Lo había pronosticado. Hombre reservado y reflexivo, Leonard Cohen le dijo a Marianne, su Marianne, que se encontrarían pronto. Que ya no le quedaba mucho tiempo entre nosotros. Hubo quienes no le creyeron, quienes se tomaban esa carta a su amante más famosa por una simple despedida romántica. Sin embargo y por desgracia no falló. Apenas unos meses después de esa profecía Cohen nos dejaba en silencio, sin casi permitir que nadie se enterase. Con su muerte el mundo se sume en una intensa tristeza de la que le costará salir. Porque con él se va la voz más profunda e íntima de la música, el poeta enigmático, el artista que en dos frases era capaz de destrozar cualquier coraza para enamorar por siempre. El año en el que Bob Dylan recibe el Nobel de Literatura, Leonard Cohen, el único otro candidato posible a ese premio de entre los músicos, decide que no espera a recibirlo, que prefiere dejar sus letras, sus poemas recitados entre arreglos de cuerda, para que sea el tiempo el único capaz de valorar su relevancia. Su posición en la historia.

Leonard Cohen acabaría cumpliendo su sueño de ser un poeta y escritor de éxito de la manera más inesperada. Cuando en las décadas de los cincuenta y sesenta del siglo pasado peleó por hacerse un hueco en las estanterías de las librerías, en los ambientes elitistas, sin conseguirlo, nada hacía presagiar el giro que terminaría por ver su vida. Pero ese giro llegó. Su voz y su manera de ver la música, como una especial simbiosis entre las palabras, la melodía y el susurro, no parecían adecuados para una época en la que la psicodelia vencía, el blues era norma y el rock duro empezaba a hacerse un hueco. Apenas sabía tocar la guitarra y le costó ver a Suzanne como una canción y no un poema más. Sin embargo esa misma canción le lanzó a la eternidad.

Hay algo de estrella en llamar a tu primer disco ‘Songs of Leonard Cohen‘. Tal cual. Como si no necesitase presentación, aún siendo el primero de su carrera. Y Suzanne, ya conocida en la época (1967), abría el disco. Pero cuando este periodista que escribe conoció a Leonard Cohen no fue Suzanne la que le enganchó para siempre al mundo del artista canadiense. Y ruego me perdonen que convierta este texto en algo personal, pero resulta imposible hacerlo de otra manera. Viviendo plena tardoadolescencia, y como todo ‘tardoalgo’ es una etapa difícil -como el tardofranquismo-, Cohen abría ante mi un mundo desconocido que ni Dylan me había descubierto. Era quizá la melancolía de su voz, la cercanía de su recitación, las que me unieron para siempre a él. Ni siquiera me hizo falta penetrar en el increíble mundo de sus letras. Fue escuchando So Long Marianne cuando hice de Leonard Cohen algo mío, personal. Desconocía por completo la bella historia detrás de Marianne, su Marianne. Sería algo después cuando decidí investigar en las letras que había detrás de esa voz que me susurraba al oído.

Solo él podía revivir The Partisan de la manera en la que lo hizo, haciéndonos partícipes del drama que vivía la canción. Nos convertía en ese soldado que nos traslada su pesar, el pesar de una nación. Nos hacía cómplices de sus inseguridades al amar en Hallelujah. En Everybody Knows unía al mundo en su visión pesimista del presente y del futuro, tan real como la vida misma. Conseguía que hasta el más joven sintiese añoranza por el pasado en Closing Time. En The Future nos hablaba de un futuro negro para en el mismo disco ofrecernos uno optimista en Democracy. Y le comprábamos ambas versiones de lo que nos venía. El ateo llegaba a creer en una fuerza superior cuando escuchaba If It Be Your Will. Nos invitaba a bailar hasta que se nos acabe el amor en Dance to the End of Love. Y, cómo no, nos enamorábamos de Marianne, su Marianne, en So Long Marianne.

Mi experiencia en directo con Cohen se limita a pocos conciertos. Pero quizá sean los conciertos que más grabados se han quedado en mi retina. Si la música hace sentir, los sentimientos que evocó en mí Leonard Cohen en aquellas ocasiones fueron sin duda los más fuertes. Aún vuelven los nervios previos a uno de esos directos, sentado en mi butaca esperando a que saliera el poeta canadiense. Y cuando lo hizo, al compás de Dance Me To The End Of Love, todo parecía tan normal de repente, tan natural. Aún habiendo distancia entre nosotros, Cohen te hacía sentir a su lado, intentando que por una noche, por unas horas, fuerais amigos íntimos. Te susurraba a ti, al oído, para que sintieras lo mismo que él sufría y disfrutaba con cada una de sus canciones.

Aquella fue sin duda una de las mejores experiencias musicales de mí vida. Ha pasado más de un lustro, muchos artistas y conciertos entre medias, pero las sensaciones al recordar aquella noche se mantienen intactas. Inmejorables. Aquella lágrima que se escapaba por la mejilla vuelve a deslizarse hoy al ser consciente de que no podré repetir ese momento. Al saber que Leonard Cohen no me saludará más con su sombrero. Al tener constancia de que esta lágrima es una despedida definitiva.

Gracias por todo, Leonard. Saluda a Marianne, nuestra Marianne, de mi parte.