Las series de animación ya no son lo que eran. Han evolucionado, convirtiéndose en un producto más redondo y que van más allá del humor y del absurdo. Cosas como Los Simpsons o Padre de Familia siguen contando con sus seguidores, pero ante una oferta mucho más amplia, el público exige  más. Series como Rick y Morty, Archer o F is for Family hablan por si solas de una era dorada en la animación. Una excelente muestra de la nueva etapa es Bojack Horseman. Una serie diferente, irreverente, sarcástica y cruda. Muy cruda. Una serie que trasciende.

Puede ser una serie difícil de atacar. Incluso una difícil de presentar. Veamos. Serie de animación en la que su protagonista es un caballo, viviendo en una realidad antropomórfica en el que humanos y animales conviven como iguales. Bojack Horseman arranca sus capítulos iniciales siguiendo la estela de la animación para adultos más clásica, con claras semejanzas con Padre de Familia o American Dad. Pero de pronto gira 180 grados y se convierte en otra cosa, con cierto aura deprimente. Seria, para aquellos que aún sean reacios a encarar un show de animación.

Bojack Horseman nos cuenta la historia de Bojack, un caballo actor en Hollywood que en su día tuvo una sitcom de éxito. Sin embargo, dos décadas después está casi sumido en el anonimato, olvidado por todos y con demasiados problemas personales. Su decadencia es la de los Macauly Culkin o Dustin Diamond de turno. En cuanto la serie coge vuelo y ritmo, entrará de lleno en las tribulaciones y los temas que asolan la mente de Borack. La fama -y su ausencia-, la depresión, la soledad, las drogas y el alcoholismo, la amistad o el amor. Y todo ello sin intentar darnos lecciones de nada.

Bojack Horseman

Esa es otra de las grandes virtudes de Bojack. No hay moralina. Ni siquiera hay buen rollismo. No intentan endulzar los temas que tratan con bonitas moralejas ni frases biensonantes. No hay nada de eso. Al contrario, hay capítulos que son una patada al corazón. Y es que no hay manera posible de tratar la depresión con dulzura. El simple hecho de desarrollar la primera temporada de la serie hablando de la depresión dice mucho del tipo de serie que pretende, quiere ser y es Bojack Horseman. No hay muchas películas o series que aborden el tema. Y sin dejar a un lado la comedia, Bojack consigue entrar en la oscuridad de su protagonista. Consigue sacar al espectador una carcajada y después darle un golpe a sus entrañas.

Nos muestra la parte cruda de la realidad, esa que muchas veces no vemos en la televisión o el cine. Nos enseña como Bojack recae una y otra vez en los mismos erorres. Las drogas y el alcoholismo le acompañan de manera inevitable y en ocasiones cíclica. Es su forma de evadir la perenne crisis de identidad en la que vive. Bojack es, además, un ser vanidoso, egocéntrico y egoísta. Una persona que nunca llega a tocar fondo, porque siempre tiene más espacio donde seguir cayendo. Como cuando ve una buena idea en acostarse con la hija adolescente de su amor de juventud. Ese caos es constante en las tres temporadas que se pueden ver hasta el momento -con una cuarta confirmada-.

Esta es además una serie muy bien hecha. Muy pensada. En un capítulo de la tercera temporada Bojack acude a presentar una película a un país extranjero. Una premisa sencilla y de repente nos encontramos un homenaje espectacular al cine mudo. Apenas escuchamos unas cuantas palabras. No nos son necesarias para adentrarnos en el mensaje. La soledad en la que a pesar de la fama vive Bojack. Un episodio brutal de principio a fin. También vemos el gusto por un producto bien hecho en el segundo plano de cada escena. La serie tiene vida propia por detrás de sus protagonistas. Y en sus créditos iniciales y finales, con dos canciones casi icónicas, una querencia por el corte seco final y una cabecera preciosa -y cambiante- en lo visual.

Bojack aporta carcajadas y también un golpe a nuestros sentimientos y manera de pensar. El principal problema que tiene la serie son sus primeros episodios, esos cinco o seis capítulos iniciales en los que no es un producto muy diferente a otros. Los que busquen eso, algo diferente, puede que no lleguen a ver la esencia y lo especial de esta serie. Los que no tengan paciencia tampoco lo verán. Y aquel que la recomiende se cansará de repetir la frase “necesitas ver hasta el séptimo u octavo capítulo como mínimo”. Algo ocurrió en ese inicio, quizá una presentación de los personajes y el mundo antropomórfico un tanto larga. Como si no supieran como afrontar y encarar la idea que querían realizar.

Otro de los motivos de la calidad del producto es el reparto de doblaje. Will Arnett es Bojack, y no pudo haber una mejor elección que esa. Arnett está espectacular, parece hecho para el papel. Ya no es el G.O.B de Arrested Development. Ahora es Bojack y eso dice mucho siendo una serie de animación. Junto a él Aaron Paul como Todd, el no-mejor amigo de Bojack, en un papel que recuerda en ocasiones al Jesse Pinkman de Breaking Bad. Alison Brie o Amy Sedaris rematan un gran elenco.

Como producto de Netflix y de episodios cortos, sus temporadas se devoran de una tacada. Es curioso que siendo uno de los mejores productos de Netflix, nadie la nombre cuando se repasan sus títulos. Se habla de House of Cards, Narcos, Orange is the New Black o Stranger Things, pero no de Bojack Horseman. Y debería estar a su altura por méritos propios. Porque uno de los grandes activos de Netflix es esta serie. Poco conocida por el público pero muy bien valorada por aquellos que han disfrutado de ella.