Este 2019 se está declarando como un año difícilmente mejorable en lo que a grandes películas del cine español se refiere. ‘Dolor y Gloria’ y ‘Mientras dure la guerra’ ponían sobre el mapa la dura carrera por el Goya. Almodóvar y Amenábar parecían disputarse sin rival el ‘cabezón’ a Mejor Película, pero les ha salido un duro rival. Y es que a esos dos grandes largometrajes se les une La Trinchera Infinita, de Jon Garaño, Aitor Arregi y Jose Mari Goenaga, el equipo detrás de las buenísimas Loreak y Handia.

El trío de directores vascos no tienen nada que demostrar. Sus dos películas anteriores hablan por sí solas del excelente trabajo que son capaces de realizar. Pero siempre hay algo detrás de un buen inicio, una leve sospecha o pregunta: ¿serán capaces de mantener este nivel en sus siguientes films? Por eso la tercera película de una filmografía suele ser relevante. Pues bien, Garaño, Arregi y Goenaga podemos decir que incluso superan sus dos películas predecesoras. Palabras escritas por un amante total y absoluto de Handia.

La Trinchera Infinita nos devuelve de salida y una vez más a la Guerra Civil. Estaremos poco tiempo ahí, pero ese arranque de film nos ofrece un ritmo vertiginoso para hacernos un mapa de lugar sin necesidad de demasiadas diatribas. Esto es lo que hay. No va de buenos y malos, sino de supervivencia. La que se ve en las calles y la que veremos en esa trinchera cavada bajo un hogar. Resistencia personal, drama vivido por muchos durante los 40 años de dictadura.

Ese ritmo vertiginoso, de thriller de categoría, que nos regala en sus primeros minutos La Trinchera Infinita nos lleva directos a cuatro paredes. No volveremos a ver la calle, no al menos en primer plano. Nos encerramos con Higinio (Antonio de la Torre) durante las dos horas largas que dura la película. Dos horas cargadas de dramatismo y tensión, pero especialmente de intensidad. Esa que transmite la dura convivencia diaria con uno mismo, su pareja y las cuatro paredes de las que no puede salir.

Por momentos llegamos a sentir claustrofobia, queremos que todo termine pronto, para bien o para mal del protagonista. El viaje que afrontamos con Higinio es duro. Su vida queda afectada desde el minuto uno aunque él no sea consciente. Viviremos sus esperanzas iniciales unidas a la victoria aliada en la Segunda Guerra Mundial, como también su decaimiento con el paso del metraje, hundiéndose en si mismo, sintiéndose en un túnel en el que valga la redundancia no ve la luz final. Y para su propia desgracia, la vida fuera sigue, sus enemigos continúan ahí, acechándole, unas veces de manera literal y otras figurada o en su cabeza.

Crítica La Trinchera Infinita

Una cabeza que se va desprendiendo de su ser, de su sentido. Le han despojado de su identidad y de su vida. Sin embargo La Trinchera Infinita no es solo la supervivencia y resistencia física y mental de Higinio. También la de su mujer, Rosa (Belén Cuesta). Ella sufre los vaivenes de su pareja, pero no puede permitirse caer en su profundo hundimiento. Debe mantenerse fuerte, por ella, por los dos. Sigue haciendo una vida normal, de viuda, porque su marido no existe. Y como Rosa, muchas otras mujeres que durante los 40 años de dictadura tuvieron que resistir tanto como esos maridos, hermanos o primos que guardaban tras una pared de su casa. Será el amor lo que mantenga en pie y con fuerzas a Rosa.

El apartado técnico es espectacular. La fotografía de la película no es nada sencilla y sin embargo es un factor importante en ella. Además, Garaño, Arregi y Goenaga aciertan al ponernos en muchas ocasiones en los ojos del propio Higinio, con lo que eso implica: visiones incompletas, miradas enrejadas. Vemos a través de la pared y la mirilla, tal y como lo hace el protagonista. Y su duración, 147 minutos, no resulta excesiva gracias a la excelente labor de sus directores tras la cámara. No decae la tensión sin necesidad de salir de esas cuatro paredes.

¿Y su reparto? Fantástico. Toca empezar por Belén Cuesta. Tan protagonista como de la Torre, la actriz parece coronarse y proclamarse próxima ganadora del Goya a Mejor Actriz -o Secundaria, veremos- con su actuación. Sublime de principio a fin, conforma un dúo espectacular con el actor malagueño. Él en su habitual línea, impecable, sin descanso. Ambos consiguen transmitirnos su día a día, esa tensión y esa dificultad por sobrevivir. Su amor sin descanso. Sus problemas. Cuesta entender la película sin ellos.

La Trinchera Infinita es el relato de una España escondida. Una película necesaria en los tiempos que vivimos, en los que sentimos el resurgir de ideas totalitarias y fascistas. La Trinchera Infinita es un paseo por el miedo, el temor a las represalias, el terror al enemigo. Es paranoia y a la vez realidad. Pero sin duda lo que se le queda a uno al terminar de verla es el saber que acaba de ver una película perenne. De las que se quedan en tu interior para siempre. Marca y deja una huella imborrable.