Braveheart’ llegó a nuestras vidas en 1995 para honrar a lo grande al cine épico. La de Mel Gibson no es la mejor película, tiene virtudes y defectos muy marcados, pero sí es un film memorable. Consiguió esta característica desde su estreno, gracias a una historia, personajes y escenas que casi tres décadas después seguimos recordando con una sonrisa. La batalla de Falkirk, las escaramuzas escocesas, su vestimenta, el romance, los poblados celtas, sus paisajes, la magnífica banda sonora… ponte tu mejor falda escocesa y agarra tu gaita o tu espada, lo que sea que te caiga más a mano, y vamos a disfrutar recordando una película inolvidable.

En 1995 no muchos conocían a William Wallace, desde luego no fuera de Escocia y el Reino Unido. Y desde entonces su historia nos resulta apasionante. Él es el protagonista de ‘Braveheart’, aunque toque decir que sea una versión ficcionada. Sí, Mel Gibson y su guionista Randall Wallace -manda narices- se tomaron algunas licencias para hacer la historia más interesante, entretenida y para todo tipo de públicos. Si necesitas romance y han asesinado a la mujer del liberador de Escocia, nos inventamos que coincidió con Isabel de Francia -una Sophie Marceau tan bella como sosa-, esposa del Príncipe Eduardo de Inglaterra, y que tuvieron una aventura. Si es real o no -que no lo es, ni siquiera coincidieron en tiempo- nos da igual porque para cuando sucede estamos totalmente inmersos en una aventura épica sin par.

‘Braveheart’ y la belleza icónica de Escocia

‘Braveheart’ le mira cara a cara a grandes películas del género épico como ‘Espartaco’, por ejemplo. Precisamente porque como el largometraje de Stanley Kubrick sabe estirar y explorar el género. Lo primero con lo que nos enamora Mel Gibson en ‘Braveheart’ es la espectacularidad de Escocia. El romanticismo a la enésima potencia, la muestra del amor por una tierra, por unos paisajes. Todo ello acompañado de la brillante banda sonora de James Horner. Cada vez que la cámara nos muestra planos abiertos con esa inmensidad en forma de colinas, nubes, lluvia y prados verdes, nuestro corazón abraza un poco más la causa escocesa. Ya puedes haber unido tu vida a Inglaterra que aquí lo único que deseas es que todo súbdito del Rey Eduardo -con los nombres iban escasos de imaginación, sí- pase por las manos de Wallace y los suyos.

Sus casi tres horas de metraje son pura epicidad. Con paciencia y calma, toda la que le permite su duración, Mel Gibson construye en ‘Braveheart’ un viaje del héroe de manual. Consigue así darle un mayor empaque a una historia por otro lado muy sencilla. Aunque tenemos traiciones varias, una pizca de intrigas políticas, acción de la buena en forma de escaramuzas y grandes batallas, romance y humor; y aunque todo lo anterior en conjunto resulta una mezcla genial, la realidad es que la historia de ‘Braveheart’ es una bien sencillita. Pero nos da igual, porque lo que tiene de sencilla lo tiene de épica y con eso nos basta y nos sobra.

En ‘Braveheart’ es capital lo bien que Mel Gibson mide los tiempos de la película. Su arranque pausado, romántico, en el que asienta las bases tanto de lo que moverá al personaje como de la situación política de Escocia. Después va entrando en una fase de convencimiento de la revolución, de primeras escaramuzas y aventuras. Llegarán las grandes batallas y finalmente la caída del héroe, con ese epílogo al grito de ‘Libertad’ que nos sigue poniendo la piel de gallina. En todo ese fantástico camino te vas a hartar de ver lugares típicos así como personajes arquetípicos, todo ello genialmente construido para nuestro regocijo.

Un aspecto a considerar de la construcción de los personajes es la comprobación de que apenas existen los grises. O buenos o malos, o blancos o negros. Los malos son muy malos, malosos de verdad. Odiamos tanto al Rey de Inglaterra y a su hijo, como a los escoceses que torticeramente ponen piedras en el camino y destino de William Wallace. Un Wallace que es bueno buenísimo, blanco, puro, sin fisuras, sin errores remarcables. Quizá el romanticismo con el que se muestra al personaje sea excesivo, pero no podemos quejarnos demasiado al respecto ya que le sienta muy bien a la película. William Wallace acaba siendo un mártir en ‘Braveheart’.

Las virtudes de William Wallace en ‘Braveheart’

Ojo, no solo es bueno buenísimo, también es perfecto. Todo lo hace bien. Es el héroe definitivo. Su historia de amor con Murron (Catherine McCormack) es sencillamente perfecta, de manual. Es el guerrero perfecto, el estratega perfecto, el amigo perfecto. ¿Exagerado? Quizá, pero en este viaje del héroe no le sienta nada mal. El enemigo es claro y vamos con todo al lado de nuestro héroe. Aunque esto sirva para casi cualquier escocés -o irlandés- que luche junto a él. Quizá las dos primeras horas del film sean superiores a su final precisamente por ver a estos personajes trabajar al unísono y con éxito.

Mel Gibson nos regala escenas magníficas. Inolvidable es la batalla de Falkirk y en especial su discurso, ese discurso que durante los 90 nos sabíamos de memoria. Todo el arranque de ‘Braveheart’ resulta también fantástico, con el funeral del padre y en especial el romance entre William Wallace y Murron, culminado con una preciosa boda. Y qué decir de cualquier momento en la vida de los pueblos celtas. Bellos momentos todos ellos en los que Mel Gibson demuestra que tiene una buena mano para ello. No es el director más sutil, no tiene el ojo ni la habilidad de un cineasta preciosista, pero desde luego sabe darle al público un buen producto.

‘Braveheart’ es entretenimiento puro y duro, como buen film épico que se precie. No es siquiera la mejor película de su año, pero tiene todos los ingredientes para ser un producto inolvidable, uno de esos a los que volveremos siempre que podamos. Porque a veces, muchas veces, el cine no es una obra de arte sino simplemente una explosión de emociones y disfrute que nos haga saltar sobre el asiento. Al fin y al cabo pintarnos la cara de azul y ponernos una falda escocesa vienen siendo una idea brillante desde aquel 1995. Y lo seguirá siendo. Larga vida a ‘Braveheart’.