Década de los noventa. El Reino Unido vuelve a ser el epicentro de lo cool. Se repetía lo ocurrido en los sesenta, una explosión de bandas que marcaría a una generación. Surge el britpop. Bajo la influencia de aquellos grupos de los sesenta y otros ochenteros como Stone Roses o The Smiths, aparecen nombres que pronto se hacen un hueco en radios y listas. Pulp, Suede, The Verve. Blur y Oasis. Especialmente Blur y Oasis. Un regreso al duelo que marcó al país treinta años atrás, cuando Beatles y Rolling Stonespeleaban‘ por superarse. Una batalla que volvía a dividir al Reino Unido. Podían gustarte los dos, sí, pero debías significarte por uno. Ellos mismos quisieron escenificar esa guerra con declaraciones y singles saliendo el mismo día. Sabían como vender el producto. La batalla de singles la ganó Blur, pero la guerra la terminaría ganando Oasis. Algo que quedaría certificado en agosto de 1996 sin necesidad de notario. Dos noches. 250.000 personas. Oasis en Knebworth.

Si hubo un grupo que mandó en los noventa, ese fue Oasis. Los de Manchester fueron durante varios años la banda más grande del mundo. Y encima se lo creían. Chavales obreros convencidos de que iban a comerse el mundo. Repasen la escena actual e intenten encontrar a alguien similar. No lo hay. Los noventa fueron la época de los últimos grandes grupos. Las últimas estrellas. Las últimas polémicas. Ahora todo se ha edulcorado. Y en aquel paisaje más salvaje, Oasis se movía como pez en el agua. Manchester no era la ciudad dura de los cincuenta, pero tampoco es ese lugar post-industrial tan amable de la actualidad. De ahí surgió la banda más grande de los noventa. Y de una familia un tanto disfuncional, con un padre violento y ausente. De dos hermanos que vivían una relación de amor-odio. Todo ese contexto fue el germen de una banda de tipos con aires chulescos y soberbios, sí, pero que podían permitírselo. No todos los grupos convierten su segundo disco –(What’s the Story) Morning Glory?– en el segundo más rápido en venderse de la historia del Reino Unido. Y eso tras un primer álbum –Definitely Maybe– que había sido un completo éxito el año anterior. Otro que rompió récords en su momento.

Oasis en Knebworth

Dos años de vida como grupo y ya habían producido dos obras maestras. Amén de numerosas declaraciones y polémicas que hacían crecer el interés en el grupo. El público en sus conciertos en las islas británicas crecía como la espuma. Visto su éxito, era cuestión de tiempo que ellos mismos se considerasen el mejor grupo del mundo. Noel Gallagher llegó a afirmar que eran más grandes que los Beatles. Palabras mayores en el país británico. Liam Gallagher imitaba a su ídolo John Lennon usando una gafas similares. Todo daba igual. El público y la crítica estaban rendidos a sus pies. De las salas de tamaño medio pasaron a los estadios en marzo del 96, estrenándose en Maine Road. El estadio de su Manchester City. Un sueño que se cumplía realidad. Otro más, visto como los números uno de las listas caían de su lado. El dinero fluía en dirección a sus bolsillos y eso les permitía disfrutar de la vida de una manera hedonista.

Oasis buscó el más difícil todavía. Reservaron Knebworth Park por dos noches consecutivas, pensando en lo complicado que resultaría llenar aquel lugar. Aún siendo el grupo más grande de la década y del momento, aquella era una empresa que imponía respeto. No eran el primer gran grupo en pasar por allí. Los Stones, Queen, Led Zeppelin o Pink Floyd, entre otros, habían pasado por allí. Pero meter a 125.000 personas dos noches seguidas parecía de otro planeta. Y no solo lo consiguieron, si no que pudieron haberlo hecho durante 18 días consecutivos en base a la demanda. Un total de dos millones y medio de británicos intentaron hacerse con una entrada. En otras palabras: si existía una cima del mundo musical, Oasis y los Gallagher estaban en ella. El ascenso solo les costó tres años, dos si nos ceñimos a las fechas del lanzamiento de Definitely Maybe.

Con la experiencia de conciertos como el de Maine Road en su mochila, solo debían llegar en forma. Y hacer de las suyas. No serían Oasis sin las cosas de Oasis. Como llegar en helicóptero al lugar, meter 7.000 personas en la lista de invitados o, directamente, no recordar que has pasado por allí -Noel-. Liam decía no saber que tenían dos noches reservadas, por lo que la segunda le metió el miedo en el cuerpo. A Bonehead le dio por echar una siesta en el backstage sin prevenir que Prodigy estarían sobre el escenario a pocos metros. Así que entre él y Liam decidieron dar unas vueltas en un cochecito de golf, cerveza en mano, amagando con atropellar a quien se les cruzase. Las cosas de unos críos convertidos de la noche a la mañana en estrellas del rock and roll.

Oasis en Knebworth

Para un grupo con apenas tres o cuatro años de vida, tener que dar el callo ante 125.000 personas puede imponer respeto. No a Oasis. La prepotencia que mostraban en los medios de comunicación no era solo pose. También era una muestra de la gran confianza que se tenían. Por si aún guardaban alguna duda sobre sus capacidades de afrontar este reto, les podía bastar con mirar el set list para tranquilizarse. No todos los grupos son capaces de crear semejante lista de canciones en apenas dos años. Supersonic, Slide Away, Some Might Say, Morning Glory, Whatever, Wonderwall, Don’t Look Back in Anger, Live Forever, Champagne Supernova… temas que parecían diseñados para ser coreados por esa cantidad de gente. Himnos generacionales.

Las crónicas hablan de un grupo en plena forma. Los asistentes aseguran que nunca antes o después disfrutaron de una atmósfera similar. El buen rollo predominaba. Solo diez personas fueron detenidas, de un total de 250.000. La sensación de estar viviendo historia ayudaba en ese sentido. No solo por la cantidad de gente allí reunida, si no también por unirse a Oasis en su momento más álgido. Nada volvería a ser igual para los de Manchester. Las broncas entre los hermanos se sucederían hasta su separación en 2009. Y si bien musicalmente siguieron evolucionando, no volverían a gozar del éxito de la crítica como lo hicieron con sus dos primeros largos. Aunque cedieron su lugar en el trono del rock, seguirían siendo uno de los grupos más importantes del panorama musical. Una de las principales atracciones para salas, pabellones y festivales. Una apuesta segura. Los fans les seguían a cualquier lado. Pero la magia de sus primeros años se terminó aquellas dos noches en Knebworth. Lo que vino después fue algo diferente, ni mejor, ni peor, solo diferente.

Nada sería igual para Oasis, como tampoco lo iba a ser para el britpop. Knebworth fue también una fiesta para el britpop y el Reino Unido. Allí se juntaron algunos de los principales grupos del momento, a la sombra de Oasis. The Charlatans, Manic Street Preachers, Chemical Brothers, Prodigy u Ocean Colour Scene entre otros. Después llegarían Tony Blair y los laboristas, la Cool Britannia se pasaría de frenada y el público acabaría por, en cierto modo, dar la espalda a un movimiento que creían más cercano a ellos. Con el arranque de la siguiente década, el garage y sonidos más directos se harían sitio a codazos. Oasis seguirían en lo alto, pero nada volvió a ser lo mismo. Knebworth y Oasis lo cambiaron todo.