Uno ve el trailer de La Llegada y piensa indudablemente en una película de marcianos. De esas de bandera de los u-ese-a por todos lados y el Bruce Willis de turno salvando al mundo. Pero uno se sienta en la butaca y desde su sobrecogedor arranque ve que no es otra estúpida película marciana.

En efecto, quien se informe un poco antes de ir a verla verá que está dirigida por Denis Villeneuve, un canadiense que se toma a pecho el cine que hace. Que lo mismo te hace un film personal y extravagante como Enemy que te monta un drama sobre un secuestro como fue Prisoners. Pero por encima de todo en esos dos films ya mostraba que con o sin presupuesto, con historias realizadas de una manera u otra, no da la mano al cine palomitero de Hollywood.

La Llegada, una película que transmite

Esto ya se ve en el arranque de La Llegada, en esa intención de no enseñarnos al monstruo -la nave- de buenas a primeras, para darnos cuenta de que estamos ante algo diferente. No veremos un film de extraterrestres al uso, si no que estaremos ante un film que se pasea del drama al thriller, y que mantiene la tensión sobretodo con una banda sonora que recuerda en su lejanía a Alien y al Nostromo.

Pero no estamos en el espacio exterior, si no en la tierra. Y Amy Adams no es la Teniente Ripley. El truco de magia de Villeneuve radica en estar enseñándonos en todo momento la moneda que tiene entre manos, que estamos pendientes todo el film de esperar su desaparición. Queremos ver dónde está el truco, de donde ha salido ese conejo de la chistera.

Queremos ver qué pasa con esa nave, qué intenciones tienen los extraterrestres. Estamos obnubilados esperando un desenlace que nos satisfaga, algo que nos despeje las dudas de la aparición de esa nave… y, de repente, Denis Villeneuve lo hace en La Llegada. No sabes cómo, pero dentro de esos mensajes circulares, de esa no linealidad aliénigena nos está enseñando lo que quiere, que no es otra cosa que mostrarnos o hacernos plantear por el sentido de la vida, quiénes somos y qué nos hace ser de una manera u otra.

Y ahí se queda uno en la butaca, anclado, vislumbrando como maneja el tiempo a su antojo, como envuelve una historia corriente, la de nuestras vidas -quizás- en una película de marcianos. Cómo toda la parafernalia montada por la invasión de doce naves con objetivos desconocidos no es sino un pretexto para filosofar un rato, para con bellas imágenes poéticas y encuadres que rozan el agobio se nos muestren las miserias de los humanos, a la par que nos abre la puerta a preguntarnos por quienes queremos ser.

El sentido de la vida en el cine

¿Y a qué viene toda esta crítica sobre La Llegada? No sólo quiero comentar lo que me ha transmitido el film de Villeneuve. Quiero ir más allá, y dar unas vueltas, olvidándome por un momento de la linealidad, de las normas que rigen cualquier crítica para hablar precisamente de cine, de la vida y el sentido de la misma según nos lo ha mostrado el denominado séptimo arte -que debería ser el primero-.

Ésta es tu vida, y se consume a cada segundo“. Gran razón la que tenía Tyler Durden cuando en cada frase, en cada palabra soltaba un puñetazo a la sociedad. ¿O fue el narrador quién lo hizo? Un hombre que se pasaba toda una película intentando conocerse para llegar a una conclusión clara, y no es otra que la de aceptar sus defectos y mantenerse firme ante el desplome de la sociedad.

Qué me dicen de Interestellar, que comparte con La llegada todo y a la vez nada. Que en sus enrevesadas redes de la genialidad y locura de Christopher Nolan nos mostraba el paso de la vida, irremediable, duro, desde los ojos de quien no siente el paso de los días, cual vampiro recorriendo océanos de tiempo. Aquel que interpretaba tan genialmente Gary Oldman en la obra de Francis Ford Coppola -¿O era Bram Stoker?-. Un hombre cuyo sentido que dio a la vida no era otro que pertenecer amarrado a su amada, ya fuera en cuerpo o en alma.

Porque del sentido de la vida, señores, se ha dicho mucho en el cine. Hasta tiene su título una obra de los Monty Python que parió obras dilapidarias como La Vida de Brian o Los Caballeros de la Mesa Cuadrada y sus Locos Seguidores. Y entre tanto hablar de bienaventurados y golondrinas africanas y europeas nos dejó el dilema universal de si debíamos seguir a la sandalia o a la calabaza.

Sea como fuere, cualquiera de los dos caminos que se tomaran llevaban a un confrontamiento, como el que desde aquel fatídico día en que Brian perdió la sandalia y acabó con la sequía parlanchina de un barbudo en pelotas tiene dividido al mundo. Ese mundo dividido que tan bien nos cuenta Villeneuve en La Llegada.

Ese mundo dividido que da su sentido a las vidas de John Connor y su madre en Terminator, una de esas sagas que habla de viajes en el tiempo, como tantas películas de Ciencia Ficción. ¿Se puede ir atrás y adelante en el tiempo? ¿Se puede vivir varias veces la misma vida? ¿Y distintas vidas? Sin duda alguna de las decisiones tomadas, MrNobody, es decir, cualquiera de nosotros, podía acabar en un funeral o en una boda. Solo hacía falta tomar un camino, y nadie te iba a decir si era el bueno o no.

¿Y te imaginas poder conocer cada segundo de tu vida? Saber qué sucederá detrás de cada acción que emprendas, detrás de cada comentario que hagas, de cada decisión tomada. Si supieras todo eso, ¿podrías vivir la vida tal y como esa palabra ficticia llamada destino te obliga a ejecutarla? ¿O renunciarías para buscar otro camino? Tic Tac, el sentido de la vida, como el de las palabras, lo acaba llevando cada uno.

Porque el sentido de la vida de un padre norteamericano estándar es disfrutar ‘el mejor momento del día‘, que no es otro que la ducha matinal; el de otros bien puede ser salvar cuantas más vidas mejor, como Liam Neeson en La Lista de Schindler. O, simplemente, ganar un tanque en uno de los juegos más estupendos que un padre inventó jamás para su hijo, a quien dedicó su vida.

Pero todo lo que cuento es ficción, es cine. En realidad, el sentido de la vida es más sencillo que todo eso. En realidad el sentido de la vida es…

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