Black Mirror ha vuelto a Netflix solo un año después. Acostumbrados a las largas esperas y al no saber cuándo llegaría la siguiente temporada, los fans de la serie distópica de Charlie Brooker damos palmas con las orejas. Y como ocurrió con la tercera, la temporada cuatro es algo más blanca y menos preocupante que las dos primeras entregas. Como decíamos en nuestra crítica de la tercera temporada, Black Mirror es una serie más light en Netflix.

Parece que el mensaje Netflix a Brooker es claro: haz una buena serie y con las marcas de la casa, pero que pueda ver y entender todo el mundo. Pensar, sí, pero menos. Preocuparse también, pero… menos. Black Mirror sigue siendo una muy buena serie, pero ahora nos quedamos con la sensación de que algo falta, de que ya no es casi perfecta. Sin embargo el mejor consejo que puedo dar desde estas líneas es el de hacer una maratón de la cuarta temporada. Lo peor que te puede pasar es que pases un muy buen rato viéndola.

La cuarta temporada explota de nuevo varios temas, repitiendo las preocupaciones más importantes que parecen pasar por la cabeza de Charlie Brooker: la conciencia digital y sus problemas virtuales, y la posibilidad de guardar o recuperar una memoria perfecta de hechos ocurridos. Aspectos ya presentados previamente en la serie. Así han sido los seis capítulos de esta cuarta temporada de Black Mirror [Aviso: Spoilers]:

Ep. 01 – USS Callister

Uno de los episodios de esta temporada al que teníamos más ganas. ¿El motivo? Jesse Plemons, Cristin Milioti, Jimmi Simpson y su estética trekkie. ¿O debería decir de ciencia ficción de serie B? El primer capítulo de la temporada no decepciona. Un jefe chuleado por sus empleados que en un videojuego se monta sus películas. Claro que el videojuego tiene su aquel, para empezar que lo ha creado él y se introduce en él en forma de realidad virtual, dejando su cuerpo en algo parecido a un coma. El hombre -un excelso Jesse Plemons- es un genio informático y ha conseguido clonar vía ADN a sus empleados y co-jefe déspota. Conciencia incluida. Y todo para disfrutar en su mundo imaginario donde vive las aventuras que veía en su serie de ciencia ficción favorita. Tétrico, ¿no?

Ahora parémonos a pensar un segundo. Hay muchos tópicos en este paródico episodio, pero si uno escarba encuentra cosas interesantes. Por un lado se analizan los aspectos éticos y morales que deben ir unidos en la expansión de la realidad virtual. El no todo vale que solemos ver en Black Mirror. Por otro lado, exploremos más a fondo. Hablamos de un jefe de una empresa tecnológica, un genio, que se aprovecha de sus conocimientos para sacar provecho.

Nada que no hagan las grandes compañías tecnológicas hoy día, ¿no? Google, Facebook y demás redes sociales, etc, todas se aprovechan de nuestros datos y el rastro que dejamos en Internet para utilizarlo en su beneficio. Usan nuestra información, incluso la más personal, para influirnos o ‘vendernos’ a las marcas. Quizá el paso que explora Charlie Brooker en USS Callister sea solo el siguiente -o el último- de un proceso ¿irreversible?

Ep. 02 – Arkangel

Jodie Foster dirige este capítulo de la temporada cuatro de Black Mirror y notamos que es suyo, con acierto. Dirige excelentemente a una gran Rosemarie Dewitt, que desborda energía, pasión y credibilidad en cada escena. ¿Y de qué va el asunto? De una madre temerosa que necesita tener a su hija controlada en cada momento. Hasta aquí todo normal. Hay una tablet y un control parental. Hasta ahí todo parece normal. El asunto se pone perturbador al instalar un chip en el cerebro de la hija en su etapa bebé, con el que la madre puede ver lo que ve la hija, saber lo que siente, cómo se encuentra físicamente.

El capítulo se va complicando con el paso de los minutos tras un inicio agradable hasta un climax algo decepcionante por manido y sencillo. Charlie Brooker plantea cuestiones clásicas de Black Mirror y la ciencia ficción en este capítulo, algunas ya mencionadas. La referencia obvia al Gran Hermano orwelliano, con ese ser superior -la madre- que nos observa y controla en todo momento. Lo que nos viene a la cabeza es pensar en esas corporaciones de las que hablábamos en el primer episodio o gobiernos, y tecnologías como estas que, de unos años a esta parte, venimos creyendo posibles. A menor escala, pero posible. ¿Inquietante, verdad?

Ep. 03 – Crocodile

Black Mirror y Charlie Brooker vuelven a inspeccionar la idea de poder acceder a tu memoria pasada en cualquier momento. En este caso de una manera diferente a la vista en The Entire History of You, aquí es una agente de seguros la que ‘obliga’ a recordar cosas del pasado para solucionar accidentes. Pero no es ella la protagonista, más allá de las cuestiones éticas que nos suponga ver que es una agente corporativa la que se encarga de hacer recordar al resto de personas. Y aunque lo hace con simpatía, hay algo de “acepta hacerlo o negarte será peor” que sobrevuela en cada una de sus intervenciones a testigos. Además, no parece trabajar para una compañía pequeña.

