Hablar de western es, para mucha gente, hablar de un género viejo y caduco. Craso error, como venimos celebrando cada mes en #RevanchaAMuerteEnOKCorral. Y porque como vimos con ‘Django desencadenado’ o en esta ocasión, el género sigue recibiendo novedades, homenajes y renovaciones que le sientan fenomenal. En el año 1992 un western hacía historia: ‘Sin Perdón’ de Clint Eastwood. Merecida ganadora del Oscar a Mejor Película y Mejor Director, ‘Unforgiven’ demostró que no, el western no está muerto ni moriría pronto.

Un western crespuscular como la copa de un pino, en ‘Sin Perdón’ Clint Eastwood nos ofrece el mayor homenaje posible a un cine que no solo amo, sino del que además fue protagonista. De principio a fin nos va dejando guiños y referencias a ese cine que mamó. Y no solo eso. Su guion es un regalo construido en forma de relato nostálgico. Todos sus protagonistas no evitan recordar con anhelo y deseo aquellos años mágicos donde el Salvaje Oeste era otra cosa. Recuerdos que son los nuestros, recuerdos en forma de historias que lo son de películas.

Pistolas que se atascan, muertes que no lo fueron, duelos que no existieron, peleas imposible y cruentas, todo ello con un toque pesimista que ayuda a evocar aún más esos fantásticas memorias que nos regala el cine –y el Oeste, por supuesto-. Clint Eastwood bebe de John Ford y sin duda de Sam Peckinpah, con esa última escena escopeta en mano que se siente tan perfecta y real como pocas. De la mano de William Munny, Ned Logan y The Schofield Kid por un lado; y de Little Big Dagget y Bob el inglés por otro, la historia no deja de ser un viaje al pasado.

Héroes que no lo son, grises que dan vida

Unos, los más, no quieren ni oír hablar de las fechorías que realizaron en otra época. Hoy se sienten renovados, limpiados tras haber dejado atrás esa era. Volver a ella les genera dudas, temores que no saben si serán capaces de superar. Esos miedos y dudas son constantes en la película, nos los muestren tal cual o en diferentes formas –diálogos, miradas, etc-. Lo vemos a la perfección en la fantástica escena del cañón, donde un tiroteo de nuestros héroes se convierte en el inicio del fin para el personaje de Morgan Freeman, quien directamente se ve incapaz de disparar un arma para matar a alguien. Algo ha cambiado en el western.

De nuevo, como en un buen western crepuscular, la división buenos y malos es realmente difusa. Inexistente. En ‘Sin Perdón’ nuestros héroes, Eastwood y Freeman, vienen cargados de matices, de grises, que hacen que pronto les veamos como algo más que los típicos héroes de la narrativa clásica. Lo mismo sucede con ese magnífico villano al que da vida Gene Hackman, o el mismo Bob el inglés del excelente Richard Harris. De primeras todos nos parecen personajes buenos, al menos el guion de David Webb Peoples y el trabajo con la cámara de Eastwood así nos lo parece mostrar. Sin embargo pronto nos damos cuenta de que esto no es así y en los claroscuros vencen más los segundos, las sombras que sacuden sus corazones, el mal de su pasado.

Unforgiven

No, en el Oeste no hay héroes. Por más que el western y sus historias así nos lo hayan mostrado, en el Oeste solo hay supervivientes que viven bajo unas leyes muy personales. Eso nos cuenta ‘Sin Perdón’. Y que lo hecho en ocasiones no es por gusto o por bondad, sino por necesidad. ‘Sin Perdón’ reflexiona sobre diversos temas, como la violencia y lo difícil que es matar. No consiste en levantar el arma y apretar el gatillo, hay mucho más. Ese dilema moral de quitarle la vida a un ser humano y del romanticismo del asesinato queda magníficamente demostrado con la figura de Schofield Kid. Un fanfarrón, un trilero, un chaval que sueña con los viejos tiempo y que, cuando los descubre, no puede evitar sentir pavor.

Las reflexiones añadidas sobre el romanticismo a la vida del Oeste y a sus héroes quedan magníficamente retratadas. Clint Eastwood baja todos esos aires románticos del pedestal en el que parecían sumidos y los desmitifica. Vemos personajes cobardes, huidizos y mentirosos. Héroes que intentan alejarse de ese mismo aura que el cine en muchas ocasiones les otorga porque sí. A la par muestra un respeto total y absoluto por el género, un conocimiento magistral del western, por eso ‘Sin Perdón’ resulta tan maravillosa.

Sin Perdón: una obra maestra

Algo tan sencillo y simple como que la ley la ejerza un antiguo forajido sin escrúpulos es la muestra definitiva de todo lo que Eastwood quiere hacer en ‘Sin Perdón’. O el escritor que se dedica a alabar las leyendas de los antihéroes del Salvaje Oeste en sus libros y tebeos. Supervivientes todos ellos de un época dura y difícil. Cada uno actúa en función de sus intereses y de lo que él cree correcto. No hay una moral que defina el bien y el mal.

Pocos como Clint Eastwood habrán mostrado en el cine la magia de un tiroteo del Oeste. Esa escena en la que Munny entra escopeta en mano, sabiendo ya todos que encaramos un final sangriento, es magnífica. La pausa, la calma inicial, mezclada con la tensión que se siente en cuanto todos sus enemigos se dan cuenta de lo que sucede. El miedo de estos, el pavor momentáneo de Little Big Dagget –magnífico Gene Hackman durante todo el largometraje-, se sienten reales. Así como el tiroteo en sí, donde las balas salen a su debido tiempo y nuestro héroe, nuestro antihéroe, muestra su habilidad con sutileza y un tacto especial. Saboreamos cada segundo y no queremos que termine.

La lectura que hace ‘Sin Perdón’ de la moral alrededor de la muerte es perfecta. ¿Está bien matar en el Oeste? ¿Cuándo? ¿Hay alguna situación en la que sea moralmente aceptable? Con esa reflexión, entre tantas otras, cerramos una película que es digna merecedora de todos los premios que pudo recibir. ‘Sin Perdón’ es una joya del western. A veces uso en exceso estas palabras y lo sé, quienes ya me conocéis sabéis filtrar en consonancia. Sin embargo aquí no hay posibilidad de caer en el equívoco. ‘Sin Perdón’ es una obra maestra, gracias Clint Eastwood.