El ser humano es criticón. Nos gusta, lo disfrutamos. Nos encanta soltar una buena puya ante algo que no nos convenza. Cine, música, series, fútbol, política. Da igual el tema. En España incluso solemos indicar que es un deporte nacional. Twitter es un buen ejemplo de ello, donde la gresca es la manera habitual de convivencia. Precisamente esa red social es uno de los lugares donde más se habla de cine hoy día. Uniendo todos estos ingredientes lo siguiente no necesita explicación: Clint Eastwood ha sido uno de los directores más criticados en los últimos años. Richard Jewell ha cambiado ese paradigma.

Sus películas no convencían. No a la mayoría al menos. Pero Clint Eastwood es ante todo un estajanovista. Un trabajador y luchador nato. Y también un tipo al que le da igual la opinión pública. De hecho es un hombre que opina lo que quiere aunque suene políticamente incorrecto o vaya a contracorriente. El problema para él, siendo justos, es que esta costumbre de entregarnos casi un film al año no venía acompañado de su mejor nivel. No era el Clint Eastwood que vimos en Sin Perdón, Bird, Mystic River, Million Dollar Baby o Gran Torino.

Ahora con Richard Jewell si no consigue llegar a ese olimpo personal de trabajo, sí que se queda muy pero que muy cerca. Su última película es un interesante drama basado en el ataque terrorista acontecido durante los Juegos Olímpicos de Atlanta 96. Eastwood acierta al enfocar la película desde una mirada intimista, acercándose al desgraciado protagonista de un juicio público y gubernamental, dejando a un lado posibles intentos de grandilocuencia. No hubiera sido una mala idea teniendo en cuenta los sucesos que narra, pero seguramente ese no hubiera sido Clint Eastwood. Y el director estadounidense tiene su sello.

Richard Jewell fue un bonachón guardia de seguridad con ganas de labrarse un futuro como agente de la ley. Uno de esas personas buenas con pocas aristas, que entiende el mundo de una manera simple e intenta seguirlo bajo unas estrictas normas. Un personaje que dentro del cine no ofrece demasiadas visiones. En cambio, eso unido a su historia resulta algo bello e interesante de seguir. Le echaron el muerto de un atentado del que fue un héroe. Todo por la incompetencia de un par de agentes del FBI. Y a eso se agarra la película y el director con un acierto absoluto. A la historia y no tanto a unos personajes que, quizá siendo otros, hubiera sido la manera más sencilla de atacar la dirección.

En el favor de Eastwood también se encuentra una primera hora más acelerada que la segunda, más íntima. Es en esa primera mitad cuando el director se destapa con una lograda representación del atentado ocurrido en el Centennial Park de Atlanta. Lo hace dándole al espectador la muestra perfecta de lo que aquello debía ser: la fiesta que fue en el concierto previo de Kenny Rogers, ante el caos y la destrucción que se produjo después. Y como la liturgia de los agentes de seguridad no era tal en aquellos momentos, mientras usa las cámaras como nuestros ojos, acostumbrados ya a sospechar de cualquier persona u objeto, se mueven de una persona a otra, de una mochila a otra, intentando encontrar al posible terrorista antes incluso de que ocurra el atentado.

Clint Eastwood

Los personajes de Richard Jewell apenas tienen evolución. Siguen un patrón básico del que no se mueven salvo centímetros. Algo notorio en los casos del propio Jewell y especialmente el agente del FBI mal ejecutado por un Jon Hamm que ofrece hieratismo, pose… y poco más. A cambio de ese inexistente camino en los personajes nos entregamos a una historia que crece poco a poco hasta donde no lo hicieron Mula, Sully o 15:17 Tren a París. En esta especie de biografía de la ciudadanía americana que nos viene realizando Eastwood, Richard Jewell es sin duda la mejor de todas.

Eastwood sabe construir el camino de Richard Jewell con maestría. La presentación de ese protagonista bonachón hasta rozar el ridículo se hace con calma, insistiendo en ese carácter. Se entenderá después, cuando hasta en los peores tragos que debe pasar el personaje se mantenga inalterable y fiel a sus principios. Tan loable es su actitud, tan tierna, que se nos llega a poner la piel de gallina. Eastwood emplea a la periodista Kathy Scruggs para mostrar en cierta medida la evolución del pueblo estadounidense alrededor de la persona pública en la que se convirtió un Jewell sobrepasado por los acontecimientos.

Como Bates destaca Olivia Wilde, en el que es el papel más gamberro y con matices de la historia. Se le acerca el de Watson Bryant, el abogado de Jewell, protagonizado por un Sam Rockwell que, a ver cómo lo explico, es Sam Rockwell. ¿Hace algún trabajo malo este hombre? Un placer para el espectador tenerle en cualquier película, como ya disfrutamos con su Oscar por Tres anuncios en las afueras. Rockwell aporta frescura en cada aparición, siendo el diablillo perfecto, el contrapunto ideal, para el angelillo que parece Richard Jewell.

Richard Jewell es también una perfecta muestra de como el Gobierno de los Estados Unidos -aquí inserta el país que desees, incluido España- y sus agencias de seguridad, en este caso el FBI -aquí de nuevo inserta las del país que quieras, incluidas las españolas- hacen lo que quieren con sus ciudadanos. Somos marionetas y Clint Eastwood, un liberal en el sentido más estricto de la palabra, no pierde el pulso a la hora de criticarlo abiertamente. Sí, Richard Jewell también es una hostia con la mano abierta al gobierno estadounidense. Y no nos olvidemos que su director es republicano.

Clint Eastwood logra con Richard Jewell una película emotiva, de las que erizan el vello en el desarrollo de la trama. Una historia brillante, triste por momentos, que reivindica al héroe de pie de calle ante las patriotadas a las que nos tiene acostumbrados Hollywood. Y Richard Jewell es ante todo la muestra perfecta de que Eastwood sigue siendo un gran narrador de historias. Un cuentacuentos magnífico con un arma ideal como es una cámara.