Con el ser humano abrazado a las nuevas tecnologías como si de un mesías se tratase, no son muchos los que parecen interesados en pararse a pensar hacia dónde nos lleva esta locura tecnológica. Por suerte para todos nosotros, Charlie Brooker lo hace por nosotros. O al menos lo intenta, siempre del lado pesimista por el que suele apostar su aclamada Black Mirror. Ha tardado tres años pero la unión entre el productor y guionista británico y Netflix ha dejado seis nuevos capítulos, tantos como tenían las dos temporadas anteriores. Más el inolvidable especial navideño que nos regalaron en 2014. Y si algo hay que destacar de esta nueva entrega de Black Mirror, es que esta vez no es tan pesimista como cabía esperar. A pesar de ello las señas de identidad que convirtieron a Black Mirror en un referente televisivo se mantienen inalterables. Como esa crítica mordaz y por momentos feroz a la actitud del común de las personas para con las nuevas tecnologías -y el descontrol que hacemos de ellas en casi cualquier ámbito-. Quizá con una irregularidad inesperada, pero Charlie Brooker vuelve a pegarnos al televisor llenando de preguntas nuestro cerebro.

La esencia de Black Mirror sigue presente en el desarrollo de la nueva temporada. Cada uno de los episodios apuesta por la reflexión alrededor de la revolución tecnológica en la que nos encontramos hoy día. Como con la revolución industrial en su momento, hoy vivimos una especie de cambio de paradigma, paulatino y constante, con destino desconocido. Ahí donde nadie parece analizar qué nos puede deparar el futuro -incluso a corto plazo- más allá de disfrutar de los nuevos avances, aparece de nuevo Black Mirror para darnos un golpe de realidad. Cuidado con lo que hacemos y deseamos, viene a decirnos. Algo que se destaca desde el primer minuto de la tercera temporada es el hecho de abandonar el futuro a medio o largo plazo como base estructural, para acercar esa reflexión al corto plazo. La distopía pasa a ser casi realidad. Las premisas del primer y tercer capítulo son perfectamente plausibles. El dulce y rosa primer episodio -‘Nosedive‘- realiza una dura crítica a la manera en la que desarrollamos nuestra vida virtual en las redes sociales, convirtiendo en enferma a una sociedad que vive por y para el ‘Like’. ‘Selfies’, fotos a todas horas, de lo que comemos y vemos… ¿Les suena? Uno ve sus 63 minutos sobrecogido y, por qué no, pensando en algún amigo o conocido por el que podría sustituir a la protagonista –Bryce Dallas Howard-.

En el tercero -‘Shut up and Dance‘- las sensaciones son similares. Es fácil empatizar con el sufrimiento de un gran Alex Lawther como Kenny, esclavo de unos hackers con ínfulas de justicieros digitales que, con sadismo y ‘voyeurismo’, van moviendo a los personajes como marionetas para, en los últimos instantes, recibir un giro de guión que nos da un golpe en la cara. Dejemos ese giro al margen por un segundo. En los últimos años se han sucedido las noticias de hackers que roban fotos y vídeos de nuestros dispositivos personales. ¿Es por tanto cuestión de tiempo que algo como esa trama suceda en la realidad? ¿Ha ocurrido algo así y lo desconocemos? Inquieta pensar que cualquiera podría estar vigilando nuestros movimientos desde la webcam de nuestro portátil, por ejemplo. ¿Ha aparcado Charlie Brooker la ciencia ficción para abrazarse a la realidad que vivimos?Black Mirror Nosedive

¿Y qué decir de la eugenesia practicada bajo el auspicio del gobierno de turno en ‘Men Against Fire‘ (3×05)? La Alemania nazi ya la practicó sin pudor alguno. Casos tan cercanos a una posible realidad que asusta. ‘San Junipero‘ (3×04) ha sido el mejor valorado por la crítica de manera casi unánime. La bella historia de amor que nos muestra va unida a la posibilidad de vivir en una especie de limbo virtual eterno, pudiendo elegir cómo, con quién y dónde pasamos esa eternidad. Una manera diferente de apostar por la vida eterna, ofreciéndole un sentido nítido a la muerte física. Este es sin duda el episodio más optimista de los trece que ha ofrecido Black Mirror. También el más desconcertante en su desarrollo inicial. El broche lo puso Kelly MacDonald en ‘Hated in the Nation‘, un thriller policíaco que por momentos parecía alejarse de la esencia que da sentido a la serie.

Esta tercera temporada se ha mostrado como la menos cruda y dura para el espectador. Faltan quizá los momentos de desasosiego que ofrecieron ‘The National Anthem‘ y ‘White Bear‘, o la injusticia social con la que vivíamos el orwelliano ‘Fifteen Million Merits‘. También se echa de menos esos golpes a la moral humana que vivimos en algunos de los episodios nombrados, cuando podíamos despreciar a nuestros semejantes, a nosotros mismos, por lo que veíamos en pantalla. Es criticable también la simplificación que ha vivido la serie en el desarrollo de sus episodios. Anteriormente Brooker jugaba muy bien con qué le ofrecía al espectador y qué no, mientras que en esta ocasión han ido ofreciendo píldoras bastante claras para que a nadie se le escapara nada, excepto en, quizá, San Junipero. Esto puede venir motivado por el cambio de la audiencia. Cuando apenas debía rendir cuentas ante Channel 4 y el Reino Unido, podía permitirse cierta licencias, pero quizá ahora, Netflix mediante y con una audiencia global desde el día uno, ha buscado algo más sencillo de afrontar.

Es difícil para cualquier serie seguir sorprendiendo en su tercera temporada. Black Mirror lo consigue. Puede que no al nivel de las dos primeras entregas, pero también eso viene motivado por el hecho de que ya conocemos a Charlie Brooker y su forma de trabajar y desarrollar historias. Tal vez venga de ahí la intención de acercar al presente las tramas de la nueva temporada, buscando una manera de sorprendernos y, por qué no, asustarnos. Como guiño para sus fans, Brooker ha ido uniendo las diferentes tramas en cada uno de los capítulos via easter eggs. Quizá es el detalle cómico de un hombre que tiene que cambiar de chip una vez al año para hacernos dudar del tecnológico futuro que nos acecha. Black Mirror ayuda a poner nombre y apellidos a los problemas y desequilibrios que pueden llegar. Mientras que el debate y la reflexión son obra de cada uno y de la sociedad. La pregunta es si seremos capaces de hacer una buena reflexión a tiempo.