El fútbol profesional es una dictadura. Los resultados lo deciden todo. Puedes hacer el fútbol más espectacular y levantar a los aficionados del asiento en cada acción, o puedes hacer el juego más aburrido. Solo te servirá aquel que consiga victorias. Una contradicción en algo considerado espectáculo. Además, no vale cualquier resultado. Arsène Wenger está haciendo un máster sobre el tema. En los últimos años su posición de comandante en jefe del Arsenal está en constante duda. ¿El motivo? Que ha dejado de ser candidato a conquistar la Premier League. Una constante que se repite en los últimos diez años. La mitad de su mandato como entrenador del equipo de Londres.

La dictadura del resultado es la dictadura del ahora. Del momento, la inmediatez. Aspecto este que no es exclusivo del fútbol. El periodismo vive con el mismo problema. Curiosamente en dos mundos tan alejados -y a la vez cercanos- sus miembros tienen la exigencia de la excelencia para ayer. El dicho que dice que las prisas no son buenas compañeras es olvidado sistemáticamente. En el caso del fútbol impide la creación de proyectos estables. Algo que en el caso de Wenger no es tal, ya que son veintiún años los que cumple en el banquillo del Arsenal. Pero la ausencia de títulos de calado en la segunda década de su estancia en Londres pesan sobre la afición. La misma que un día no muy lejano le idolatró.

El fútbol vive del ahora y por tanto los éxitos pasados se olvidan rápido. Wenger fue y es un entrenador de éxito. No debería olvidarse. Con el Arsenal ha conquistado tres Premier League y seis FA Cup. Y no se puede decir que se le haya olvidado ganar. La principal copa inglesa fue coto privado del Arsenal en 2014 y 2015. La sequía, por tanto, quedó atrás. En estos años la competencia en Inglaterra ha crecido y aumentado. Durante su primera década en Londres le tocó luchar contra el Manchester United, sin injerencias. Hoy se han sumado a la fiesta Chelsea, Manchester City, Liverpool y Tottenham. En los últimos años son los blues y los citizen los que ahora han convertido la Premier en una cuestión privada, Leicester al margen.

Thierry Henry y Robert Pires

Quizá Arsène Wenger no ha terminado de entender esta nueva era. O quizá son estos nuevos tiempos los que han acabado por limitar el potencial de su Arsenal. Porque el fútbol cambia mucho en diez años. En 2004 Wenger y el Arsenal ganaban su último título hasta el momento. Los gunners contaban con un crack mundial en sus filas: Thierry Henry -quien además estaba bien rodeado con los Vieira, Pires y compañía-. En Manchester estaban Van Nistelrooy y Rooney. En Milan los Pirlo, Shevchenko y demás. En Munich Ballack y Kahn. En Madrid los Galácticos. Las estrellas se encontraban más repartidas. Hoy da la sensación de que aquellos que no visten las camisetas de Barcelona o Real Madrid firman por el Bayern. Mientras que el resto de clubes se deben conformar con las figuras de segunda fila.

Para entender lo que le ha ocurrido al Arsenal en esta última década hay que mirar dos factores. El primero es la construcción del nuevo estadio, el espectacular Emirates. Aunque Wenger nunca se quejó públicamente de la ausencia de dinero para fichajes, los esfuerzo de la economía gunner se centraron en esa nueva joya que sustituía al vetusto pero coqueto Highbury. El técnico francés se vio obligado a rebuscar en las canteras del mundo. Lo que era un método de trabajo novedoso y que sorprendía tuvo que convertirse en el método de supervivencia. El segundo factor es precisamente Thierry Henry. Su marcha del club supuso un antes y un después de la que el Arsenal aún no se ha repuesto. Porque una estrella de su nivel, diferencial en cualquier momento de cualquier partido, le daba al conjunto de Wenger el plus necesario para competir contra cualquiera.

Hoy la plantilla es más vulgar. Sus principales estrellas son Alexis Sánchez y Ozil, dos nombres que en Barcelona y Madrid eran figuras secundarias. Porque las grandes estrellas no escogen al Arsenal. Con esos mimbres pedirle al alsaciano que conquiste la Premier quizá sea demasiado exigente. Pero ¿son tan malos sus resultados? No. Sin tener nunca la mejor plantilla de Inglaterra se cuela siempre en las plazas que dan acceso a la Champions. Solo le falta el salto definitivo que le darían uno o dos cracks. En Europa en cambio lleva años sin competir contra los principales clubes del continente. Son ya siete años sin superar los octavos de final. Muchos se agarran a estos datos. El Barça se les ha atragantado en varias ocasiones, pero la gota que ha colmado el vaso es la reciente derrota ante el Bayern. Un global de 10-2, doloroso y que ha terminado por encender todas las alarmas. Pero no se engañen, en Inglaterra prima la competición doméstica frente a la continental. Sus problemas en Champions League son solo un añadido.

El crédito de Wenger parece terminado. El fin de su era en Londres supondría el final de una manera de ver el fútbol. La de la paciencia y la tranquilidad, la de la confianza en los proyectos. En los noventa nos reíamos de Jesús Gil y sus bandazos con los entrenadores del Atlético. Los Valencia, Leeds o Betis de hoy son el Atlético de ayer. Ese perfil de dirigente nervioso parece eterno. Por desgracia para el fútbol moderno, estamos perdiendo el lado romántico. El que dan entrenadores como Wenger o Ferguson. Hoy los casos de Simeone -siete años en el Calderón– o Valverde -cuatro en Bilbao– son casos aislados. Los proyectos son a corto plazo y el que no vale, puerta. Desde el entorno de los clubes se les pide crear una estructura, un estilo, mientras se les exige resultados. Y todo sin entender que en ocasiones toca tener paciencia. Permítanme decir, por tanto: larga vida a Arsène Wenger.