Decía Johnny Cash que “no necesitas conocer la pobreza para ser un cantante de country de éxito, pero ayuda“. Porque el country es una de esas músicas americanas que nacieron y han vivido abrazados a los estratos más pobres de la sociedad. El country es más que un género musical. El country es, en definitiva, un estilo de vida. Y nadie lo enarboló mejor que el propio Johnny Cash, quien saboreó durante muchos años lo que significaba ser pobre, realmente pobre, en la América de la Gran Depresión, en los Estados Unidos de la Segunda Guerra Mundial y la posguerra.

Johnny Cash es quizá el gran artista americano. El que mejor entendía a su país, el que mejor lo conocía. El que sabía lo que se vivía y cocía en los duros estados del sur. Nació en uno de ellos, Arkansas, en 1932. Un estado del que quizá ni siquiera muchos estadounidenses hubieran oído hablar en aquellos años, más allá de vagas referencias en la escuela, quienes pudieran, o la radio si había posibilidades. Allí, en el Condado de Mississipi, Johnny Cash empezaba a imitar a sus cantantes favoritos, a quienes escuchaba en la radio cuando su padre se lo permitía. En la casa de los Cash lo primordial no eran las inquietudes artísticas y musicales del chaval. En una familia con siete hermanos su vida iba del campo de algodón a la cama, con esporádicos momentos de ocio familiar en los que la voz del joven JR destacaba.

El trabajo en el campo de algodón no da alegrías. No da satisfacción. No gusta. Se hace, se recoge, se pasa página y vuelta a empezar al día siguiente. Es una rutina que no entiende de días libres ni descansos, no entiende de heridas o enfermedades. No en la América de la Gran Depresión. Ni siquiera cuando falleció Jack Cash, el hermano favorito de Johnny, su mano derecha, su faro. El que debía ser su faro al menos. De vocación religiosa. Un accidente laboral se lo llevó para siempre, dejando un hueco hondo, profundo, grande, en el alma y corazón de un Johnny Cash que vivió siempre con la angustia y pena de pensar que pudo estar a su lado para evitar el accidente. Se fue a pescar sin él. Cuando le volvió a ver yacía en una cama, expirando sus últimas bocanadas de aire. Al día siguiente el campo de algodón esperaba. Como cualquier otro día.

Sin embargo el joven JR tenía otras inquietudes. No estaba dispuesto a ver cómo su vida era una constante rutina, aburrida, en la que cualquier día se solapa con el siguiente. Quería ver mundo, quería ver, especialmente, Estados Unidos. Su país, ese que ya amaba con locura. Y ese joven lleno ilusiones, sueños y esperanzas tenía una pasión en la que la casualidad quiso que tuviera un don: la música. Aprendió a tocar en la granja familiar, y allí volvería con algunas de sus canciones, pero antes deleitaba a la familia con canciones típicas y góspel. Tras tres años de servicio militar en Alemania y una boda quizá apresurada con Vivian Liberto, madre de sus cuatro primeras hijas. Niñas que apenas conocieron a su padre.

Sus comienzos en la música fueron obra de un carácter tozudo y terco. Convencido de sus posibilidades y con Luther Perkins y Marshall Grant a su lado, fue persistente en sus intentos de conseguir una prueba en la Sun Records de Sam Phillips. La inocencia de aquel aún joven e incipiento artista le llevó al dueño de la Sun Records a pedirle que se dejase de tonterías góspel y compusiera algo con más gracia, fuerza y presencia juvenil. Era la casa de Elvis Presley, de Carl Perkins, con quienes después formaría ese efímero supergrupo que fue The Million Dollar Quartet. Con ‘Hey Porter’ conseguiría en 1955 su primer gran éxito, en el circuito country, después llegaría el nº5 country que fue ‘Folsom Prison Blues’ y el top 20 nacional de ‘I walk the line’.

