Hay películas que pasan a la historia por sí mismas, y otras que acaban siendo recordadas por un actor en concreto. Sin duda alguna El Instante más Oscuro pasará a la historia del cine con casi total probabilidad como el film por el que un actor de la talla de Gary Oldman por fin lograra un tan merecido Oscar.

Pero nada más allá. La película de Joe Wright es un interesante relato de poco menos de un mes duro donde el Reino Unido vivió prácticamente en las tinieblas acongojados por un “pintor de brocha gorda” -parafraseando a Sir Winston Churchill- que los tenía en jaque. Y en medio de semejante popurrí toman la decisión de darle el marrón a un tipo que pasaría a la historia.

Churchill pasó a la historia por ser un gran y elocuente orador, y Oldman coge el testigo y lleva su personaje al límite. No es Oldman haciendo de Churchill, ¿Es Churchill?, porque si hay dos pesos pesados en la película son el maquillaje espectacular que hace que físicamente Oldman se transforme en Churchill, y la interpretación del actor británico, como decimos, digna del Oscar. Porque si ser actor tiene su complicación, estas interpretaciones donde toca calcar a un personaje histórico son mucho más difíciles de lo que mucha gente se piensa.

Oldman llega a hacernos reír y llorar, con esa mezcla de emociones. Desde el malhumor con whisky a la mañana, el hombre afable con el que el Rey puede almorzar hasta esa secuencia donde juntándose con la plebe -perdón, pueblo- del Reino Unido llega a decir que es un poco llorón. Todo eso aderezado con dosis de humor británico, con mención especial al tema de las ‘mierdas’ a las que podía dedicar el tiempo de una en una.

Pero aunque Oldman es la película y esta dura dos horas, toca analizar otros aspectos de El Instante más Oscuro. Por lo pronto, toca hablar de la buena mano de Joe Wright volviendo a su terreno. Tras el fracaso de Pan, esa precuela de Peter Pan, el director vuelve a los dramas de época con toque british que tanto éxito le dieron hace una década. A saber: Orgullo y Prejuicio y Expiación. Comparte, además, con esta última, el estar centrada en la II Guerra Mundial, nuevamente con Dunkerque tímidamente a la vista.

El director pisa terreno firme y conocido y eso se nota. Mucho más cómodo y con buen gusto para colocar la cámara. Si en Expiación contenía un plano secuencia memorable, aquí no luce tanto, pero algunos planos aéreos como el que da inicio al largometraje o algunas secuencias donde la puesta en escena, tan austera y sencilla como eficaz, demuestran su buen hacer tras las cámaras. A eso unimos un diseño de producción, vestuario, fotografía y banda sonora que estarán cerca -o dentro- de los Oscars con merecimiento.

Por lo tanto a estas alturas de la crítica parece que tenemos todo para una gran película: un gran actor ante su mejor interpretación, aspectos técnicos muy logrados, un director que sabe de qué va esto. Sin embargo la densidad de la propuesta es uno de los peros de la misma. Un largometraje que apenas dura dos horas, lo justo y necesario en los tiempos que corren pero que acaba dejando lagunas por el camino.

No en lo que respecta a Churchill, alma mater del proyecto, sino a todo lo demás. Da la sensación de que se intenta abarcar más historias relacionadas, pero no acaban de cuajar, con mucho secundario al que en un momento dado parece que se le quiere dar protagonismo para después ser borrado del montaje final. Como si Wright no hubiera tenido claro hasta donde hacer llegar a El Instante más Oscuro.

Si a esta sensación de inacabado con algunos personajes unimos la idea de incluir fragmentos cortos bélicos que no aportan realmente a la película y demuestran que los efectos digitales no entraban dentro de los aspectos técnicos logrados de la película, nos encontramos con un proyecto que se queda a medias.

Todo parece muy hollywoodiense en muchos apartados. Donde los que susurran en busca de destronarle parecen villanos de película de James Bond, malignos y dañinos -e interesados- en todo momento, donde todo lo que hace Churchill parece estar genial y lo de los otros no. Todo parece seguir el arquetipo donde un personaje que nadie quiere va ganándose la confianza de la gente poco a poco hasta conseguir llegar al final.

Si unimos  a esto último que la película va destinada al 100% a acabar con el ya mítico discurso de “lucharemos en las playas… no nos rendiremos jamás” nos queda claramente la sensación de que todo parece una versión light y menos lograda de El Discurso del Rey. Y no porque técnicamente y en cuanto a interpretación principal la película flojee. Simplemente otros aspectos menos reconocibles acaban chirriando.

La película, no obstante, sobrevive como sobrevivieron a las duras y a las maduras los británicos los intentos de Hitler por doblegarles. Pero queda claro que Wright acaba lanzando un alegato patriótico ensalzando la oronda figura de Churchill, por encima de poder emocionar al espectador. El Instante más Oscuro peca de querer ser tan políticamente académica, como de no saber escoger entre varios caminos el más acertado. Queda, pues, un drama político bélico interesante y laborioso, pero no tan victorioso. Siempre nos quedará Gary Oldman.