Un chaval nacido en los ochenta tenía difícil seguir el fútbol internacional. Una cinta de vídeo con los mejores momentos de los Mundiales que iban de 1966 a 1986 era guardada como oro en paño. Y revisada periódicamente. Ese mismo chaval pudo escoger entre cientos de jugadas para grabar una en la retina. El eslálom de Maradona en México ante una resignada Inglaterra hizo méritos suficientes. Fue uno de esos momentos que puede marcar una infancia. Pero en un lamentable giro de los acontecimientos, ese chaval escogió una estúpida acción realizada por Zaire en Alemania 74. Hablo, sí, del saque de falta a favor de Brasil que un jugador zaireño sale de la barrera para despejar ante la desconcertada mirada de los cariocas.

Quizá lo fácil hubiera sido quedarse con aquel eslálom de Maradona en 1986. O su ‘Mano de Dios‘. Brasil hizo méritos con las estrellas de aquel equipo imposible y campeón de 1970, así como con el campeón moral del Mundial de España. La Naranja Mecánica, el Perú de Cubillas, el gol que no fue de Inglaterra en el 66, la parada de Gordon Banks… O algo tan simple y precioso como el extásis de Tardelli tras su gol en la final del 82, un gesto que imitaría tras algún inesperado gol en mi dulce etapa de tuercebotas infantil. Pero no. La acción más increíble de todas era la de Zaire. Para la mente de un niño de 6, 8 o diez años aquello era imposible. ¿Cómo un jugador no podía saber que debe quedarse en la barrera?

Aquella sorpresa al verlo se repetía una y otra vez. El VHS debió romperse ante mi insistencia por revisarlo. Una historia que además parecía hecha exclusivamente para mí. Cuanto más me empeñaba en contársela a aquellos con los que compartía juegos, menos me creían. Algo que se repetiría en la adolescencia. Su incredulidad era mi sorpresa al verlo. Entraba entonces en un bucle que me llevaba a verlo una vez más. ¿Era cosa de mi imaginación? No. Allí volvían a aparecer sus protagonistas, la icónica camiseta brasileña, la verde zaireña, un balón y un hombre. El número dos de Zaire.

Durante años aquel jugador desconocido era para mí el ‘dos de Zaire‘. A principios de los noventa un niño poco más podía saber de él. Eran tiempos en los que daban un partido de fútbol en abierto y las jornadas se seguían al calor de la emisora de radio. Escuchar el pitido que anunciaba un gol era algo emocionante, con esa tensa y corta espera hasta que se anunciaba de donde procedía el tanto. Como igual de emocionante era ver un partido europeo y descubrir el nombre de un futbolista desconocido. Nunca pensé que algún día sería capaz de conocer no solo el nombre de aquel ‘dos de Zaire‘, si no también su historia y la de todo el equipo africano.

Zaire Mwepu Ilunga

Sin embargo hoy puedo ver repetida la acción tantas veces como quiera con solo hacer un click. Algo que ocurre a menudo. Quizá porque todos llevamos un niño dentro, quizá por incredulidad. O quizá por recordar un tiempo en el que ver aquella cinta de fútbol era todo lo que le pedía a un día. Cuando los deberes del colegio eran la única preocupación que existía. Hoy, en cambio, sé que aquel ‘dos de Zaire‘ es, era, Mwepu Ilunga. Y que detrás de aquella inesperada y hasta estúpida acción hay un transfondo que la hace humana. Que da sentido a la sorpresa. Un contexto que incluye una desafortunada actuación en aquel Mundial, un dictador furioso, y unos futbolistas con miedo por su vuelta a Zaire.

La de Zaire -hoy República Democrática del Congo– en 1974 era la primera presencia en un Mundial de fútbol de una selección subsahariana. Lo que debía ser un hito y motivo de celebración pudo acabar en desgracia. En 1965 comenzó la dictadura de Mobutu Sese Seko en el país africano, recién independizado de Bélgica, y que hasta 1970 sería conocido como el Congo. Siguiendo la estela de otros tiranos, Mobutu estimó que el deporte era una buena forma de entretener al pueblo. Quiso hacer de su selección de fútbol un emblema nacional, algo reconocible. Un equipo que, a pesar de todo y de Mobutu fue campeón de África en 1968 y 1974.

