Maniac era, es, una de esas series que los seriéfilos teníamos marcada en el tramo final de 2018. El hecho de ser el nuevo proyecto de Cary Joji Fukunaga, el secretismo y las imágenes que fuimos viendo los meses previos a modo de promoción nos habían puesto los dientes largos. Ahora que podemos disfrutar de sus diez episodios en Netflix, podemos decir que la espera ha merecido la pena. La serie quizá no sea todo lo buena que podíamos esperar, pero nos mantiene en vilo y entretiene durante sus diez episodios.

Sentarse a ver Maniac supone un esfuerzo como espectador. No es un producto de usar y tirar. No es un tipo de serie que puedas ver para echar el rato y olvidarte después. No. Maniac pretende dejar poso en el espectador. Además, exige que pongas todos tus sentidos en la visualización de cada capítulo. De cada plano. De cada diálogo. Sus alocados episodios son una especie de viaje total, un viaje a la mente de sus dos protagonistas. La mayor parte de Maniac y sus aspectos más relevantes se juegan en el drogado cerebro de Ally y Owen, los personajes magníficamente desarrollados por Emma Stone y Jonah Hill.

¡Qué reparto! Pero no vayamos tan rápido. Hagamos como Fukunaga y tomémoslo con cierta calma. Porque en Maniac el autor de True Detective juega con el espectador, dejándole pistas aquí y allá, mientras a su vez le intenta volver loco con episodios casi conclusivos y de historias muy diversas. En trama, espacio y tiempo. Lo mismo nos encontramos a nuestros protagonistas viviendo una historia de mafia, como en una aventura de fantasía a lo El Señor de los Anillos. Todo le vale a Fukunaga para explicarnos qué pasa en la mente de esos protagonistas.

Maniac

Y lo que ocurre es que esos personajes necesitan superar unos traumas. Traumas como puede tener cualquier persona, pero que en una sociedad demasiado individualizada han terminado por suponerles problemas. Una sociedad futurista, pero cercana en la actualidad, que nos recuerda a Black Mirror. Con una estética ochentera que adoramos. Y una pequeña exageración de algunos males de la sociedad capitalista en la que vivimos. En esa sociedad en la que Ally y Owen se sienten solos y abandonados, acuden a un centro de terapia para intentar solucionar los problemas que les agobian.

Ahí, un tratamiento que les llevará a luchar contra sus miedos, donde aparecerán referencias constantes, y que les meterá de lleno en los mas profundo de su cerebro; de su conciencia y demonios personales. Una idea genial, fantástica… pero que no termina de ser ejecutada a la perfección. Algo va sucediendo en el camino que empeora el resultado final de Maniac -siendo este bueno en su conjunto-. Algunos episodios bajan el nivel, aunque el hecho de tener una duración variable -alguno apenas tiene 30 minutos- ayuda a no perdernos.

Maniac quiere profundizar en la psique humana pero no lo hace del todo. A cambio nos regala mucha ironía, y unos secundarios como Justin Theroux y Sonoya Mizuno que están muy bien. Igual que un Jonah Hill que se ve ensombrecido por la gran labor de una de las actrices del momento. Y es que Emma Stone vuelve a estar espectacular. Devora la pantalla capítulo a capítulo y eso en la locura de planteamiento que propone Fukunaga es destacable. Su mirada dice tanto como sus diálogos, especialmente en esos momentos fuera de las ensoñaciones donde conocemos un poco más a Ally. Y hacemos nuestras las palabras de @garanafiction sobre los primeros planos de Emma Stone:

En definitiva, Maniac es una buena serie. Por todo: su premisa, su dirección, el reparto, la escenografía… Cómo trabajan la imagen en cada episodio y en ese centro de terapia es de alabar. Fukunaga nos ha convencido con este onírico producto televisivo que es Maniac. Nos quedamos con ganas de más, pero ya te lo avisamos: no habrá segunda temporada. Maniac se queda como miniserie y, oye, así nos gusta más. Una buena e interesante ciencia ficción que, sin ser espectacular, nos hace disfrutar y pensar durante diez episodios. No está nada mal.