Leía hace unos días en un interesante artículo que las grandes películas que hace dos décadas gobernaban en los Oscars solían salir bien paradas en la taquilla mundial, y que hoy en día los Oscars son más íntimos y personales y apuestan por otro tipo de cine, más cercano a otros festivales, lo cual está matando a los premios de la Academia.

Comparto dicha opinión pero aquel artículo no iba algo más allá, y era en valorar cuántas películas del Top 10 eran proyectos destinados a ser auténticos pelotazos de taquilla, films como Independence Day, Godzilla o Armaggedon, destinados a reventar la taquilla y a ingerir palomitas. Pocos, muy pocos. En aquellos años noventa teníamos a Superman desaparecido del mapa de los superhéroes y a Batman recibiendo palizas de Joel Schumacher, pero teníamos meteoritos y alienígenas invadiendo la tierra.

La cuestión es que hoy en día continuamos teniendo al Roland Emmerich de turno destruyendo de mil maneras Nueva York… y la amplia gama y abanico de superhéroes que brotan como setas en el bosque, no nos deja ver el horizonte cinematográfico. Sí, este artículo va contra Disney y sus superhéroes que tanto amamos -sí, me incluyo- y a otras producciones.

Hace veinte años hubo auténticos pelotazos en taquilla, he mencionado tres de los cuales dos nunca tuvieron secuela y otro la tuvo dos décadas después. Estaba Men In Black, Speed también tuvo secuela, pero la mayoría de los proyectos se terminaban con las letras finales, y se acabó. Entonces llegó El Señor de los Anillos, la trilogía de Spider-Man de Sam Raimi, los X-Men y Harry Potter. Y Hollywood vio que lo que gustaba una vez, gustaba muchas más y que se podía mantener el nivel de otras películas o que, incluso tirando el listón a los suelos, se podía sacar tajada.

El nuevo cine

En esa lucha millonaria, el siglo XXI ha arrancado como un siglo de secuelas, remakes y sagas, una tras otra. Y ello hace que a lo largo del año uno tenga sobredosis de estrenos esperados. Cuando era pequeño y me leía el Fotogramas iba esperando los tres o cuatro estrenos del año, como agua de mayo. Quizá incluso simplemente uno en concreto. Hoy en día es imposible no encontrar un mes donde haya algo realmente interesante que echarse a la boca a nivel taquillero.

Ahí radica el problema con el que iniciaba el texto. Tenemos este 2019 -y sucesivos- a Marvel y DC enfrascados en luchas titánicas, lanzando cada una más de un proyecto al año. A esto añadamos sagas relanzadas, como esa Star Wars que tras su inicial trilogía se saltó casi dos décadas para, en los últimos veinte años traernos ocho películas. Se reviven viejas historias que nos gustaban como Mary Poppins y -sí, digámoslo- Trainspotting. Y el cine de animación…

¡Ay!, el cine de animación, ese que los padres esperaban cada año para llevar a los niños a ver el clásico Disney de turno. En aquella época tocaba reestrenar alguna película porque el repertorio era escaso. A día de hoy muchas productoras hacen cine de animación, y si a eso sumamos la nueva vertiente de la compañía del ratón de hacer cine de carne y hueso de cada uno de sus clásicos nos topamos con que los pequeños podrán ir al cine una vez al mes sin ningún tipo de problemas. A los que les gusten las de superhéroes, dos veces.

Con esa situación, ¿alguien cree que las salas de cine se extinguirán? Yo no, por mucho que miren a Netflix como si fuera el demonio, la realidad es que las películas que las nuevas generaciones esperan ver en salas ya las tienen en salas. Y las palomitas se venderán a toneladas mientras la guerra de superhéroes y Disney sigan engordando como gorrinos.

Hace un tiempo Martin Scorsese, un tipo curtido en mil batallas, uno de los grandes directores de la historia del cine, dijo sin tapujos que Netflix había salvado The Irishman. Aún es pronto para saber de la calidad de la película, pero lo que está claro es que ninguna productora ha sido lo suficientemente valiente para hacer una película del director de Taxi Driver, Uno de los Nuestros, Casino o Infiltrados. Eso denota poca, muy poca valentía para cualquier productora.

Russell Crowe

Cien millones. Sí, son muchos, pero son menos de los que cuesta cualquier producción de las que dominan la taquilla mundial. El problema es que las productoras hacen sus cuentas, sus números, juegan a lo seguro y la taquilla manda. Y la taquilla obliga a ingerir más cantidad industrial de ese cine.

Me gusta el cine de superhéroes. Me gustan esos remakes que se están preparando porque crecí disfrutando de El Rey León, Aladdin, La Bella y la Bestia, Star Wars o Batman… pero al mismo tiempo echo de menos ese otro cine, ese donde se gastaba el dinero en realizar cine histórico/épico de calidad como Braveheart, Gladiator o El Señor de los Anillos; ese que no importaba que fuera un drama romántico, que si el director necesitaba el dinero ahí estaban Titanic, El Paciente Inglés o El Pianista de Polanski.

La realidad es que quien quiera hacer un drama, una historia con riesgos a no comerse un rosco en taquilla, no tiene cabida en la industria actual. Y mientras tanto los tiros de los que mandan van hacia las nuevas plataformas, capaces de gastarse 100 millones en un producto de Scorsese. Esas que el día de mañana apostarán por llevarse a Tarantino y a quien haga falta. Ya lo hizo el mundo de la televisión y las series llevándose buenos guionistas y cambiando para siempre ese mundillo. Y lo hará el mundo del cine.

Vamos camino no solo de que el cine más personal e íntimo no se estrene en salas, porque a casi nadie le importa que se muera, sino que historias de grandes directores o actores tampoco lleguen a todo el público. Es el Hollywood actual que hace que grandes directores tengan que entrar en el nuevo mundo cinematográfico, porque el mundo de las salas de cine, el de los chicles pegados a los asientos, estará dominado por dinosaurios, brujas, dibujos animados y vengadores. Cine muy disfrutable pero, por favor, no culpemos a las nuevas plataformas de este nuevo rumbo, porque lo que toca mirar es al ombligo de las grandes productoras y sus objetivos comerciales.