La llegada de Zaire al Mundial fue singular. En 1974 solo 16 selecciones se veían las caras en la fase final. Y apenas había una plaza para un combinado africano. Esto hacía que la lucha por conseguir el billete a Alemania Occidental fuera enorme. Marruecos era el último escollo, pero Mobutu lo dejó todo bien atado. Los norteafricanos lanzaron una protesta a la FIFA por lo que entendían era una deficiente actuación arbitral. La FIFA dijo nones, y los marroquíes decidieron no jugar la vuelta. La plaza era para Zaire. Y una vez en el Mundial, ¿qué podía salir mal?

Eso debió pensar Mobutu, que agasajó a sus jugadores con lujos. Esperaba de ellos una gran actuación. Por desgracia para sus jugadores, su nivel aún estaba lejos del occidental. El destino les cruzó en su grupo con Escocia, Yugoslavia y Brasil. Tres potentes selecciones, duras para un debutante. Consiguieron dar la cara ante los escoceses de Billy Bremner, Kenny Dalglish o Denis Law entre otros. Un escueto 2-0, donde el cómico segundo tanto escocés mostraba las carencias del fútbol de Zaire. El siempre polémico Bremner no faltó a su cita escupiendo y lanzando insultos racistas al nueve zaireño, Ndaye Mulamba.

Este resultado no fue del gusto de Mobutu. Quizá por este motivo, los pagos prometidos a los jugadores se retrasaban. Las promesas habían caído en saco roto una vez los jugadores pisaron suelo alemán. Ante este panorama, los Leopardos decidieron no saltar al campo en su segundo duelo, ante Yugoslavia. Tras días de discusiones, amenazas y rozando el motín, la FIFA medió pagando 3.000 marcos a cada jugador. Aunque saltaron al verde, Zaire acusó el cansancio mental. En apenas 20 minutos habían encajado tres tantos y el seleccionador Blagoje Vidinic -yugoslavo- decidió sustituir a Kazadi Muamba, guardameta y una de las principales estrellas del combinado africano. El suplente, Tubilando Ndimbi, no daba la talla y se notó.

Al final fueron nueve goles como nueve soles. Un enfurecido Mobutu  lo sintió como una humillación personal. Hasta el punto de amenazar a los jugadores. Si Brasil hacía más de tres goles, bien harían los futbolistas en no regresar a su país. Desde ese instante su vida corría peligro. El temor era real. Y delante tenían a uno de los mejores equipos del mundo, el aún vigente campeón. Liderados por Jairzinho y Rivelino, dos de las estrellas del Brasil del 70. La misión parecía imposible. Cuando Jairzinho anotó en el minuto 12, todo hacía presagiar una desgracia.

Pero sorprendentemente los zaireños resistieron, en un buen ejercicio defensivo ante las insistentes llegadas cariocas. Quizá también por los rumores que hablan de una supuesta reunión en el descanso entre miembros de ambos conjuntos. Y es que el 3-0 valía a los brasileños, mientras que a los africanos les daba la vida. Literalmente. Languidecía el encuentro cuando Brasil se disponía a sacar una falta al borde del área. Zaire solo jugaba bajo dos preceptos: alejar el balón de su portería y consumir el tiempo. Daba igual la manera. Cuando el colegiado rumano Nicolae Rainea silbó, nadie esperaba que Ilunga corriera a ese balón. Desde luego no los jugadores brasileños. Sus propios compañeros tampoco. Y seguramente el propio Ilunga actuó inconscientemente. Su vida estaba en juego. Cualquier cosa valía con tal de salvarse.

Mwepu Ilunga nunca debió jugar aquel partido. Ante Yugoslavia agredió al colegiado, pero este, confundido, expulsó a Ndaye Mulamba. Fútbol de otra época. Ilunga nunca debió estar en esa barrera. Aquel niño de ocho años se habría fijado más en Maradona que en él. Pero Ilunga estuvo allí. Con miedo. A un dictador. Su vida corría peligro. No lo pensó. Se llevó una tarjeta amarilla, pero ganó algo de tiempo. Y quien sabe si con esa amarilla logró su salvación. El ‘dos de Zaire‘ que no se sabía las normas, en realidad solo luchaba por sobrevivir. Eso aquel niño no lo sabía, pero años después vio en aquella acción un gesto de desesperación. Mobutu se olvidaría del fútbol para centrarse en el boxeo y el ‘Rumble in the Jungle‘ entre Ali y Foreman. Pero el fútbol y aquel niño, hoy adulto, jamás olvidarían la historia de Mwepu Ilunga.