Uno de los grandes retos que está teniendo últimamente el mundo del cine es realizar buenas adaptaciones de videojuegos al celuloide. No es una empresa sencilla, de hecho es de las más complicadas por la enorme exigencia a la que siempre está sometida la industria del entretenimiento, pero eso no suele asustar a los directores, sobre todo a los jóvenes o a los no tan jóvenes que subieron al carro de los videojuegos a una edad no tan temprana.

Cuando se oficializó el paso de Assassin’s Creed a la gran pantalla, mucha gente aplaudió la idea al ser uno de los videojuegos más exitosos y con mejor trama para ser transportada a este formato. Justin Kurzel, un director australiano que dio una nota alta con Mcbeth, asumió el reto y para ello se acompañó de actores tan cotizados como Michael Fassbender, Marion Cotillard y Jeremy Irons. Un ‘big three’ de auténtico lujo para enfrentarse a la complicada tarea de presentar al mundo entero el credo de los asesinos.

Las esperanzas eran muy altas, como su presupuesto de más de 120 millones de dólares, pero al final todo acabó como el rosario de la aurora. Assassin’s Creed es todo un fiasco. Una ignominia para una saga tan exitosa y que tantas posibilidades daba al tener un elemento místico tan potente como el poder de la orden de los Templarios y su incansable búsqueda del Fruto del Edén. Una lástima que todos los ingredientes para hacer una buena película fueran infrautilizados de una forma tan lamentable.

Es inconcebible que una película sobre esta creación de Ubisoft, la empresa de videojuegos que ha ingresado pingües beneficios gracias a la saga de Assassin’s Creed, se despache en menos de 100 minutos de film real. Sinceramente, se me hace muy difícil de entender que Ubisoft de el visto bueno a una producción tan escasa de tiempo cuando una de las señas de identidad de estos videojuegos es su enorme extensión en cuanto a horas jugables, algo que por cierto cada vez escasea más en este mundo.

La inmensidad que ofrece cualquier Assassin’s Creed que necesite un joypad o un teclado y ratón no se ve en ningún sitio en la película. Ni rastro de esta vastedad que tantas emociones despierta entre los ‘gamers. Sólo con esta circunstancia ya se podría decir que el film no llegar ni por asomo al aprobado. La trama de la película es insustancial y va contra natura a lo que son los videojuegos. No deja en la boca ni un ápice de sabor Assassin’s Creed.

Al enorme déficit que ofrece en cuanto a profundidad hay que sumar la infrautilización de un elenco de actores ciertamente potente. Hay calidad de sobra para hacer que personas como Fasssbender y Cotillard sostengan por si solos una película que se dirige hacia el desastre, pero en este caso se puede llegar a afirmar que inciden aun más en el desatino de Kruzel a la hora de ofrecer un buen producto.

Por lo menos, los dos tiempos narrativos que hay en los productos de las videoconsolas son diferenciados de una forma medianamente decente, eso si, sin salvar el problema que supone la digitalización de secuencias de acción creadas artificialmente sin dar demasiado ‘el cante’.

Uno de los puntos fuertes de la saga Assassin’s Creed siempre ha sido el carisma y el empaque de los personajes del pasado. Para que la película tuviese algo de sentido, Aguilar de Nerja, el hombre al que Fassbender se retrotrae cuando ‘viaja’ en el tiempo, debería haber cautivado al espectador, y eso no se produce en ningún momento. Ezio Auditore, protagonista en uno de los videojuegos, se revolvería en la ‘virtual’ tumba ante semejante despropósito.

Es una pena que el credo de los asesinos haya sido representado en la gran pantalla de una forma tan mala. Si se toma la decisión de que un videojuego es merecedor de ser trasladado al exigente formato del celuloide es porque durante un extenso periodo ha sido referencia entre los ‘gamers’. Eso va a obligar, se quiera o no, a que directores y productores tengan mucho cariño y mucha fidelidad a lo que ya está creado de antemano. De lo contrario el resultado será un descalabro asegurado como el de Assassin’s Creed.