A mediados de los noventa Jim Carrey logró establecerse como uno de los reyes de la comedia a lo largo del mundo, gracias a películas como Ace Ventura, Dos Tontos Muy Tontos o Mentiroso Compulsivo, en una etapa que se estiró hasta el 2003 cuando protagonizó Como Dios. Eran comedias sencillas que conseguían arrastrar al público al cine de manera arrolladora. Carrey incluso aprovechó la coyuntura para aparecer con cierto éxito de crítica en varios filmes de perfil diferente a esas comedias, como El Show de Truman o Man on the Moon. Mientras eso ocurría, en Estados Unidos nacía un fenómeno bajo el amparo de Saturday Night Live, esa inagotable cantera de grandes -algunos, otros no tanto- cómicos. El hombre que cogería el testigo de un Jim Carrey que durante una década fue un valor seguro para los estudios de Hollywood, convirtiendo en oro todo lo que tocaba. Ese hombre era Adam Sandler, que comenzó poniendo cara de bobalicón, haciendo chistes verdes, cuatro tonterías más y encandiló a la audiencia -no a la NBC, que lo despidió-, para destaparse como una estrella en ciernes que, a base de repetir esa cara de bobalicón y los mismos chistes verdes, dominó los rankings de espectadores durante casi dos décadas.

Pocos son los valientes que admiten públicamente que les gusta el trabajo de Adam Sandler. Si es que a eso se le puede llamar trabajo, ya que repasando su filmografía seguramente encontremos un 50% de películas en las que parece hacer de si mismo. Eso o que directamente se mete en un traje similar y ya hemos asimilado que no es un papel lo que vemos, sino al propio Sandler repitiendo un guión. Pero sí, soy valiente y diré que me entretiene Adam Sandler. Y todo porque considero que ha creado un género por si mismo, algo así como el sandlerismo, consistente en repetir una y otra vez mismos papeles, mismos gags, mismos guiños y mismos cameos.

Ver una película de Adam Sandler es esperar a que alguien nombre o se tire un pedo. Ver una película de Adam Sandler es apreciar lo incómoda que se siente la protagonista del film ante lo que está pasando por sus ojos -un saludo a Jennifer Aniston-. Ver una película de Adam Sandler es esperar la aparición de David Spade, Rob Schneider o Steve Buscemi. O la de todos ellos a la vez. Ver una película de Adam Sandler es, en definitiva, apostar por sentarte en la butaca del cine o en tu sofá a sabiendas de que difícilmente te rías más de una o dos veces en lo que dure el espectáculo, visionando un argumento con poco gancho.

Y aún así lo haces. El motivo que nos lleva a ver un film de Adam Sandler es algo casi desconocido y que bien merece un estudio científico. Ese tiempo que usamos en él podría ocuparse en cosas mucho más productivas. Repasemos algunas: leer, escuchar música, punto de cruz, hasta, que se yo, salir a la calle. Hacer balconing tiene más atractivo que el sandlerismo. No hablemos ya de escoger otra película, incluso Osos a Todo Ritmo -sí, son osos que tocan en un grupo- puede atraer más que una película del actual Adam Sandler. Hubo un tiempo en el que fue el hombre de oro en Hollywood.

Catorce de los films que rodó entre 1998 y 2011 superaron la barrera de los 100 millones de dólares en taquilla, lo que le situaba como el tercer actor más taquillero en Estados Unidos tras Tom Cruise y Tom Hanks. Casi nada. En esa época hizo cosas como Un Papá Genial, Little Nicky, Ejecutivo Agresivo, la romántica 50 primeras citas, Click, Os Declaro Marido y Marido… No son precisamente la quintaesencia del cine, pero incluso el menos avezado en el séptimo arte podría llegar a entender su éxito: comedias sencillitas para un público que no quiere volverse loco en el cine. Otro aspecto sería valorar porqué estos espectadores que acuden a las salas a ver esto deciden gastar su dinero así, y si es un motivo de la crisis económica que nos maltrata.

Pero desde entonces Sandler y el sandlerismo han entrado en barrena. A pesar de que hay a quien aún le convence su trabajo porque le gustan los perros (sic), siendo un poco, solo un poco, críticos se podía prever esta situación. La manía del bueno de Adam de hacer siempre el mismo papel y la misma película ha quemado a aquellos que se subieron a su barco cuando arrancaba en Saturday Night Live. Repasemos de nuevo la lista. En Un Papá Genial, Little Nicky, Ejecutivo Agresivo y Click hace de hombre bobalicón pero buenazo, cuando no directamente de persona sin cerebro -Little Nicky, donde habría que preguntarse como engañaron a Harvey Keitel para que formase parte de ella-. Eso ha acabado por agotar a sus fans. En su defensa también habrá que decir que en esa época de bonanza salió un par de veces de su zona de comfort, en Embriagado de Amor, Reign Over Me y, siendo amable, Funny People. Visto que aquello no le daba réditos, volvió a hacer lo que mejor sabía. O simple y llanamente lo que no le suponía esfuerzo.

El actor parece estar decidido a hacer un ‘coge el dinero y corre’, convirtiendo el sandlerismo en un género de serie B. Poco después de intentar ganar un Oscar al mejor actor y otro a la mejor actriz en Jack y su Gemela, haciendo de un hombre y su hermana, juntó a sus amigos para hacer Niños Grandes y su secuela. Allí estaban todos, sin vergüenza alguna: Spade, Schneider, Buscemi, Kevin James y Chris Rock. Una oda a la amistad donde Sandler era el macho alfa, en un extraño giro de los acontecimientos que parece decidido a continuar en estos últimos años.

Volvió a llenarse los bolsillos de dinero, así que vio una salida. Pero sus seguidores estaban hartos. Y él parece que también. Desmadre de Padre -donde recuperó a Vanilla Ice nadie sabe para qué-, PixelsPacman tenía más profundidad que su personaje- y los estudios se hartaron. Tanto que parecen no querer apostar más por él y de momento es Netflix quien le ha dado un contrato por cuatro películas, de las que se ha ventilado dos en un año. The Ridiculous Six, un western en clave comedia que podía haber sido la película del año si no se hubiera hecho ninguna más, y The Do Over, donde llegamos a lamentar que Adam Sandler no haga como su personaje y cambie de identidad y de vida. Y aún con todo eso, el tío sigue consiguiendo que algunos cometamos el error de seguir viendo sus películas. Tropezar dos veces en la misma piedra y tal.