The Beatles fue durante los primeros años de su carrera el ejemplo del grupo perfecto. Simpáticos, divertidos, atentos con los medios y seguidores, entre los miembros de la banda parecía existir una química especial que simplificaba todo su trabajo. John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr eran los yernos perfectos. Ese buen rollo que destilaban no tardaría en cambiar. El paso de los años haría que sus relaciones bailasen entre el amor y el odio. Mucho se ha escrito de la relación post-Beatles entre Lennon y McCartney, y poco de Ringo y George. Ni siquiera de cuando casi George Harrison demanda a Ringo. Al pobre Ringo.

¿A quién le cae mal Ringo Starr? Parece imposible que haya alguien que no le soporte. Siempre con una sonrisa, sabiendo estar en un segundo plano, con una broma o una frase descacharrante a mano para cuando es necesitada. Desde luego que a George Harrison no le caía mal. Eran buenos amigos mientras compartían banda y siguieron siéndolo después, durante tantos y tantos años. El batería tocó en cinco de los discos de Harrison en solitario, entre ellos el aclamado All Things Must Pass. Y el Beatle más espiritual le regaló varias canciones a Ringo, entre ellas It Don’t Come Easy y Photograph, dos de sus temas más famosos.

Y por ahí vinieron los problemas. Porque George Harrison debía ser un buen tipo, quizá demasiado en ocasiones -que se lo digan a Monty Python y La Vida de Brian-, pero no le gustaba  que sus canciones terminasen de otra manera que no fuese como él esperaba. Claro Ringo Starr no debía ser plenamente consciente de ello, o si lo era de la etapa en The Beatles, para 1976 ya se le había olvidado. ¿Que ocurrió entonces?

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Ringo estaba dispuesto a grabar lo que después sería Rotogravure, su quinto álbum de estudio desde la separación de The Beatles. Como ya hiciera previamente, pidió ayuda a sus excompañeros, y cada uno de ellos participó con una canción diferente. También le echarían un cable otros amigos como Eric Clapton, Harry Nilson o Peter Frampton, pero ese es otro tema. John Lennon echó una mano al piano en A Dose of Rock and Roll y escribiría Cookin’ (In the Kitchen of Love) para el álbum. Paul McCartney hizo los coros en la canción que él mismo hizo a Ringo, Pure Gold.

¿Y George? George Harrison andaba metido en problemas. Llevaba ya varios meses de retraso para Thirty Three & 1/3, el que sería el primer álbum de su propia discográfica: Dark Horse Records. Una hepatitis y las demandas de plagio sobre My Sweet Lord le habían puesto en un apuro importante. De tal tamaño fue el apuro que A&M Records rechazó lanzar el disco por los retrasos. Le salvaría Warner. El estrés y las prisas formaban parte de su día a día, lo que hizo que no pudiera acudir a las grabaciones de Ringo’s Rotogravure. Aún así, no supo decirle que no a su amigo y aceptó la petición de Ringo.

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¿Cómo lo hizo? Fácil. Ringo Starr tenía entre ceja y ceja poder grabar una canción de Harrison que le parecía preciosa, pero que el guitarra no se había decidido a meter en un álbum (When Every Song is Sung). Así que en vez de pedirle una canción nueva, le pidió que le dejase grabar la que a posteriori sería I’ll Still Love You. George estuvo de acuerdo. Un problema menos para él. Y sin saberlo, un paso más cerca de la demanda.

Y es que a George el resultado final debió parecerle horrible. Podemos creer que Ringo le envió una copia de la canción antes de que saliera al mercado, pero el caso es que salió tal y como Ringo quiso. Una versión que su amigo detestó con todas sus fuerzas –la puedes escuchar aquí-. El motivo ha quedado desconocido y el Beatle tranquilo se lo ha llevado a la tumba. Pudo ser la voz, la calidad o la mezcla. El caso es que la odió tanto que George Harrison decidió demandar a Ringo por ello.

Sus abogados enviaron una carta a los del batería con la amenaza de demanda. Un cruce epistolar desembocó en una especie de acuerdo, desconocido para los mortales, que evitaría la imagen de ver a dos buenos amigos enfrentados en un juicio. Por una canción. Y así terminó la historia en la que George Harrison demanda a Ringo Starr. Bueno, casi. De todo ello nos enteraríamos años después, cuando en 1988 los protagonistas de la historia aparecieron juntos en un programa de televisión y, entre bromas, Ringo recordó la historia ante un avergonzado Harrison.

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