Hace mucho tiempo existía un joven director capaz de reventar taquillas con buen cine, de reinventar la ciencia ficción llevándola un peldaño más arriba, de colocar al cine de terror en los mismísimos Oscars, o de realizar cine de aventuras del que se hacía décadas antes, pero incorporando el humor de la época. Un director que todo lo que tocaba lo convertía en oro.

Su nombre, ya lo deberían saber, Steven Spielberg. Pues bien, este hombre evolucionó a la madurez pasando por la infancia de E.T. para llegar a El Color Púrpura. Una trabajada madurez que marcó sus siguientes años, donde alternó el cine más comercial con auténticos taquillazos, con otro cine más personal que dio consigo hasta dos Oscars como director con esas obras maestras que son La Lista de Schindler y Salvar al Soldado Ryan.

Pero entonces algo cambió. La nostalgia y melancolía que desprendía cada fotograma de La Lista de Schindler, o la frescura con la que se hizo cada plano de su desembarco de Normandía dieron paso al siguiente paso de su evolución, un cine más sosegado, calmado, que por momentos podría parecer denso. Y en esas está Steven Spielberg ahora, y en ello ha vuelto a caer con Los Archivos del Pentágono.

Los Árchivos del Pentágono

No, Spielberg no suele hacer mal cine, si acaso películas menores, pero su sello de calidad en la mayoría de ocasiones -y está comprobado con algodón, que no engaña- se deja notar, pero el que fuera alumno aventajado de Hollywood, uno de los mejores directores de la historia del cine, ha caído en la simpleza de su propuesta, en cierta austeridad a la hora de contar historias.

No ayuda, para nada, que se esté cada vez centrando más en contar episodios de su Estados Unidos natal. Lo hizo con la densa Lincoln, y lo vuelve a hacer con Los Archivos del Pentágono; y entre medias no llega a ser tan nacional pero podríamos incluir El Puente de los Espías en la ecuación. Tres buenas películas, pero a las que les cuesta ser notables o imprescindibles.

El cine del Siglo XXI de Spielberg es este, y el camino que lleva parece destinado a la calma más que a la rabieta. Y no, no es culpa de sus actores, que desde el caballo de War Horse hasta Tom Hanks y Meryl Streep, pasando por Daniel Day Lewis, dan lo mejor de sí mismos en papeles que en ocasiones no se puede sacar más jugo, debido a unos guiones bien trabajados pero densos, donde no hay momento para la gloria personal y sí para el destino grupal de las películas.

Pero, nuevamente, sosegadas. Si Lincoln era un drama judicial eternizado, El Puente de los Espías no tenía el punch que acostumbran a tener las cintas de espías con el Telón de Acero de fondo, en Los Archivos del Pentágono estos problemas quizás se acrecientan. La historia tiene chicha suficiente para sostenerse pero no para mantener el interés durante las menos de dos horas en la sala de cine.

Los Archivos del Pentágono Spielberg

Y esto se debe a la forma del conjunto. A esa manera de dirigir que tiene ahora Steven Spielberg, donde la película no la cuenta él y su cámara, si no que nos la van contando -cual narradores- sus protagonistas. Y ahí poco pueden aportar los buenos de Hanks y Streep a la propuesta. Spielberg parece dirigir con el piloto automático, una vez más. Y eso repercute a nivel internacional, con un tema tan americano que hace que pierda su interés más allá.

Y no nos equivoquemos. Forrest Gump también era muy americana, y muchas películas patriotas lo son, pero a The Post le falta alzar el vuelo en algún momento, que se note una tensión inexistente durante todo el metraje, unos actores llevados al límite que hagan creíbles la temática, y le sobra cierta glorificación, casi endiosamiento, de unos periodistas que, por momentos, parecen más buitres carroñeros de la función que los héroes que se nos intenta vender desde el título.

En definitiva, Los Archivos del Pentágono es otro paso más de un director cuya mejor y más amplia filmografía está anclada en lo que hizo en el siglo XX, y que sigue su camino hacia la vejez dirigiendo cada vez historias menos trascendentales, con menos frescura, sin chispa. Carente de la emoción. Y eso, hasta su compositor, el sensacional John Williams, lo recalca con una banda sonora que parece hecha para salir del paso, con escasos momentos de esplendor. Con calma, como las interpretaciones del otrora brillante actor y ahora solo notable Tom Hanks, que hace lo que puede con su personaje.