción teórica y real de los asesinos y asesinatos.

La segunda temporada de Mindhunter en cambio se centra en Bill Tench. ¿Acierto? Sí rotundo. Nos muestra tanto los problemas familiares que le generan los constantes viajes lejos de su casa, como la necesidad de que todo vaya bien una vez vuelve. Y no solo eso, sino que debido a su hijo se verá sumergido en una serie de dilemas y cuestiones morales que hacen crecer sobremanera esta segunda temporada. Las preguntas que se realizan los personajes llegan a ser las mismas que nos planteamos nosotros en el visionado.

Tench y Ford han llevado la voz cantante de las dos primeras temporadas. Lo ideal sería una tercera donde se desarrolle más a fondo el personaje de Anna Torv, una Wendy Carr que sirve como contrapunto de los dos agentes. Un añadido interesante y atractivo, y con el que en la tercera temporada Mindhunter podría conseguir una mirada diferente, alejada de la de los hombres que dominaban el FBI.

Crítica Mindhunter

Mindhunter es una serie inteligente. En su desarrollo, en sus diálogos, en sus referencias, en sus detalles. Eleva al espectador y le obliga a no dejarse llevar ni un segundo. Si en la primera temporada nos sorprende con sus entrevistas a los asesinos en serie, en la segunda lo hace dejando eso a un lado y mirando más de cerca los casos concretos. Como el de Atlanta y los niños afroamericanos de barrios desfavorecidos que desaparecían paulatinamente. Ahí vemos cómo llevan al campo de trabajo el método que vienen creando. Una delicia.

Dos temporadas frescas, sorprendentes y con la mano de David Fincher notándose en sus episodios, incluso los no dirigidos por él. Que esta vuelta a los asesinos en serie y el morbo, construido de manera elegante e interesante, como Mindhunter sea una de las mejores series de Netflix no es poca cosa. Pero sin duda es un calificativo que se ha ganado por su excelente nivel.