El western, ese género made in USA por excelencia, con sus praderas, con Monument Valley, con los indios, forajidos, la caballería… es casi tan viejo como el séptimo arte. Pocos años después de que los hermanos Lumière inventaran lo que tanto nos apasiona, se comenzaron a hacer cortometrajes con temática del Oeste. La historia del western es la de un género con sabor añejo, por tanto. Un apunte a tener en cuenta, en sus inicios, los primeros western mostraban historias que perfectamente podrían estar sucediendo, puesto que en los inicios del siglo XX todavía había cowboys, pese a estar al borde de la extinción.

En esa tesitura, en 1903 Edwin S. Porter lanzaba ‘Asalto y robo de un tren‘. Un título con spoiler, sin lugar a dudas, donde los villanos cabalgaban en caballos negros y los buenos, en blancos, como tomaría por norma general una buena parte del cine primitivo sobre la temática. Apenas 15 minutos, un chupito de western, pero que sentaba las bases para el género y servía como punto de partida de una historia que será larga. Forajidos, una persecución y poco más. Eso sí, contiene un plano para la historia del cine: un bandido apunta y dispara a cámara. Podéis imaginar, por mucho que el 3D no estuviera inventado en la época, el impacto que causó en los espectadores que contemplaron, horrorizados, como eran disparados.

Al igual que el cine de Hollywood, costó arrancar con algo que no fueran comedias de Charles Chaplin, Buster Keaton o Harold Loyd. De ahí que el western pasó un largo tiempo sin obras destacables. Eso sí, en esos inicios repletos de cortometrajes o mediometrajes toca hablar de la imagen de Thomas Harper Ince, considerado el padre del western por la gran cantidad de bobinas de cine que dedicó a la temática. Hoy en día se conservan un puñado de ellas, por desgracia un porcentaje mínimo de cuantas realizó. Su obra más destacada sería ‘The invaders‘ (1912) que alcanzaba los 40 minutos -mediometraje- y que contó con Francis Ford -hermano mayor de John Ford– en su reparto -y se dice que en la dirección-. La imagen de las tribus indias, la caballería… el cine más fordiano bebe directamente de Ince.

Una historia de western: del mudo al sonoro

Llegaron los años 20 y el cine mudo empezó a tener largometrajes destacables. Antes en Estados Unidos disfrutaron -sí- de ‘El nacimiento de una nación’, después la Primera Guerra Mundial, o las citas bíblicas como ‘Ben Hur’ triunfaban en taquilla, dejando al western como un género poco explorado. En 1923 llegaba, para Paramount, ‘La caravana de Oregón‘ (James Cruze), un título que podría haber sido el más aplaudido de la era muda si no fuera porque el productor William Fox tuvo morriña y quiso hacer su gran western. No repararía en detalles y en presupuesto y dio las manijas a un John Ford que ya conocía el género. De esta alianza saldría ‘El caballo de hierro‘, posiblemente la película más conocida hoy en día de la historia muda del western.

La historia de cómo el ferrocarril llegó al Oeste, contada por un hombre que dedicó unos cuantos planos al hecho histórico y otros a realizar un western en toda regla. La presencia constante de indios, una pelea en una taberna, los cowboys cazando bisontes o llevando ganado. Un poquito de cada tipo de western se juntaba en las poco más de dos horas que deberían haber supuesto el gran salto de calidad del género. Sin embargo, este salto seguía sin suceder y la irrupción del sonoro se mostraba como un elemento favorable a un género que podía necesitar, sobre todo en sus duelos y combates, del empleo del mismo.

Los primeros western

Los años 30 arrancaron prometedoramente para el western. A la aparición ‘Billy the Kid‘, del gran King Vidor -autor de la brillante ‘El gran desfile’, de 1925-, una película rodada en dos formatos -70mm y 35mm- debido a que pocas salas de la época proyectaban en el primer formato tocaba añadir, de ese mismo año, la primera gran obra que Raoul Walsh dedicó al cine del Oeste: ‘La gran jornada‘. Sin ánimo de equivocarme, estamos ante la obra más aplaudida previa al gran salto de calidad que supondría 1939. Es decir, estamos ante la mejor película de los inicios del Oeste. Y para ello Raoul Walsh contó como actor protagonista con un por entonces secundario de poca monta cuyo nombre artístico era John Wayne. ¿Te suena?

