I’ve been looking around, and I noticed something: how much you really need to be loved. Ambition isn’t just a desperate quest for positions or money. It’s just love – lots of love.
Janis Joplin

Sobre el escenario un terremoto imparable, un volcán, su voz era puro veneno inyectado en las venas. Por dentro un alma rota, perdida, buscando su lugar en el mundo incesantemente. Su felicidad duraba tanto como durase un concierto. Ahí radicaba su tristeza. Así era Janis Joplin. La mujer que durante tres años reinó en la música. Abrazada a la escena de San Francisco, Monterey fue su trampolín al éxito y la fama. Por desgracia para ella, ninguna de las dos cosas eran suficientes. Quería más. Necesitaba más. A veces era llevar una vida normal, otras el cariño de aquellos que una vez se lo negaron. Nada parecía hacerla feliz. Solo una cosa. El escenario. El directo. Su voz.

Todo explotó en 1967. Janis Joplin acudía con su Big Brother and the Holding Company. Aunque ya tenían cierto nombre en San Francisco, fuera eran aún desconocidos. Llegaron al Festival de Monterey dispuestos a todo. Solo necesitaban una oportunidad como aquella. Eran una banda rendida a los pies, voz y energía de su cantante. Y en ese traje Janis se sentía espléndida. Perfecta. Haciendo lo que mejor sabía hacer. Comerse el escenario. Deslumbrar al público. Dominar cada canción. Hacerla suya. Ser la reina del mundo en lo que duraba el concierto. Para el recuerdo la preciosa ejecución del Ball and Chain de Big Mama Thornton. Janis se convirtió en dueña de la canción. Nadie la volvería a cantar como ella. ‘Mama’ Cass Elliot parecía estar de acuerdo al final de la actuación, con esa cara mezcla de sorpresa, felicidad y desconocimiento ante lo que acaba de presenciar.

Su actuación el segundo día del festival -sábado- fue tan deslumbrante que la organización les pidió repetir en formato corto al día siguiente. Aunque habían grabado el audio del directo, no podían perder la oportunidad de tener también un documento visual. En ese vídeo se aprecia el poderío de Janis en su esplendor. Ella aún no lo sabía, pero estaba convirtiéndose en un fenómeno mundial. Esas dos jornadas en Monterey fueron suficientes para ganarse el respeto de la música y un contrato con Columbia. Janis Joplin empezaba a jugar en las ligas mayores. Y así su destino quedaba marcado para siempre.

Woodstock se ha llevado la fama, quizá por su carácter mastodóntico, incontrolable y culmen de una breve era. Pero fue Monterey el que lanzó todo. Y el que hizo historia no tanto por el caos o la orgía lisérgica, como por lo que se vio sobre el escenario. Janis fue la desconocida que se dio a conocer al gran público, como también lo fueron Jimi Hendrix y The Who. Ambos eran muy conocidos en Inglaterra pero no tanto en Estados Unidos. Tan bien se conocían de su etapa británica que lanzaron una moneda para ver quien salía antes al escenario, ante el temor de que una actuación eclipsase a la otra. El resultado fueron explosiones, una guitarra ardiendo y el salto a la fama americana. Monterey fue también el lugar en el que Otis Redding se daba a conocer ante un público blanco.

Curiosamente cuatro de los principales protagonistas de aquel evento tendrían un final trágico. Otis apenas vivió unos meses más para fallecer en diciembre de aquel 1967. Janis Joplin sobrevivió a Jimi unas semanas. Y aunque Keith Moon falleció en el 78, su final también fue inesperado. Todos en plena fama. Una fama que anhelaba Janis y que consiguió de manera abrumadora tras la salida de Cheap Thrills, su disco más exitoso. Una explosiva mezcla de rock, blues y psicodelia que conjugó a la perfección con una sociedad en movimiento y exploración.

Janis necesitaba aquella fama. Sentía que el reconocimiento curaría los males internos que la asolaban. Por desgracia para ella no fue así. Lejos de curarse, se acrecentaron. Las dudas afloraban y cada vez sentía más que su felicidad pasaba por el escenario. Estas carencias emocionales la unían y ataban más al alcohol y las drogas, única manera con la que conseguía aplacar sus necesidades de apoyo y comprensión. Grace Slick, cantante de Jefferson Airplane compartió muchas de aquellas veladas salvajes al lado de una botella. Slick veía en Janis una perenne tristeza de la que era incapaz de alejarse. La lucha contra si misma parecía terminar en derrota.

Janis Joplin parecía abocada a vivir una doble vida. A caballo entre la alegría y energía que mostraba sobre el escenario y la melancolía con la que transitaba fuera de él. Musicalmente aspiró a seguir creciendo y dejó a la Big Brother and the Holding Company, pero nunca volvió a sentir la misma complicidad con los músicos que en sucesivos proyectos la acompañaron. Janis era abrazada por la soledad.

Con la fama en la mochila, Janis seguía buscando el reconocimiento y aprobación de sus padres. Detrás de la coraza que empleaba en público y que sus adicciones ayudaban a reforzar, Janis seguía siendo la misma idealista que abandonó un pueblucho de Texas con solo 20 años. Inteligente, sensible, intelectual y romántica empedernida. Para su desgracia el amor fue otro de los grandes debes de su vida. Los hombres pasaban por su vida como simples cambios de botella.

Esa soledad quedó reflejada en su amargo final. Ninguno de sus grandes apoyos en sus últimos días –Peggy Caserta y Seth Morgan– acudieron a sus desesperados gritos de auxilio. Sola, encerrada en la habitación de un motel, terminó por agarrarse a los únicos que no le habían fallado nunca. La heroína y el alcohol. Una sobredosis sería quien terminase con sus eternos dilemas. Terminó sola, como nunca quiso verse. Como sola hizo su última grabación, ese derroche de voz y pasión que es Mercedes Benz. Aquella nunca debió ser la última vez. Pero su imposible búsqueda de la felicidad así lo quiso. Su destino estaba decidido. Decía Janis que la audiencia quería que sus cantantes de blues fuesen miserables. Ella cumplió la sentencia.