La miniserie del año. La nueva sensación. La serie que necesitaban los espectadores tras el final de Juego de Tronos. Esos y muchos más han sido los diferentes calificativos que ha recibido Chernobyl, serie que HBO estrenaba a mediados de 2019. Y en muchos sentidos no están alejados de la realidad. Porque Chernobyl tiene muchísimas virtudes y pocos defectos. Porque sus cinco capítulos son una pequeña delicatessen, un placer para los sentidos. Porque, sí, Chernobyl es muy buena serie.

Basado en gran parte en el libro de Svetlana Alexievich ‘Voces de Chernobyl’, cuando nos plantamos ante la serie no debemos olvidar que es una ficción basada en hechos reales. Y ahí ficción va por delante. Hechos reales ficcionados, si lo prefieres. Hay detalles cambiados -algunos incluso nos los cuentan en los recomendables créditos finales-, pero siguiendo los dictados de ese libro no son pocas las voces que aseguran que lo ocurrido en la realidad no se aleja demasiado.

A pesar de ello las críticas en ese aspecto no han faltado. Y seguramente con razón. Los problemas con una serie que nos cuenta hechos ‘soviéticos’ contada en un perfecto inglés ha sido un punto de fricción en parte del público. Como el hecho de que el relato pueda estar mediatizado sobremanera por el hecho de ser realizado desde un prisma occidental. Los dos frentes, la Guerra Fría que nunca cesa. Puede que tengan razón, quien sabe. En mi caso, que es lo que me toca explicar, ambas cuestiones me parecen irrelevantes. Especialmente la del relato, teniendo en cuenta que está basado en el libro de Alexievich que mencionaba anteriormente. Un libro aún prohibido en Bielorrusia.

Chernobyl, decía, es un placer para los sentidos. Lo primero que vemos es la habitual gran factura de las series que produce HBO. Belleza visual y fílmica en toda situación y escena. Unos guiones de gran calidad. La fotografía, exquisita. El trabajo de documentación, vestuario y decoración, de diez. Motivos todos ellos por los que conseguimos disfrutar de cabo a rabo una serie que por otro lado tiene un mensaje muy claro: la URSS era una maquinaria construida para mentir, en todas y cada una de las situaciones. En todos y cada uno de sus estamentos.

Chernobyl

Comprando ese argumento o no, la realidad es que Chernobyl construye una narrativa sólida y consistente. Una tensión constante, unido al derrotismo que por momentos parece asolar a los protagonistas, nos engancha de principio a fin. No esperamos un final feliz, sino ver cómo esos hombres y mujeres lanzados al matadero consiguen superar las adversidades que se les presentan, ya sea en la forma de radiación, problemas logísticos o el propio Estado soviético. Y por otro lado, nos mantenemos alerta intentando comprender porqué sucedió una crisis de tal tamaño, gracias a una pertinaz Camarada Khomyuk.

Ella, representada por Emily Watson. Los otros protagonistas son llevados a cabo por Stellan Skarsgard y Jared Harris. Nivel. La serie se mueve con ellos, pero también con aquellos que en cierta manera regalaron su vida para ayudar a poner freno a una catástrofe mundial. Héroes anónimos representados en alocados, duros y tenaces mineros, o en forma de pequeños soldados que necesitan superar sus miedos, convertirse en tipos duros en un día, y ayudar a limpiar la zona de maneras inesperadas. Todos tuvieron su papel, todos tienen su hueco en Chernobyl.

HBO lo ha vuelto a hacer con Chernobyl. Se toma algunas licencias, cierto. Hay un relato que algunos pueden ver parcial, compro. Pero Chernobyl es una serie y como tal, es exquisita. Fantástica de principio a fin, cargada de tensión, de emociones humanas, con unos hechos reales que sobrecogen aún a pesar de conocerlos, con una calidad que nos deja los ojos abiertos como platos. Imposible despistarse o pestañear durante los cinco episodios que dura la ficción. Podemos asegurar sin temor a equivocarnos que estamos ante una de las series del año.