Predator -la inicial, Depredador en nuestro país- fue una de las películas ochenteras más sensacionales que se hicieron. Puro cine de acción, mezclado con la ciencia ficción y el terror. Contó con una superestrella capaz de, en aquellos años, arrasar la taquilla: el bueno de Arnold Schwarzenegger. Y un bichejo que bebía desde lejos, de la esencia de Alien. Sin duda, el film de un experto como John McTiernan, era puro espectáculo.

Varias secuelas e híbridos con Alien después, volvía a resurgir el mismo nombre: Predator. Por desgracia, no se trataba de un remake, sino de otra secuela, que hasta el momento deambulaban entre el cine flojo y el de mandar directamente al vertedero. Llegados a este punto, un director como Shane Black, que conoce el cine de acción con la superheroica IronMan 3, y que viene de hacer la entretenida pero decepcionante por expectativas Dos Buenos Tipos, con Russell Crowe y Ryan Gosling echándose unas risas en la gran pantalla. 

No era mal director para un proyecto así, aunque el reparto está exento de alguna figura importante y se nota en la falta de chispa de algunos momentos de la película. No obstante la premisa clara del film no ha sido otra que pasárselo bien. Y ahí, nos lanzan una sucesión de escenas, de saltos temporales de aquí para allá con un montaje tan rápido y ¿vibrante? como carente de la mínima intención de ser tomado en serio.

Ese Equipo A, a quien se podía comparar esta cuadrilla de hombres del patíbulo, podría haber dado algo más de chispa, pero nos conformaremos con que gracias a ellos la película se haga más pasable. Un reparto un tanto coral para apoyar a un héroe de la película que no llega a la altura de la suela de la bota al bueno de Arnold. Pero eso ya se podía intuir. Tampoco hay una química/chispa en pantalla con la heroína de la película. Y ya lo de meter un niño en la ecuación, con autismo, pues bueno… ya podemos intuir el guión, sin ningún tipo de problema.

Sin sorpresas, sin la mínima intención de hacer suyo a Predator, se nos mete en un barullo donde los bichos no son los auténticos protagonistas. Ya estuvo claro que cambiar la tenebrosa jungla por una ciudad hacía daño a la película -en ese salto al abismo que supuso la primera secuela-. Aquí se arranca con la esencia de la inicial, en la jungla… puro espejismo, a los 15 minutos ya estamos liándola en la gran ciudad como Paco Martínez Soria.

Y en ese hábitat perros alienígenas, una digievolución del Depredador y lo que haga falta. Pero lo que mantiene el interés son esa pequeña dosis de buenrollismo que desprenden los secundarios, donde tenemos a pseudo Fénix, M.A. y Murdock -¿hacía falta hacerlos tan evidentes?- y es ahí donde se pasa el rato.

No pidamos más al proyecto, porque a pesar de que podíamos soñar con una película capaz de sorprender. Se basa en el ABC de este tipo de cine, flirtea con el gore en un par de secuencias… pero no deja de quedarse a medio camino en muchas de sus intenciones, y eso la deja abocada a ser un film menor, pasable, pero que se basa en la ley del mínimo esfuerzo. ¿Un 5? No, por rácana debería quedarse a las puertas. A ver si los productores toman nota y ven que el camino puede ser este, pero añadiéndole algunos detalles que sorprendan y quitándose de encima unos cuantos metros de metraje que parecen ridículos.