Klaus Nomi es un nombre hoy olvidado, enterrado entre tantas estrellas fugaces y protagonistas estelares de media hora que nos regala la industria del entretenimiento. Un hombre, un artista, seguramente adelantado a su tiempo y a la música que le rodeaba. Un personaje peculiar, extraño y de vida y canciones nada convencionales. Hasta en su muerte Klaus Nomi fue alguien peculiar y en aquel temprano 1983 un por desgracia adelantado a su tiempo. La de Klaus Nomi es una historia llena de extravagancias y momentos que cambian carreras que él supo aprovechar para bien. Sin embargo no duró demasiado. La suya es una vida de tragedia.

Nacido en un pequeño pueblo de Baviera en 1944, Klaus Nomi tuvo siempre un par de cosas claras: quería ser artista y en su más fuero interno se sabía un genio, de una manera u otra. La cuestión era encontrar el quid de su genialidad. Que quisiera ser artista probablemente le venía de una familia dedicada a ello desde hacía varias generaciones. Cantaba para amigos, trabajó en la Ópera de Berlín como ayudante, nunca sobre el escenario, pero en los tiempos muertos cantaba para sus compañeros. También lo hacía en un club gay llamado Kleist Casino. Eso eran los sesenta, pronto decidió emigrar porque una persona con sus inquietudes y tan abiertamente gay en la Alemania de 1960 no parecía tener un camino fácil por delante.

Le esperaba Nueva York en los 70, concretamente el barrio de East Village. Una zona en constante evolución y crecimiento, con aires de modernidad, como los que quería sentir y vivir ese Klaus Sperber que salió un día de su Baviera natal. Su heroína desde joven era María Callas. Su amor por la ópera y por la Callas era equitativo al que sentía por el rock o el pop. Klaus Nomi te cantaba una de María Callas o una de Elvis Presley sin despeinarse. Fue en el East Village neoyorquino donde decidió cambiar su nombre por un más moderno, enigmático y anglosajón Nomi. A partir de 1972 comenzaba su idilio con la escena artística y musical de la Gran Manzana, pero el éxito, la fama y su destino aún requerían de unos cuantos años y mucha, mucha paciencia por su parte.

En 1978 Klaus Nomi contaba con 34 años de edad y tenía claro que su sueño era inamovible: quería ser cantante y codearse con los grandes. Ese año ya había decidido darle a su estética el toque extraterrestre que hoy le conocemos. Gracias a una imagen se inventó una biografía sin quererlo, una nueva historia: Klaus Nomi era un ser del espacio exterior. No necesitaba contarlo, se veía en cada actuación. En aquel 1978 se celebraba el New York Vodevil, un acto teatral y musical en el que cualquiera con una actuación que creyese novedosa o diferente podía participar. Había actos que en vez de vanguardistas resultaban ridículos infantiles.

De repente apareció Klaus Nomi en aquel New York Vodevil, ataviado con un traje espacial, entre humo, moviéndose con paso y mirada firma hacia el micrófono. Comenzó la música, su voz y todo el mundo se miraba de manera nerviosa. Aquel hombre solo podía ser un extraterrestre. Voz aguda, contratenor alto de ópera, allí, en el New York Vodevil. Aquello sí que era un nuevo movimiento, aquello sí que era riesgo y aquello sí que era vanguardia. Y marciano. Definitivamente. Desde aquel día Klaus Nomi era alguien, tuvo un nombre en la escena neoyorquina y no le faltó trabajo en salas, teatros y demás escenarios. Había logrado su sueño, pero quería más. Ganó fans, ganó detractores, pero desde luego cabreó a los amantes del espectáculo más canónico y clásico. Lo suyo no iba por ahí, al contrario.

David Bowie descubre a Klaus Nomi… y se lo queda

Sin embargo si había un artista de calado y estrella internacional interesado en cualquier nuevo movimiento y espectáculo ese era David Bowie. En alguna de esas ahora numerosas actuaciones de Klaus Nomi David Bowie puso un ojo en él y le siguió de cerca. Tuvo la sensación de que debía hacer algo con él. Encontró la oportunidad en su actuación en 1979 en el Saturday Night Live. Mientras canta ‘The Man Who Sold The Worldla enigmática y magnética presencia de Klaus Nomi desvía nuestros ojos desde la estrella principal. Roba el foco, roba el plano y roba todo. De aquel día con David Bowie Klaus Nomi sacó además de más fama e interés sobre su figura la idea de vestir con ese tipo de traje que lleva el británico en el vídeo. Desde entonces sería marca de la casa, como sus cejas, su maquillaje y su peinado.

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Aparecer con David Bowie en un programa como Saturday Night Live incrementó la atención e interés sobre su figura. Llegó a tal punto que ese hombre de la escena local de Nueva York, ese hombre diminuto en ojos de la industria, se ganó un contrato discográfico. RCA Records confió en Klaus Nomi y este les entregó dos discos, el homónimo ‘Klaus Nomi’ y ‘Simple Man’, que incluye mi canción favorita del artista, la misma que da nombre al álbum. Una delicia. Mezclando piezas de ópera con temas pop, el artista criticaba la homofobia reinante en el planeta y que no lograba dejar atrás desde su salida de Alemania. Canciones diferentes y normales, discos eclécticos y vanguardistas. Con sus movimientos robóticos conseguía salirse del canon habitual.

No lo disfrutó mucho. Diferente hasta para morir, o no si lo vemos desde un plano general. El caso es que Klaus Nomi fallecía en 1983 por las complicaciones derivadas del SIDA, siendo uno de los primeros artistas conocidos en morir por esta causa. Sus amigos y cercanos le habían dejado de lado en cuanto conocieron la realidad de su enfermedad, así que tuvo que encarar sus últimos días en soledad. Un final cruel para un hombre que al menos logró su sueño: ser cantante y artista.