Con una historia de amor, una caravana camino del Oeste, la presencia constante del peligro indígena y una venganza -¿Hay algo más del género que una venganza?- hacían de ‘La gran jornada‘ un clasicazo que merece su mención en cualquier libro de historia del western. La película catapultaría a John Wayne a ser considerado el cowboy por excelencia, y ello le supuso un buen contrato para protagonizar numerosas películas cada año. Títulos hoy en día tan olvidados -y posiblemente olvidables- como ‘El terror de Texas‘, ‘El jinete del Alba‘, ‘El hombre de Utah‘ o ‘Acero azul‘ son cuatro de los innumerables ejemplos de un actor que hacía películas como churros que apenas superaban los 70 minutos. John Wayne vivía del western… pero se trataba de un género condenado a la Serie B.

El salto definitivo del género: ‘Cimarrón’ y el bendito año 1939

Y eso que en 1932 llegaba uno de los momentos cumbres del western. ‘Cimarrón‘, un clásico dirigido por Wesley Ruggles, se alzaba como gran ganadora de los Premios Oscar que apenas contaban con menos de cinco ediciones. Mejor Película, Guion y Decoración fueron sus tres muescas en el revolver de una película que, no obstante, contenía menos de un 40% del metraje en el western. El film abarcaba desde 1889 hasta 1920 contando la vida de una familia que se lanzaba a la gran aventura del Oeste para montar un periódico en un poblado construido de la nada. La escena inicial, con la famosa Cherokee Strip Land Race, un hecho histórico acontecido en abril de 1889 y mediante la cual todo aquel que quisiera un trozo de tierra se lanzaba a la carrera en lo que tuviera -caballo, carreta, a pie…- para conseguir la mejor zona para asentarse, es lo mejor de la producción.

Ni siquiera ser considerado un género capaz de alzarse con la estatuilla a Mejor Película supuso un alivio para un western de capa caída. Entre 1930 y 1931 hubo tres títulos más destacables que cualquier título que les sucediera en los siguientes siete años. Siete años de vacas flacas donde, decía, John Wayne se hizo un nombre en el western de Serie B -por no decir C-. Años donde ‘Buffalo Bill‘, de Cecil B. DeMille fue de lo poco destacable en dicha época. De 1936, la película en realidad no trata sobre Buffalo Bill, siendo su título original ‘The Plainsman’, pero en España se vendería mejor su presencia en el título que la de Wild Bill Hickok. Él era el auténtico protagonista de la producción, interpretado por otro de los cowboys por excelencia: Gary Cooper.

La diligencia

En cualquier caso, títulos como este, o ‘Los inconquistables‘, de William Wellman son pequeñas excepciones. El musical y el creciente cine de terror de la Universal eran géneros mejor considerados junto a los siempre eficaces comedia y drama. Por ello el Western corría riesgo de desaparecer. Fue entonces cuando llegó 1939. Bendito 1939. John Ford resucitaba el género con una de las películas más aplaudidas de su historia: ‘La diligencia‘, para ello contó con un tal John Wayne. En efecto, catapultado a estrella del western por Walsh, y a estrella de Hollywood por este otro western. Él estuvo presente en los dos hitos iniciales de un género que aquí comenzaría su época de esplendor.

Destacar, por último, que Ford no estuvo solo. Estrenada en febrero de 1939, toca señalar que ese mismo año DeMille nos deleitó con ‘Union Pacific‘, Michael Curtiz con ‘Dodge‘, ‘Ciudad sin ley‘ -con los casi inseparables Errol Flynn y Olivia de Havilland de protagonistas- y Henry King traía ‘Tierra de audaces‘, donde se iniciaba el mito cinematográfico de Jesse James, protagonizado por Tyrone Power y cuyo hermano, Frank James, lo interpretaría Henry Fonda. El western no volvería a decaer durante los siguientes 25 años, mientras su historia seguía más viva que nunca.