Termina el verano y damos por finalizada la temporada de festivales. Ha habido momentos complicados, en especial el fallecimiento del acróbata Pedro Aunión en el Mad Cool madrileño, pero nos quedamos con que un año más los festivales siguen al alza. En Revancha nos tuvimos que conformar con acudir solo al Sonorama, el festival indie español por excelencia. Para nuestra pena no salimos especialmente contentos de allí. Los problemas vistos y sufridos deslucieron el veinte aniversario de un evento necesario para el indie estatal.

Un festival no cumple veinte años todos los días y eso fue motivo de celebración. Quizá por eso el público respondió en consonancia y el Sonorama Ribera 2017 disfrutó con un sold out que hacía presagiar mucha fiesta y ganas de pasarlo bien. Algo que se vivió cada minuto de cada día, tanto en el camping, en el propio pueblo de Aranda de Duero y en el recinto de conciertos. Lo mejor del Sonorama es sin duda su ambiente y el buen rollo que destilan sus visitantes y los arandinos.

La organización del Sonorama en cambio ha suspendido en 2017. Los errores, en buena medida subsanables, nos han dejado a medias. Las críticas en redes sociales fueron cayendo una tras otra desde el mismo jueves, aunque es de justicia admitir que no todo el mundo se unía a esos comentarios negativos. En nuestro caso el descontento es evidente. Tanto nos chocó todo que nos ha costado recuperar y sentarnos a escribir. ¿Por qué? Lo analizamos.

Las colas en los accesos

El primer golpe de realidad llegó al intentar entrar al recinto el jueves. Largas colas para acceder a la zona de conciertos con sus consiguientes primeros enfados. Como diría Rajoy, aquello no fue cosa menor, porque la espera para entrar llegó hasta las dos horas. Algo inconcecible y a todas luces inaceptable en un festival que acoge a 15.000 personas cada día. Facilitar la entrada de los asistentes es algo primordial y no caben excusas para justificar semejante error. La zona de accesos era demasiado pequeña y la solución no parecía complicada. Quizá empleando parte de la zona de salida hubiera bastado para mejorar los tiempos y reducir el cabreo del público.

Los retrasos en los escenarios principales

Hay quien dice que los problemas con los accesos fueron el principal motivo por el que se dio otra de las grandes lagunas del Sonorama 2017: los retrasos en los conciertos de los dos escenarios principales. El jueves rondaban los 45 minutos, algo menos el resto de días. No hay mente que lo entienda. Festivales como Ebrovisión o Mundaka Festival, más pequeños y con un único escenario, manejan mucho mejor el timing y sus horarios. Al final uno no sabía a qué hora arrancaría un determinado concierto. Vimos como a las 5 de la mañana Was esperaban sobre el escenario para arrancar su directo, bajo un frío castellano que helaba los huesos. Un concierto que debió empezar una hora antes. Por no hablar de que el resto de escenarios sí seguían su horario a rajatabla, lo que implicaba que si llevabas un recorrido previsto, este quedase desmontado al momento. Los solapes, tan dolorosos siempre, aquí se hacían sangrantes. Los retrasos fueron dañinos y vergonzosos para un festival como Sonorama.

Las colas en barra y baños

Seguimos para bingo. Cuando el público comenzaba a llenar el recinto, ir al baño o intentar pedir en las barras se convertía en una odisea. La espera podía ser de quince minutos para acudir al baño, similar o algo menor para mear. Y eso que el festival contaba con una ‘Barra Rápida’ en la que solo se servía agua y cerveza. Pero claro, si esa barra ya estaba llena por los problemas de aforo, todo se complicaba un poco más. Un desastre.

Aforo excesivo

Quince mil personas por día son demasiadas para ese recinto, que no debería haber acogido más de doce mil personas. Si bien es cierto que fuera de los cabezas de cartel ver los conciertos en primeras filas no era complicado, la sensación de agobio y de estar completamente rodeado de gente era importante. Son ya muchos festivales a nuestras espaldas, dentro y fuera de España. Por dar un ejemplo el British Summer Time de Hyde Park acoge 65.000 personas diarias y no se siente ningún tipo de agobio. Ni en primeras filas. Quizá en otros festivales las ganas de hacer caja pueden con las ganas de tener al público cómodo.

La zona de comida

Y claro, si beber o mear se hace complicado, comer más de lo mismo. No nos vamos a quejar, siempre escogíamos la caseta con menos cola, aunque eso pudiera suponer una calidad gastronómica inferior. La cosa era llenar el buche y seguir disfrutando de la música. Pero hablando con amigos y conocidos, escuchando a los asistentes, leyendo las críticas en redes sociales y sobretodo viendo las colas que se formaban en cada uno de los puestos, comer era una odisea. Hay quien estuvo 45 minutos esperando para poder llevarse algo a la boca, perdiendo la posibilidad de ver algún grupo interesante.

¿Todo fue malo?

No. Hay muchas cosas interesantes en Sonorama. Como el pueblo de Aranda. La ciudad burgalesa es uno de los principales activos del festival. Los conciertos en el centro, el ambiente en bares, restaurantes, parques y calles es magnífico, y viene motivado por un pueblo que se desvive durante por los visitantes y su felicidad. Y qué decir de su gastronomía, en especial su lechazo.

También el camping cumple con buena nota. Lleno de árboles de principio a fin, el calor que dan ya los primeros rayos de sol apenas se sufre dentro de la tienda. Además, tener un escenario en el mismo camping es un lujazo para verte algún concierto mientras te preparas antes de ir al recinto.

La música. El homenaje a la música española fue un bonito detalle por parte del Sonorama. Por sus escenarios pasaron mitos como Loquillo y opciones emergentes muy interesantes como Kitai. Aunque el indie español nos parece bastante repetitivo en sus fórmulas más triunfadoras, disfrutamos con grupos como los infravalorados Was, un siempre acertado Nacho Vegas, Los Coronas, Alpargata o Annie B. Sweet. Cápsula no fallaron en su homenaje a David Bowie y nos engancharon Aurora and The Betrayers. Eso sí, tirándonos el rock, nos quedamos con la energía de Willis Drummond, el buen hacer de Berri Txarrak y, por raro que parezca, le damos el título de mejor concierto del festival a El Drogas. Lo que hizo el de la Txantrea fue algo mágico y espectacular, en ese feo exilio en el que le pusieron al mandarle al tercer escenario.

Se agradece la variedad que ofrece el cartel del Sonorama. En resumen, un evento que nos dejó un sabor de boca agridulce y con la sensación de mirar el dinero antes que al espectador. Esperemos que con el anuncio de un nuevo recinto más amplio se solucionen los importantes problemas sufridos. Aún con todo, que nadie dude que disfrutamos desde el primer minuto al último. Y queremos mandar un saludo a Cerdiloop, su sesión fue muy interesante aunque apenas hubo gente disfrutándola. Malditos solapes.