Ford es una de las grandes empresas estadounidenses de todos los tiempos. Henry Ford, su fundador, una de las personas más respetadas en aquel país. Por eso plantear un biopic sobre unos hechos que aunque no les pillan de lleno, les tocan de cerca y aparece su nombre, no debe ser sencillo. Demasiadas personas a las que agradar, demasiada leyenda por respetar. Aún con eso, Le Mans 66 se comporta como una interesante y entretenida película que no teme dejar en mal lugar a Ford, especialmente a Henry Ford… II. Aunque solo sea en algunos momentos.

Este ya es un aspecto que genera cierta reflexión a lo largo de la película. Tampoco esperes mucho más. Le Mans 66 es lo que es, un biopic entretenido de consumo rápido y ligero. No hay grandes historias de superación, ni caída a los infiernos. Nada de eso. Es una historia blanca y como tal se comporta, como muchas otras película deportivas. En Le Mans 66 nos unimos a Carroll Shelby y su particular lucha por conseguir vencer con un Ford en las 24 Horas de Le Mans junto a un extraordinario piloto y mecánico como fue el británico Ken Miles. Quiero remarcar lo de británico, algo que curiosamente se les olvida mencionar durante la película -no así su complicado carácter-.

¿Te gustan las películas donde los coches y la velocidad juegan un papel relevante? Le Mans 66 es perfecta para ti, especialmente si te gustó la interesante Rush (2013, Ron Howard). Sigue el camino marcado por esta, con además numerosas escenas de frenéticas carreras que harán las delicias de más de uno. Están rodadas con mimo, encanto y sabiendo que no siempre lo más interesante ocurre en el asfalto, sino dentro del cockpit y en la cabeza del piloto. Los pasos por boxes, las pequeñas intrahistorias de cada carrera, tienen una magia especial que ayudan a hacer de esas carreras pequeñas minipelículas.

Si en Rush disfrutábamos con el duelo dentro y fuera de la pista entre dos pilotos legendarios, en Le Mans 66 la pelea surge entre dos personas contra la maquinaria burocrática de Ford. Un excelso Christan Bale y un magnífico Matt Damon combaten mano a mano. Sus escenas juntos destilan química y excelencia. Uno espera cada segundo, cada minuto de pantalla que les vuelva a unir en un mismo plano, una misma secuencia. Son el ingrediente principal de un film que no solo te atrapa con ellos dos. También lo hace con una historia un tanto típica, sí, pero que está muy bien narrada.

Le Mans 66

Ahí entra la mano de James Mangold. El director de obras tan interesantes como Inocencia Interrumpida, Logan o En la cuerda floja vuelve a mostrar su buen hacer en una película en la que se mueve con acierto tanto en el ritmo vertiginoso de las carreras, como en los momentos más dramáticos. Esos, por ejemplo, en los que Ken Miles (Christian Bale) habla, convive y sufre con su familia. O los dilemas que se le generan a un Carrol Shelby (Matt Damon) al tener que apostar por cumplir su sueño o ser leal a su piloto y amigo.

No todo son bondades. En primer lugar el nombre original de la película es Ford vs Ferrari. Si bien uno entiende que puede ser más fácil venderla así en Estados Unidos, la realidad nos dice que la lucha entre Ford y Ferrari se ve en momentos puntuales. Es casi intrascendente, excepto en el pistoletazo de salida. Durante la mayor parte de Le Mans 66 ni nos acordamos de Ferrari. Por otro lado, y con especial relevancia, la duración de la película es un tanto excesiva para lo que luego desarrolla. Si bien no se hace larga per se, sí que tiene tramos en los que un recorte no le hubiera sentado mal.

Aún así, Le Mans 66 se muestra como un film fiable, uno de esos que gracias al ritmo de sus escenas de carreras y velocidad, y al gran hacer de sus dos actores principales consigue engancharnos a la butaca. Una historia, la de Shelby y Miles, que atrapará tanto al fan del motor como al neófito. Cine bien hecho, con tacto y sabiduría, demostrando Mangold que es un director que lo mismo te hace un roto que un descosido. Y si tras leer esta crítica aún tienes alguna duda sobre si ver la película o no, solo decirte que no lo dudes: pisa el acelerador y súbete al vertiginoso Ford.