Tras ver Hunter Killer salimos del cine considerablemente satisfechos tras haber visto una película de acción ambientada en una supuesta Tercera Guerra Mundial que está a punto de estallar: un submarino norteamericano, que casualmente estaba merodeando por las aguas rusas, ha sido torpedeado y ante una posible amenaza rusa -latente en la mente americana desde la Guerra Fría- los altos mandos se ponen en marcha para averiguar qué ha pasado. Además, resulta que también hay un submarino ruso que ha sido atacado, supuestamente por los americanos. Para deshacer todo este embrollo, los altos cargos americanos envían los recursos que tienen más a mano y que resultarán ser de lo mejorcito: un submarino dirigido por un Capitán que ni tan solo ha estudiado en la Academia (Gerard Butler) y un equipo terrestre que está haciendo maniobras en el ex-soviético Tayikistán.

Cuando ambos equipos se adentran en territorio ruso descubren que el Ministro de Defensa ruso ha perpetrado un golpe de estado al secuestrar a su Presidente y su intención es generar un conflicto contra los Estados Unidos. Aquí, gracias al equipo marino, vemos como los propios rusos han saboteado uno de sus submarinos y gracias a la humanidad de Joe Glass (Gerard Butler) son rescatados el capitán y dos hombres más. Es en este momento que la película cobra importancia más allá de la acción.

La presidenta de EEUU, sí sí, como lo oís, EEUU tiene presidenta mujer, tiene que tomar la gran decisión entre entrar a matar -y provocar la III Guerra Mundial- o intentar solucionar la situación de una manera más discreta y sin provocar grandes altercados. La primera de las opciones, es la defendida por el Jefe del Estado Mayor (Gary Oldman), un americano de la vieja escuela, de armas tomar -podríamos verle alineado con los argumentarios de Donald Trump sin ningún problema-; en cambio la segunda, es la propuesta de un militar de menor rango de etnia negra y una mujer con un cargo inferior.

Ya tenemos la dicotomía encima de la mesa. Si a esto le sumamos la poca ortodoxia en el modus operandi del Capitán del Hunter Killer y la lealtad de unos hombres a su mentor -el fallecido Michael Nyqvist, que hace de capitán ruso del submarino torpedeado-, tenemos un combo ganador: hombre blanco fuera de lo convencional que cree en la condición humana más allá de las fronteras políticas + hombres rusos leales a su instructor + hombre negro y mujer blanca que quieren solucionar el tema por las buenas.

Todos estos ingredientes nos dan el único resultado plausible: una elegante maniobra de rescate que solo es posible gracias a la fe, el compañerismo y la humanidad.

Es por ello que esta película se debería ver, no tanto en clave de cine de acción o bélico sino en clave social ya que el verdadero mensaje es pacifista -si lo puedes arreglar por las buenas, mejor que por las malas-, de inclusión -la opinión de la etnia negra y de las mujeres debe ser tomada en cuenta porque puede ser tan válida como la tradicional- y de humanidad -si hay supervivientes en un submarino enemigo, nosotros que somos del Ejército tenemos que rescatarles-.