Nos gusta el cine bélico. Siempre tenemos ganas de entrar en una sala de cine para que la película nos sumerja de lleno en una contienda bélica. No en vano mi compañero Imanol López lleva años difundiendo su amor y sabiduría por el género en Todo sobre mi cine bélico, blog personal en el que demuestra semana a semana porqué es el tipo que más sabe del género, al menos de habla hispana. Con esto presentado, podéis imaginar lo que supone, por tanto, la espera hasta el estreno de 1917 de Sam Mendes de la tan olvidada en el cine Primera Guerra Mundial. Sin embargo antes era, es, turno de Midway y esta también se había convertido en todo un acontecimiento.

La batalla de Midway fue una de esas que cambian el transcurso de una lucha, no diré de la guerra en general, pero sí al menos de los siguientes pasos e incluso meses y años. Por situación estratégica y resultado moral, significó muchísimo en el discurrir de la Segunda Guerra Mundial en el Pacífico. Estados Unidos dio un golpe relevante al Imperio japonés y su Armada. Una operación brillante en la que las labores de Inteligencia fueron claves, así como la valentía de los pilotos. De esto va Midway, película dirigida por el apocalíptico Roland Emmerich. No negaremos que es un tipo que nos hace disfrutar.

Iré directo al grano. Si lo que uno busca es tal y como decía anteriormente sumergirse de lleno en una contienda bélica, Midway lo consigue. Sabe jugar sus bazas desde el minuto uno, situándonos en el momento de la Segunda Guerra Mundial con un contexto simple y que, sin ser experto en el gran conflicto vivido en los años 40, todos conocemos aunque sea gracias al cine: Pearl Harbor. Unos 15 minutos de ataque nipón a la base americana bastan para meternos en harina y dejarnos una cosa clara: los combates y escenas puramente bélicas van a ser espectaculares. Paseíto por Tokio dejando regalos en forma de bombas y ya está todo el tinglado montado.

Tras ello es momento de ir caminando hacia Midway. No ocurrió de un día para otro, por lo que a Emmerich no le queda otra que ir presentando personajes, creando alguna trama secundaria, intentando profundizar en sus protagonistas. El problema de Midway es que es precisamente aquí donde cojea inmisericordemente. ¿Cómo lo soluciona en un tramo en el que esto precisamente es lo que debe predominar? Fácil, con escenas de entrenamiento y reconocimiento, momentos en portaaviones y una baza que cualquier película debería jugar: Don Woody Harrelson.

Midway

No os vamos a descubrir América, Woody Harrelson nos encanta y si nos leéis habitualmente lo sabéis. Aquí vuelve a demostrar que mejora cualquier escena en la que aparece. En lo que se refiere al reparto, cualquier momento en el que él y Patrick Wilson se juntan en pantalla sube el nivel de la película. El resto de actores no deja ningún tipo de poso, ni siquiera el protagonista del film Ed Skrein. No logra transmitir demasiado, y uno no sabe si bien por culpa suya o de un guion que no consigue que sus personajes transciendan. Tampoco lo necesitamos. Diremos a su favor que mostrarnos también cierta visión japonesa le sienta fenomenal aunque, no nos engañemos, esto no deja de ser otra oda al patriotismo yanqui. Las banderas nos lo van a recordar constantemente.

Midway va poco a poco creciendo, deseando llegar a donde se siente más cómoda: los combates y escenas bélicas. Esa es su mejor baza y donde nos sentimos como en casa, disfrutando como enanos, moviéndonos sobre la butaca al compás de los aviones y disparos. Nos sentimos dentro de su acción, como si fuésemos nosotros quienes estuvieran en el cockpit llevando los mandos de los cazas o bombarderos, cayendo en picado, esquivando balas, realizando acrobacias. Ahí Midway se viene arriba y demuestra que su principal función es la de hacernos disfrutar sin buscar esa transcendencia que comentaba antes. Sin embargo toca hacer un aviso para navegantes: recuerda que su director es Roland Emmerich y lo de irse de madre es marca de la casa. Alguna escena bien podría salir del MCU.

La mejor comparación posible la tiene con Pearl Harbor. Las grandes del género le quedan lejos, incluso si nos ceñimos a las de este siglo XXI que mencionábamos aquí. Pero con Pearl Harbor es comparable. Casi como una continuación. Una película de puro entretenimiento, donde lo bélico está para hacernos saltar y vibrar en la butaca y el resto es casi secundario. Midway viaja por esos lugares comunes sin llegar a entrar a fondo en ellos, para, sí, lucirse en las batallas aéreas y los ataques a las posiciones japonesas o estadounidenses.

Si 1917 cumple lo que parece prometer, Midway terminará pasando sin pena ni gloria por una temporada en la que, estrenada en otro momento, quizá hubiera lucido más. No parece además que estrenarse en la previa de las Navidades haya sido una excelente idea. Verano le hubiera sentado mejor. Pero es innegable que Midway nos ha hecho pasar un muy buen rato y que repetiremos antes o después. Sus virtudes son suficientes para que sus defectos queden a un lado y poder disfrutar su revisionado. Además, han tenido la excelente idea de homenajear a aquellos directores de Hollywood que viajaron a diferentes lugares de la Segunda Guerra Mundial para grabar pequeñas películas de consumo doméstico, para narrar lo que sucedía en la batalla. ¿Cómo? Mostrándonos al gran John Ford en plena acción. Gracias por ello, Emmerich.