Durante dos décadas T2: Trainspotting fue la película más esperada para aquellos a quienes sorprendió en los noventa. Trainspotting marcó a toda una generación con un mensaje perfecto para un film aparecido a mediados de los noventa. La larga espera duró como decimos un total de veinte años, pero por fin sabemos qué ocurrió a Renton, Sick Boy, Spud y Begbie. Con T2 Danny Boyle, Irvine Welsh y el guionista John Hodge, han buscado una ligera vuelta de tuerca y no limitarse a hacer una secuela típica. No querían hacer el mismo producto con cuatro cambios simples y han intentado arriesgar. El resultado es una película fiel al legado de Trainspotting y que difícilmente decepcionará a los fans, pero que no engancha como lo hizo la primera.

Hace veinte años sus protagonistas luchaban contra el consumismo y una sociedad que le dictaba los raíles por los que debían transcurrir sus vidas. En T2: Trainspotting vemos que a los cuatro personajes la madurez les ha golpeado con dureza. Como si no hubieran sido capaces de separarse jamás, ni de dejar atrás esa juventud que les permitía mirar la vida con otros ojos. Parecen atados a ese viaje a Londres de veinte años atrás, a ese adiós con traición de Renton con 16.000 libras bajo el brazo. Y en cierto modo lo están. Trainspotting tiene mucho de relaciones humanas. Y en las relaciones humanas existe el rencor. Uno de los principales temas que toca esta secuela es precisamente ese, el rencor y la amistad. A su manera, por supuesto. Que nadie espere dulces y chocolatinas.

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T2: Trainspotting es Sick Boy divagando sobre cómo le devolverá la traición a Renton. O cómo Spud es más Spud que nunca en su primera escena con Renton. Y cómo la amistad se impone a su manera por encima de todo. T2 es a fin de cuentas un film más maduro que su predecesora. No podía ser de otra manera. Necesitamos ver una cierta evolución en sus personajes. La apreciamos en sus miradas, que nos dejan la sensación de falta de brillantez. Vemos melancolía en los ojos de la banda. Decepción por el tiempo perdido. Resignación ante el desarrollo de los acontecimientos que han marcado cada una de sus vidas.

Renton sigue siendo el protagonista de Trainspotting, pero ha perdido parte del carisma y magnetismo que nos enganchó en los noventa. Apenas hay en él algún atisbo de aquel chaval con ganas de comerse el mundo. Él ha cambiado. Todo ha cambiado. Notamos un cierto aire de tristeza a lo largo de parte de la película. Incluso Edimburgo ha cambiado. En este viaje no nos acompaña esa ciudad sucia y gris de los noventa. Ahora vemos una ciudad más, con menos alma. Y con la suciedad concentrada en las afueras. Recuerden que nadie quiere problemas al lado de su casa.

T2: Trainspotting

Ese recuerdo a la Edimburgo del pasado no nos llega solo. T2: Trainspotting tira de nostalgia al aprovechar y recordar fragmentos de la primera entrega. Lo cual lejos de ser un error es un acierto. Boyle no hace una película idéntica, pero tampoco quiere desengancharse del todo de su historia. Las referencias y guiños tanto en lo visual como en lo musical son constantes. Vuelven las conversaciones aceleradas alrededor de una droga -cocaína en este caso-. Porque la droga sigue presente. De una manera menos visceral, pero sigue estando ahí. Como seguimos teniendo las críticas al consumismo y al modo de vida impuesto por la sociedad, de nuevo con un monólogo de Renton que, obviamente, nos retrotrae al icónico inicio de Trainspotting.

T2 es un viaje al tiempo perdido y que nunca volverá. Es tener la sensación de que el tiempo se nos escapa y no somos capaces de remediarlo. De que nada nunca estuvo bajo nuestro control. Tal y como Sick Boy le dice a Renton en una de las escenas inolvidables del film, es un turista de su propia juventud. Es la nostalgia lo que le mueve. Quizá es esa nostalgia de un tiempo pasado que creemos mejor lo que nos ha llevado a querer con tanta devoción una secuela de Trainspotting.

Esta vez no tenemos un final rompedor ni memorable. A cambio, tenemos uno algo más pausado, símbolo también de los nuevos tiempos que viven los protagonistas. Acorde a su edad. Vemos como todo por lo que han luchado se les ha escapado de las manos en un suspiro. Begbie, quien pasa de amigo chiflado a archienemigo, pierde lo que tanto quería recuperar: la libertad. En el caso de Spud, Renton y Sick Boy, sufren lo que Sick Boy ya vivió en primeras carnes hace veinte años: la traición. De la oportunidad surge la traición. Y esta vez no la ven venir. En los noventa había un halo de sospecha entre ellos, excepto en Spud. Ni siquiera la madurez les ayuda.

Boyle, con sus virtudes y defectos conocidos, vuelve a acertar con Trainspotting. T2 no es la película del año ni se va a quedar grabada en la retina de nadie. No estará en ninguna lista a gran película. Bueno, quizá sí. En la de buenas secuelas. En una época en la que nadie se sale de la norma y las secuelas se parecen sospechosamente a sus padres, tiene mérito que Boyle, Hodge y Welsh hayan apostado por algo diferente. El resultado es una película digna, entretenida y que, una vez más, nos invita a pensar.

T2: Trainspotting