Uno, dos, tres

Director: Billy Wilder

Año: 1961

Reparto: James Cagney, Pamela Tiffin, Horst Buchholz, Arlene Francis, Liselotte Pulver, Howard St. John, Hanns Lothar, Leon Askin, Ralf Wolter, Karl Lieffen.

Sinopsis: Durante la Guerra Fría, MacNamara es el reputado director de Coca Cola en el Berlín Occidental. Su única misión es llegar a Londres, dominar la marca en Europa y, para ello, quiere llegar a un acuerdo con la Unión Soviética. Sin embargo, un giro de los acontecimientos le mantendrá pendiente de la joven hija de su jefe, mientras intenta resolver sus propios problemas y los de la misma Guerra Fría.

Clásicos Revancha
  1. El acorazado Potemkin, Serguei Eisenstein (1925)
  2. Ciudadano Kane, Orson Wells (1941)
  3. Testigo de cargo, Billy Wilder (1957)
  4. El gran dictador, Charles Chaplin (1940)
  5. Sucedió una noche, Frank Capra (1934)
  6. Casablanca, Michael Curtiz (1942)
  7. La ventana indiscreta, Alfred Hitchcock (1954)
  8. Días de vino y rosas, Blake Edwards (1962)
  9. Espartaco, Stanley Kubrick (1960)
  10. El tercer hombre, Carol Reed (1949)
  11. Los siete samuráis, Akira Kurosawa (1954)
  12. La ley del silencio, Elia Kazan (1954)

Uno, dos, tres‘ de 1961 es la segunda aparición del genio Billy Wilder en #ClásicosRevancha. Y eso que esta solo es la decimotercera película del ciclo de cine clásico, pero no puedo negar que es un director al que me gusta volver cada poco. Cuando decidí ver de nuevo esta obra no lo hice pensando en pasarla por aquí a corto plazo. Una vez metido en harina me dije “¿qué narices?”. ‘Uno, dos, tres’ es una maravilla de Wilder, una película mayúscula en clave de sátira inmejorable. Sin cortarse un pelo y en pleno 1961, poco antes de que se construyese el muro de Berlín, el director nos ofrece una obra que va dando palos a diestro y siniestro, a ambas superpotencias de la Guerra Fría. Lo hace con y sin sutileza, tanta que sorprende que alguna mente pensante de Hollywood no le diera por prohibir la película.

La película es puro frenesí. En ‘Uno, dos, tres’ uno, que se siente inmerso en la locura de ese 1961 que nos puso el muro en Europa, ve como las ideas de Wilder son desarrolladas una a una. Sin descanso. Porque así se lo pidió el director tanto a sus actores como a su equipo. No había tiempo para respirar, las líneas debían ser leídas a toda velocidad, de manera casi ininteligible, y el equipo técnico debía actuar en consonancia. Dicho y hecho. En ‘Uno, dos, tres’ Billy Wilder nos da la que quizá sea su obra más frenética. El espectador no tiene permiso casi ni para reír. No será por falta de ganas, ya que casi cada escena te da una oportunidad por sus afilados diálogos. No. Las ganas las tenemos. El problema radica en que si uno se ríe, se pierde la siguiente broma, el siguiente chiste, el último chascarrillo contra el capitalismo o el comunismo.

Ah, el duelo de la Guerra Fría. Dos sistemas económicos, ideológicos, filosóficos, dos formas de vida frente a frente. Que Billy Wilder decidiera reírse de ambos en 1961 con ‘Uno, dos, tres’ solo puede ser considerdo como valiente. En aquellos años o estabas con uno o con otro, situando tu postura en tu lugar de nacimiento. Había excepciones, claro. El caso es que Wilder decide que nada de eso, que aquí hay para todos. Y eso que de primeras la película va a darte otra sensación. Estando ante una película estadounidense y obviando de que es de un genio crítico con todo y con todos, todo parece indicarnos que la película va a dedicarse a dar palos al comunismo. Al fin y al cabo el protagonista es director de una oficina de Coca Cola y pronto se nos muestra a los comunistas como gente incapaz de hacer las cosas bien. Esta sensación no nos durará mucho, ya que pronto veremos que aquí incapaces son todos, especialmente los dos sistemas económicos.

Parece que Wilder quisiera decirnos que ‘Uno, dos, tres’ no es solo una muestra de la enajenación de 1961 y aquellos años, sino la de un planeta que se ha vuelto loco. Los seres humanos viven con miedo. Lo hacían. Y aquí Wilder es inteligente al mostrar esto en clave geopolítica. Eso y la ansiedad de crecer es lo que mueve el film. Todo hecho de manera maestra. Vemos a MacNamara, el protagonista absoluto del film, loco por agradar, por conseguir el favor de sus jefes, en la muestra de que en el capitalismo uno está dispuesto a pisar todo con tal de triunfar. Además tiene miedo, tiene miedo de no conseguir sus objetivos y no ser alguien exitoso. ¿Y qué es el éxito? El dinero. En cambio los comunistas viven con el miedo a su gobierno, con el miedo a fallar y recibir consecuencias. Además tienen ganas de crecer: por un lado conseguir ser buenos a ojos del sistema, por otro escapar de la URSS.

Uno dos tres Wilder

Decía Billy Wilder cuando se le preguntaba que el hecho de utilizar a Coca Cola en esta película de 1961 que es ‘Uno, dos, tres’ solo se debía a que le hacía gracia. Le resultaba divertido hasta beber un refresco de la marca más conocida a nivel mundial, no hablemos ya hacer una película. Así que se puso manos a la obra. Funcionó. La película es desternillante, aunque en ocasiones cueste seguir las numerosas bromas y chanzas realizadas. No pasa nada, se ve una vez más, porque esta es una de esas películas que uno no se cansa de revisar. Nos reímos de todo y de todos, como ese joven idealista soviético que solo ve buenos -los suyos- y malos -los que no son suyos-, sin darse cuenta de que, en el fondo, todos vivimos engañados.

La de ese personaje es la perfecta muestra de que la vida no es más que un enorme teatro en el que no tenemos mucho que decir, más que realizar el papel que se nos adjudica en cada momento. Hoy comunista, mañana capitalista por necesidad. Y amor. Con él nos reíremos, y mucho, porque es el contrapunto perfecto a ese MacNamara tan bien realizado por James Cagney. Delicioso de principio a fin, su trabajo es la rueda que mueve el film, junto al excelente guion que se desarrolla. Es curioso como el frenético ritmo lo tenemos desde el minuto uno, pero no hace más que acelerar y acelerar. No solo con la acción, sino también con todo lo que acompaña a esta ‘Uno, dos, tres’ que en 1961 usaba todo lo que tenía a su disposición para ello: la música sigue un constante crescendo, el reloj de cuco suena cada vez más y más rápido, la acción se desmelena… No hay trucos de artificio, sino una mente prodigiosa.

Y es que solo una mente como la de Billy Wilder podía darnos una película como esta. ‘Uno, dos, tres’ es una sátira desatada, descocada, sin vergüenza, sin miedo. Atiza al capitalismo recalcitrante, al comunismo y hasta al nazismo. Sí, este también juega un papel relevante aunque secundario en la película. El Cagney de ‘Uno, dos, tres’ es el Maquiavelo perfecto, el Otto de esta misma película no es más que la muestra de que solo somos peones en manos de intereses oportunos. Avisadas quedáis: ver ‘Uno, dos, tres’ genera felicidad. Sus afilados, vertiginosos y disparatados diálogos ayudan a ello.