Vivimos como sociedad instalados en la cultura del morbo. Vende, nos gusta, disfrutamos con ello, queremos más. Puedes ser uno más en la escalada del morbo, puedes odiarlo con todas tus fuerzas, pero la frase que abre esta crítica es innegable. Los medios de comunicación no hacen más que vender morbo, en casi cualquier aspecto de la sociedad: sucesos, deporte, política, local. Pon el nombre y acertarás. Además nuestra sociedad capitalista explota el individualismo, el pisarnos los unos a los otros, el querer más, más y más. Nunca estamos contentos con lo que tenemos. Con estas cartas sobre el tapete era imposible que Nightcrawler no funcionase tan bien como lo hace.

La película que dirige Dan Gilroy es un golpe en la cara del espectador por ser precisamente una buena muestra de todo ello. Te atiza sin descanso, Nightcrawler y Gilroy no sienten reparo al exponer nuestras vergüenzas de principio a fin. Lo hacen en la figura de un Lou Bloom, encarnado por un magnífico Jake Gyllenhaal, que es todo lo que está mal en nuestra sociedad. Desde los primeros minutos de la película entendemos que algo no funciona bien en la cabeza de ese protagonista y que poco a poco nos sumergiremos en un turbio mundo que, por desgracia, pronto entendemos que es el nuestro.

Bloom es una mezcla de ladronzuelo de poca monta y superviviente de la calle que malvive de vender lo que va robando por ahí. Un día descubre a los cámaras freelance que viven peleándose por ser los primeros en llegar y grabar el último suceso sangriento en las calles de Los Ángeles. Sus ojos son los nuestros y esa televisión en busca de carne y sangre no deja de ser un interesante símil con nuestra sociedad y realidad. Ambos, protagonista y televisión, juegan ese papel ambivalente con el que Dan Gilroy hace una ácida y ajustada crítica a nuestro día a día.

Las cosas buenas pasan a aquellos que se matan a sí mismos trabajando.

Lou Bloom (Jake Gyllenhaal), Nightcrawler.

Una de las principales virtudes de Nightcrawler es el excelente trabajo de Jake Gyllenhaal. Sublime de principio a fin, nos enseña a un personaje traumado, con problemas internos que no hace falta explorar para sentirlos a flor de piel. Ese personaje está hecho para generar los peores sentimientos posibles. Llega a ser repugnante. Algo que consigue gracias al actor, quien incluso asusta. La interpretación de Gyllenhaal es de un gran nivel y chirría mucho que no fuese siquiera nominado al Oscar a Mejor Actor. Las verdades, mentiras, aspiraciones y miedos de su Lou Bloom son las mismas que vemos en nuestra sociedad. Un espejo frente a nosotros. Un reflejo de nosotros mismos. Logra crear en nosotros una sensación de comunión, para bien o para mal. Nos sentimos atados a ella.

Nightcrawler es un bombazo en nuestra cara. El morbo y ansia de la televisión por conseguir la última noticia, por ganar audiencia y relevancia, está mostrado de una manera tan cruda que uno llega a acongojarse en el asiento. Tememos sentir que eso es así, que eso es real. Nos evoca al Network de Sidney Lumet, otra magnífica obra que nos pone la piel de gallina con cada visionado. Como en la película de Lumet, Nightcrawler presiona e insiste en hacernos reflexionar sobre lo que nos rodea, sobre nuestros valores y nuestra moral. Porque indirecta y discretamente nos señala a nosotros, al público, a los consumidores de uno u otro producto. Tenemos lo que queremos. Os damos lo que pedís. Os damos sangre porque nos da rédito. La pescadilla que se muerde la cola.

Visualmente la película tiene un aire de clásico moderno que dota al total de la obra de un ascedente mayor. Sus tonos, colores, su noche eterna, lo que nos dicen los ojos de Gyllenhaal, todo está construido para atosigarnos aún más. Dan Gilroy sabe lo que se tiene entre manos, como ese excelente guion construido para ser nominado al Oscar. La película, mensajes aparte, funciona maravillosamente. Una excelente experiencia con una película que no siente temor a mostrarse incluso perversa, que nos abruma con ese protagonista cruel y desquiciado, sin conciencia.

La cultura del todo vale. Ascender, ambicionar, crecer, aún a pesar de hacerlo pisando a compañeros, llevándolos al límite más extremo. ¿Te suena? Es la misma que ves en tu trabajo, a tu alrededor, en tu día a día. Quizá Nightcrawler lo lleve un poco al extremo, algunos lo verán así. Sin embargo sus exageraciones no hacen que su mensaje pierda valor. Te deja un pesado sentimiento del que cuesta salir. La reflexión que nos plantea es dura pero inevitable.