Las películas ambientadas justo después de la Segunda Guerra Mundial no suelen ser un tema fácil de tratar. Para los cineastas siempre ha sido objeto de deseo, pero pocas veces se ha podido conseguir un efecto positivo en un espectador que, por norma general, conoce bastante bien los intríngulis de un periodo tan complicado. Por eso las historias humanas dramáticas adquieren tanto valor. En Land of Mine, traducida como ‘Bajo la Arena’ al castellano, Martin Zandvliet da con la tecla exacta para seducir al espectador. Los múltiples galardones que cosechó esta producción de 2015 son el fiel reflejo de ello tras ser estrenada a nivel mundial en el Festival de Toronto.

Esta producción danesa cuenta un hecho no muy visto, y bastante polémico tanto en este país como en el resto de Europa, como fue la labor de desactivación y retirada de minas que tuvieron que llevar a cabo los prisioneros alemanes en las playas danesas. Un tema tan tabú como éste, contrario a una Convención de Ginebra que ya en 1929 prohibía que los prisioneros de guerra realizaran trabajos naturaleza peligrosa y/o forzosa, es desarrollado de una forma ejemplar al mostrar la lucha personal de los vencedores y los vencidos.

Con el grueso del ejercito regular completamente diezmado, casi en su totalidad fueron los jóvenes alemanes, por no decir niños y adolescentes, los que tuvieron la ingrata tarea de desactivar las más de dos millones de minas que quedaron en las playas danesas al finalizar la contienda. En estas difíciles circunstancias salieron historias muy difíciles de aceptar, fuese el bando que fuese.

Basándose en este hecho real, Land of Mine ofrece una pequeña muestra del terrible sufrimiento que vivieron unos adolescentes que fueron obligados a realizar un trabajo potencialmente mortal en un paraje tan potente como puede ser una playa con la arena, el viento y el oleaje como únicos compañeros de fatigas. Utilizando esta ubicación en la gran mayoría del film, Martin Zandvliet va tejiendo una conexión entre los prisioneros y un sargento danés, interpretado más que correctamente por Roland Møller, que se enfrenta a un dilema moral enorme que va mutando con el día a día.

Puede parecer que este argumento desarrollado en Land of Mine en apenas una sola localización no de mucho juego, pero las imágenes dicen todo lo contrario. La concatenación de una serie de planos generales de la playa y los primeros planos de los protagonistas con el viento y las olas como único sonido hablan por si solos. Es una sencillez que impacta por su fortaleza a la hora de despertar sensaciones en los espectadores.

Contar una historia de odio, venganza, perdón y reconciliación tras un conflicto bélico obliga al director a ser muy escrupuloso a la hora de mostrar este tipo de circunstancias. Martin Zandvliet lo hace con sencillez, pero sin escapar del reto de ser duro y contundente a la hora de mostrar un drama humano que tantas sensaciones encontradas provocó en una población danesa que durante muchos años no pudo ni siquiera hablar de ello sin sentir un mínimo de vergüenza y arrepentimiento.