Decía John Lennon que la vida es eso que ocurre mientras estás haciendo otros planes. El genio de The Beatles tenía parte de razón. Pero la vida es algo más. La vida es soñar. La vida es magia. La vida es creer y querer. La vida es disfrutar. Sufrir. De todo eso, incluido lo que Lennon afirmaba, nos habla La La Land. La película del año, la que parece que arrasará en los Oscar, ha conseguido que crítica y público sean unánimes en sus alabanzas. Unos la aplauden por su bella factura, el nivel de sus actores y dirección, o su bien llevado carácter musical. Otros por todo en su conjunto. Y a veces se olvidan de lo más importante: el mensaje. La Ciudad de las Estrellas va más allá de una historia de amor. O de cuán duro es hacerse un nombre en Los Ángeles y Hollywood. La La Land quiere recordarnos que hay que soñar. Y que debemos pelear hasta el final por esos sueños.

Damien Chazelle parece haber intentando trascender a su propio guion, a su propia historia. El director, nueva gran esperanza de Hollywood desde la excelente Whiplash, llega al espectador por las emociones. Si era su intención, objetivo cumplido. La La Land llega al interior de cada uno. Y lo hace sin engañarnos. Vale, sí, es un musical y nadie va pegando brincos ni cantando en su día a día. Dejemos eso a un lado -y el intento de mal chiste por parte del que escribe-. La La Land no nos vende una historia sensacional, preciosa. No. Nos avisa de que nada es fácil. Enamorarse puede ser sencillo, pero mantener ese amor es duro. Tener un sueño es bonito, conseguirlo quizá tarea casi imposible.

La La Land nos insiste de manera sutil e indirecta que debemos perseguir esos sueños, y ese amor en el que creemos. Que valemos tanto como valen nuestros sueños y nuestras ganas de conseguirlos. Y sí, tiene una bella historia de amor en su guion. Es innegable. Pero es bella porque, por momentos, uno ve realismo en ella. Quizá sus inicios sí son más ideales, pero cuando esa relación se forma y debe forjarse, surgen los problemas. Las fisuras. Por eso nos muestran también esas fisuras de lo que en principio parecía irrompible. Llegado el momento empezamos a ver que no tendremos un final feliz. La vida muchas veces no lo tiene. Y La La Land es eso, vivir.

La Ciudad de las Estrellas nos enseña también que la vida en el cine es mágica. Sin perder de vista la realidad. Una película que parece un guiño constante a Hollywood, su cine y su magia. Algo que casa perfectamente con la vida, como señala Arturo González-Campos al recordarnos que “somos rutina y magia. Somos la magia que queda cuando superas la rutina. Somos lo que nos conmueve”. Y esta película nos conmueve, nos ata al asiento y a la pantalla desde que vemos ese magnífico plano secuencia con el que arranca, mientras aún desperezamos los ojos. No queremos que termine jamás. Deseamos que nos siga recordando que somos dueños de nuestro destino. De nuestra vida. De nuestro día a día, con su rutina y su magia.

La La LandPor eso La La Land es una película de sensaciones. Es cine convertido en sentimiento. Y todo ello sin olvidar que sí, estamos ante cine con mayúsculas. Chazelle ha realizado con mimo un film pensado hasta su último detalle. De una belleza exquisita, con una fotografía espectacular y planos que roban el protagonismo a los propios actores. Chazelle nos avisa de que relación entre Mia y Sebastian se va a romper en pleno concierto mainstream. Él no disfruta sobre el escenario. Ella no disfruta viéndole. Algo se rompe. Lo vemos en la cara de Mia. Él no se da cuenta, porque siempre son ellas las que aprecian estas cosas. Les había unido el misticismo de ambos, ese futuro incierto que atisbaban. Pero sobre todo, compartir un sueño real. No era el mismo, pero ambos creían en los suyos y los de su pareja. Y eso se empieza a romper ahí, en pleno concierto, al ser consciente ella de que él ha renunciado a sus sueños.

Sueños y más sueños. Un sueño, el de esta pareja de jóvenes soñadores que termina por romperse cuando ella se va de su casa. La discusión habla, precisamente, de soñar. Porque quizá no seamos dueños de nuestra vida, pero sí lo somos de nuestros sueños. Y sabemos que esa relación se rompe no por una discusión. Si no porque un vinilo de jazz, la música que les terminó por unir, llega a su fin. Un plano sutil y breve, pero tan directo como un golpe en las costillas. No hay necesidad de explicarnos nada más.

La La Land podía peligrar si no acertaban con su casting. Y resultó que las opciones B fueron las adecuadas. La química entre Emma Stone y Ryan Gosling era conocida. Se han confirmado como la nueva pareja perfecta de Hollywood. No necesitan a nadie más a su alrededor. Los secundarios son meros comparsas. El que escribe nunca había sido un gran seguidor del trabajo de Gosling. Un actor guapete y correcto más en la nómina de estrellas del cine actual. Aquí uno aprende a ver más allá. A disfrutar con la grandísima actuación que realiza. Y eso que tiene un problema para destacar. Un problema de nombre Emma Stone. La de Arizona pide a gritos un Oscar en cada escena del film. Quizá esta se la forma más sencilla de explicar su excelente actuación. La otra es poner adjetivos: evocadora, sorprendente, emocionante, brillante, espectacular, mágica…

Chazelle ha hecho le película con la que soñaba desde hace tiempo. Quizá por eso su La La Land nos invita a soñar, volar, luchar y vivir. ¿Se han realizado en 2016 películas mejores que La La Land? Quizá. Pero ¿se han realizado películas que transmitan tanto como lo hace La La Land? Duden e intenten recordar cuál fue la última película que les invitó a sentir. Esa es la magia de La La Land.