Johnny Cash en concierto

Johnny Cash mostraba ya las bases sobre las que definiría su sonido, una mezcla que reunía todo lo que aquel campo de algodón y pobreza infantil podía mezclar con su energía juvenil y amor por Estados Unidos. El country era la música de su vida, forjada en aquellos campos junto a su familia. El descaro del rock le venía de imbuirse en los ambientes que ya dominaban la escena, incluso girando con un Elvis Presley que era ya el Rey del Rock. Y queda el folk, con el que Cash le cantaba a su tierra, a Estados Unidos sí, pero especialmente a sus ciudadanos, a sus paisanos, a los que como él habían necesitado trabajar de sol a sol para poder comer. Él, Johnny Cash, les conocía mejor que nadie. Él, quizá sin quererlo, fue quien les puso voz y nombre en sus canciones.

Su fama crecía y por tanto el ritmo de vida de Johnny Cash comenzaba a ser frenético. A principios de los sesenta comenzó a depender de las anfetaminas hasta convertirse en un problema que estuvo a punto de tirar por la borda su carrera. Si una vez las empleó para mantener el ritmo, no tardó demasiado en usarlas para simplemente vivir. Incapaz de hacerlo sin ellas. Incapaz de afrontar sus problemas, sus ataques de ira que podían cancelar un concierto o destrozar un hostal. Donde más perdió fue en el lado personal. Sus ausencias en casa, con una mujer que todo lo que parecía desear era una hogareña y tranquila vida familiar, con cuatro hijas que apenas le reconocían, con un Johnny Cash que no soportaba aquello, que vivía para escapar de allí. Absorbido por su fama. El divorcio era una cuestión de tiempo en un matrimonio desdichado, añadiendo una pizca de culpabilidad al corazón de un artista que parecía autocondenarse a vivir roto y desdichado.

La suerte de su vida tenía un nombre y apellido: June Carter. Artista famosa desde casi su nacimiento, la pizpireta hija de la Familia Carter fue el bote salvavidas del gran nombre y hombre del country. Sin June Carter Johnny Cash hubiera podido terminar su vida en cualquier hostal perdido entre botellas y pastillas, en cualquier cruce de carreteras empotrado contra una señal. De la mano esperanzada y paciente de June Carter Johnny Cash fue capaz de volver de sus cenizas. Resurgió un nuevo Cash, atado de por vida a esa June Carter que siempre fue su verdadero amor. Tal fue su unión que cuando ella falleció su marido no sobrevivió más de cuatro meses. Solo, sin ella, nada tenía sentido. Era como volver a esos momentos caóticos y desesperados en los que solo sentía querer fallecer. Por fin tenía un motivo para hacerlo. Sin June ya no necesitaba seguir adelante. Sin June solo le quedaba por dar un valiente último paso.

Todas esas vivencias marcaron no solo la vida y carácter de Johnny Cash. También forjaron su música, que se iba cargando de matices con el paso de los años. Aunque anclado de manera perenne en un aparente clasicismo que no era tal, Johnny Cash supo evolucionar y sobrevivir. En los ochenta, años de olvido discográfico, ató su destino musical a tres compañeros de género, tres grandes como Waylon Jennings, Willie Nelson y Kris Kristofferson, con los que formó The Highwaymen y lanzó tres discos que le devolvió a lo alto de las listas. Después llegaría Rick Rubin, un productor de hip hop que supo guiar los últimos años musicales del mito, de la leyenda del country. Johnny Cash siempre parecía entender qué necesitaba la gente de él. Desde sus inicios humildes y enérgicos, pasando por esos sesenta caóticos, como los de su país. Llegaron los setenta y se refugió detrás de la imagen del Man in Black que llegaría a nuestros días, casi como un símil del estado de una nación que sufrió unos años convulsos -Vietnam, Watergate- en lo político. Hasta se puso ante las cámaras con su mujer, mostrándose al país como lo que era, uno de ellos.

Y quizá Johnny Cash sabía entender la evolución como algo positivo porque precisamente conocía mejor que nadie su país. Quizá sus cambios iban de la mano de los de sus paisanos. Al fin y al cabo la vida y obra de Johnny Cash no es más que una especie de relato de la América más natural, de la América profunda, de la América del día a día. Quizá simplemente Johnny Cash era la América más América.