¿Es Moonlight merecedor del Oscar a la Mejor Película? Es la principal pregunta que cinéfilos de todo el mundo se hacen en estos momentos. La mayor polémica de la historia de los Oscars aún está reciente y caliente. Y parece no tener fin. Se repiten las revisiones de la película, escudriñándola a fondo. Con todo no son pocos los que hablan de robo a La La Land. Y si a ese supuesto robo le unimos el ridículo de la gala, tenemos el cóctel perfecto para no frenar la polémica. ¿Le han dado el Oscar por aquel #OscarsSoWhite del pasado año? De no ser así, ¿qué tiene Moonlight para haberse llevado el Oscar más importante?

Moonlight lo tiene todo para ser oscarizable. Barry Jenkins ha conseguido dar buena forma a un drama que toca varios temas en algo menos de dos horas de película. El film dispone un buen ritmo de narración, a pesar de que en ocasiones deje la sensación de poder caerse. Nos habla de acoso escolar, de amistad, de homosexualidad, las drogas, las relaciones familiares y crecer en un ambiente tóxico. Pero por encima de todo eso, Jenkins nos muestra una historia de superación personal, de crecimiento individual. De como Chiron, su protagonista, quiere comprenderse. Pura evolución humana.

Lo que Moonlight hace es invitarnos a pensar. A sufrir con dramas del día a día, que tenemos al lado pero a veces pasan de lado. Sufrimos con Chiron y el acoso escolar que sufre. Disfrutamos cuando vive su despertar sexual, de una manera casual, inesperada. Todo esto en un film cien por cien afroamericano. Y precisamente la mezcla de homosexualidad y ambiente afroamericano es algo casi considerado tabú en ciertos lugares y comunidades de Estados Unidos. Jenkins, en cierto modo, atenta contra parte de esa imagen de masculinidad y tipos duros que se ha creado durante años. Moonlight es un disparo más para el derribo de ese tipo de muros. Un disparo necesario.

Visualmente Moonlight es un placer para los ojos. La increíble fotografía nos cuenta cosas que el guión no. Vemos la droga sin verla. Vemos la marginalidad sin que nos la cuenten. Vemos, en definitiva, más allá del drama que nos cuenta la historia. Nos muestra la realidad, sin edulcorantes ni efectismos. Los ojos se nos van al fondo de cada plano, de cada secuencia, para fijarnos en cada detalle. Y todo ello sin olvidar el excelente manejo de la cámara, que lleva a Jenkins a solucionar escenas en apenas una toma, de manera sutil y ágil. Hay en Moonlight una clara intención de mostrarnos no solo al personaje, si no lo que le rodea. Casi a la manera de un documental.

Aún con todas esas virtudes, Moonlight peca de varios errores que afean un poco el discurrir y resultado final de la cinta. Deja demasiados temas en el aire. ¿Que ocurre con Juan? ¿Por qué no volvemos a ver a Teresa? Dos personas que juegan un papel clave en Chiron. Tanto que en su desarrollo personal termina por convertirse en mitad Chiron, mitad Juan. Además, parece no profundizar demasiado en aspectos básicos de la película, como el acoso escolar o la homosexualidad latente del protagonista. A lo que sumar una última parte demasiado larga y que no nos aporta demasiado -excepto en su tramo final-, especialmente tras haber sido conmovidos con el Chiron adolescente.

Moonlight

Quienes sí están de Premio Oscar son los miembros del reparto. Como quiera que la película queda dividida en tres partes -infancia, adolescencia y madurez-, llegamos a disfrutar de tres actores protagonistas diferentes. El niño nos enamora y el adulto, Trevante Rhodes, consigue que entendamos la evolución y el eterno conflicto en el que vive su personaje con una sola expresión de su cara. Pero es Ashton Sanders, el Chiron adolescente, el que nos levanta de nuestros asientos. Tremenda carta de presentación para un actor que consigue hacer nuestro su drama.

El Oscar al Mejor Actor de Reparto para Mahershala Ali es merecido. Pasan los minutos y nos cuesta comprender que no, él no es el protagonista. Qué manera de hacerse con la cámara. Su conexión con ese pequeño Chiron es majestuosa. El Oscar se lo ganó en una escena: aquella en la que le cuenta al niño a qué se dedica. Su mirada, su cara, hablan más que el guión. Y por último Naomie Harris. Una madre drogadicta quizá algo arquetípica, pero que en su papel nos ayuda a entender a Chiron.

¿Es el Oscar a Mejor Película merecido por tanto? Quizá tiene más de reivindicación y unión a una causa, que méritos propios de la película. ¿Hubiera ganado el Oscar sin aquella protesta de 2016 bajo el lema #OscarsSoWhite? Aquí sí podemos dudar ¿Es mejor que La La Land? Eso debe quedar a gusto del espectador. Pero cuando una película ha conseguido unir a público, crítica y gremio, algo debe tener. Eso no lo tiene Moonlight.

La La Land nos invitaba a soñar y vivir. Moonlight nos muestra lo cruel y complicada que puede ser la vida. Con eso en mente queda una reflexión por hacer. ¿Será Moonlight recordada dentro de unos años? Hagan la prueba. Esperen un tiempo y pregunten a su entorno quién ganó el Oscar a la Mejor Película en 2017. Quizá se sorprendan con los resultados. Algo que difícilmente hubiera ocurrido con La La Land, un film que se ha incrustado en nosotros, para quedarse eternamente.