El contrapunto lo firma una gran Andrea Riseborough (La Batalla de los Sexos) como una arquitecta que supera un traumático hecho del pasado para acabar convirtiéndose en una fría asesina sin escrúpulos. El problema para ella es que le harán recordar. ¿Hasta dónde podríamos aceptar que se metan en nuestras vidas y recuerdos? ¿Dónde queda nuestra privacidad? Lo podríamos unir al derecho al olvido tan leído y escuchado en Internet. Pero lo que Charlie Brooker consigue al hacernos esa pregunta mientras vemos a una asesina en acción, es que nos hagamos otra con un componente moral mucho más importante para nosotros, para el hoy y el ahora: ¿es adecuada esa pregunta cuando supondría estar apoyando a una asesina? Brillante dilema.

Ep. 04 – Hang the DJ

Este es el episodio por el que ver la temporada cuatro de Black Mirror. Ha causado la misma sensación que San Junipero hace un año. Y con razón. Charlie Brooker juega a las distopías en ese submundo que son las aplicaciones para ligar. Por un lado tenemos a los protagonistas, Amy y Frank, dos soñadores, rebeldes, que aún parecen creer en el amor verdadero y luchan por ello. También tenemos El Sistema, que todo lo sabe, ve y controla -hola de nuevo George Orwell-. El Sistema decide qué parejas se forman y por cuánto tiempo estarán juntas. Y las personas, mientras tanto, deberán esperar pacientemente a la aparición de esa pareja definitiva, perfecta. Del amor verdadero, en definitiva.

Pero pronto nos damos cuenta de que hay gato encerrado. Primero porque pasa el tiempo y nuestros protagonistas no lo notan. También detalles como el hecho de que lanzar una piedra al agua genera invariablemente cuatro saltos hasta hundirse. Ni más, ni menos. Algo pasa. Sin embargo lo que más ronda por nuestra cabeza son los juegos que se trae Brooker en el episodio. Por momentos parece centrarse en la crítica total y absoluta a la sociedad actual y sus prisas por encontrar el amor -como quien compra una cerveza-. En otros es la crítica al Gran Hermano y cómo parecemos dispuestos a aceptar lo que nos manda.

¿Estamos dispuestos a pelear y luchar contra viento y marea por el amor en la era del ‘lo quiero todo ya’? Amy y Frank viven relaciones que no les llenan. Uno en forma de una relación larga que le atormenta y aburre. Ella con emparejamientos ocasionales que le dan sexo y poco más, lo que acaba por ser aburrido para ella. Amy y Frank se vieron fugazmente, se conocieron, disfrutaron y sienten que están hechos el uno para el otro. Pero El Sistema, la vida, no les une. Algo falla cuando tienen las ideas tan claras. Al final, cuando parece que El Sistema les ha encontrado la pareja perfecta, ambos deciden rebelarse. No quieren lo impuesto, quieren seguir a su corazón, pelear por ello con todo lo que ello pueda suponer.

Y llega el giro tras todo lo que Charlie Brooker ha ido construyendo. Ese gato encerrado era una simulación dentro de una app en la que los ‘protagonistas’ deben rebelarse contra El Sistema para ver si están hechos el uno para el otro. Un total de 998 veces sobre mil posibles. Y lo entendemos todo. La crítica a las aplicaciones para ligar, a las prisas que tenemos hoy, a la necesidad de tenerlo y quererlo todo para ya. Entendemos todas las referencias, como a la ciencia ficción con Her -en la voz e inteligencia artificial sin sentimientos-, El Show de Truman -todo está controlado, el más mínimo pensamiento o charla, y es un mundo cerrado-, Matrix -vivir dentro de un ordenador, como en USS Callister-, The Lobster -la necesidad que tenemos de encontrar pareja ya-, Origen -no recuerdan nada de su vida anterior-… Y para terminar suenan The Smiths y su Panic, la canción que da nombre al episodio, y nos recuerda que somos nosotros, la generación de los ochenta y los millenials, los que parece que hemos nacido con prisa.

Al menos Hang the Dj nos deja una bonita metáfora: si quieres estar con alguien, lucha por él/ella. Pero no corras. El tiempo tendrá su recompensa.

Ep. 05 – Metalhead

La decepción de la temporada. El episodio menos ‘Black Mirror‘ de todos. De toda la serie. Hay quien lo ha denominado el más flojo de los 19 publicados hasta ahora. Y no nos extraña. Un mundo postapocalíptico dominado por una especie de drones con forma de perros metálicos, casi invencibles, omnipresentes, donde los seres humanos tenemos poco que hacer. Si los drones nos llevan a eso, mejor nos bajamos del barco a tiempo. Pero más allá de eso, poco vemos. El capítulo está muy bien hecho, es asfixiante y agobiante, y las decisiones de hacerlo en blanco y negro y dejarlo en solo 39 minutos convencen. Pero hasta ahí. No tenemos mucho más que destacar.

Ep. 06 – Black Museum

Y Charlie Brooker se puso ególatra. El último episodio de la cuarta temporada parece un homenaje al propio mundo de Black Mirror. El creador británico vuelve con el tema que más presente tiene esta temporada: el manejo de las conciencias humanas. Un capítulo largo, sesenta y nueve minutos, pero muy bien llevados, con tres mini historias y un arco central en un mundo que une todas. Un más que digno final.

Aquí volvemos al Black Mirror más puro y primigenio. ¿Hasta dónde estamos dispuestos a llegar con la tecnología? Nos preguntamos si permitiremos que esta haga con nuestros cuerpos y conciencias lo que algunos, pocos, quieran. Traspasar las conciencias a antojo. A un cerebro, un muñeco, un holograma. ¿Todo vale? Nuestros cuerpos son diferentes, sí, pero son nuestras conciencias lo que nos hacen únicos. Ver lo que Charlie Brooker quiere expresar, esas dudas que nos hace sentir, impone.