A principios de la década del 2000 la televisión realizó un giro en su programación. Los realities llegaron a las pantallas y de su mano lo hizo la banalización de los medios, no solo de la propia televisión. Mientras Operación Triunfo y Gran Hermano enganchaban a los espectadores, las cadenas televisivas vieron un filón que supieron aprovechar. En su derecho estaban. Pero esa simplificación a la hora de ofrecer un producto ha terminado por salir muy caro. La banalización de la televisión llegó no solo para quedarse, también para extenderse a otros formatos televisivos e incluso al periodismo en general. Solo la radio parece librarse de esta deriva que parece imposible de frenar. Todo comenzó con OT, GH y el corazón, para pronto pasar a los deportes o la política. La inmediatez y la noticia altisonante ha ganado la partida a la seriedad y el buen hacer.

Resulta contradictorio comprobar cómo la era de la información ha jugado en contra de la calidad del periodismo. No me malinterpreten, se sigue haciendo periodismo -y entretenimiento- de muy buen nivel, pero los medios más relevantes parecen dirigirse por otros caminos. La línea a seguir hoy está focalizada en la inmediatez, ser el primero en revelar una noticia. En ocasiones hasta sin importar la veracidad de esta. Otro de los aspectos que parecen más relevantes para determinados periodismos es la capacidad de generar polémica de la información u opinión de turno. Y cómo decía, todo esto parece tener cierta relación con aquellos realities que llegaron para quedarse.

No es labor de este periodista entrar a reflexionar sobre la calidad de esos formatos televisivos. Pero sí puede criticarse todo lo que les rodea. Un canal como Telecinco vive abrazado a la vida de dichos programas, empalmando una emisión tras otra y retroalimentándose con unos personajes que han ido creando. Es la fama porque sí, por el simple hecho de salir en la pequeña pantalla, en ocasiones desnudando las vergüenzas de uno mismo. Claro que Telecinco ofrece este tipo de entretenimiento porque la audiencia respalda esa decisión con buenas cifras. La pregunta en este caso sería si la masa se ha acostumbrado a vivir con este tipo de entretenimiento. Y si es posible otra manera de hacer televisión.

Pero esto no es cuestión exclusiva de la pequeña pantalla. Tomemos como ejemplo Operación Triunfo. Se cumplían quince años de la primera edición de un programa que tuvo a media España -literalmente- en vilo. RTVE ha aprovechado la efeméride para realizar unos especiales y un concierto, emitido todo en horario de máxima audiencia. Medios de referencia decidieron que podían sacar partido de la situación, de una manera sutil. No han ofrecido demasiada información sobre ello, pero tampoco han desperdiciado la oportunidad para ganarse unos clicks con diferentes artículos de opinión. No informan, pero intentan generar una corriente de opinión. Lo extraño de todo ha sido la habilidad con la que todos se han movido a favor y en contra del programa. Incluso en dichos artículos se atrevían a hacer una ligera crítica a la sobreexplotación de los miembros del concurso que estaban realizando algunas cadenas televisivas.

En los tan cacareados ‘clicks’ está una de las posibles claves de la reciente deriva de una parte del periodismo. La caída de la publicidad y la dificultad para hacer rentable un medio de comunicación en la red ha llevado a simplificar todo en una suma de clicks. El que más visitas tiene, el texto que más clicks recibe, es el que más valor tiene para esa especie de, digamos, nuevo periodismo. Da igual si es una noticia de apenas 150 palabras, un reportaje en profundidad o una entrevista. En la era de Internet, la era Digital, todo se cuantifica en clicks y visitas. Y sí, esto es un negocio y hay que cuantificarlo. La cuestión es por qué penalizar la calidad en pro de esos resultados. Y por supuesto que siempre ha existido un periodismo más simple, más sensacionalista. Pero parece que hoy esa pretende ser la norma y no la excepción. Y mientras tanto todos los medios y prensa tradicional pierden lectores, la audiencia televisiva se divide ante la numerosa oferta, la radio se deja oyentes por el camino…

Todo ello en la época en la que más información llega al receptor. Otra pregunta bien puede ser qué tipo de información es la que recibe. En ocasiones cuesta separar el grano de la paja. Estamos conectados las 24 horas, lo que ha acabado por repercutir en cómo recibimos esa información, hasta el punto de que todo parece afectarnos e importarnos hasta el extremo. El cambio a un paisaje diferente y quizá más normalizado debería empezar desde los periodistas y los medios de comunicación, ya que el público no es más que el punto final -que no menos importante- de la cadena.

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Tomemos el ejemplo del periodismo deportivo. En España hay cuatro periódicos de gran tirada dedicados exclusivamente al deporte, sin tocar otros más locales o regionales. ¿Hay mercado para los cuatro? ¿Hay información suficiente para generar esa oferta? Y mientras tanto revistas especializadas en uno u otro deporte, con una propuesta más sosegada y profunda se las ven y desean para sobrevivir. ¿Qué tipo de periodismo deportivo tenemos? En su mayoría se impone el grito, el cotilleo, la crítica por la crítica, y centrado casi exclusivamente en dos o tres clubes futbolísticos. Más allá del fútbol solo aparecen los Gasol, Alonso o Nadal de turno, excepto cuando hacen acto de presencia los Juegos Olímpicos, donde casualmente el fútbol apenas da medallas a España.

Si se le pregunta a un periodista deportivo qué programa le gusta seguir seguramente dirá Informe Robinson. Reportajes en profundidad, con un interés por la historia y haciendo especial hincapié en la manera de contarla. Offside de Bein Sports puede ser otro ejemplo en positivo. En cambio, en las principales cadenas televisivas tenemos espacios en los que se hacen publirreportajes de las estrellas de turno de uno de los grandes, con rótulos chillones, etc. Charlas de barra de bar disfrazadas de tertulias televisivas, donde la reflexión brilla por su ausencia y el que más grita y tonterías hace copa más minutos en pantalla. Y sin renovación en sus contertulios.

Algo así está ocurriendo con la política. Los medios han visto un filón en la información política. Aunque quizá habría que entrecomillar la palabra información. Se repiten tertulias, a diario, se repiten los ‘expertos’ que analizan las mismas noticias día tras día. En dichos programas también se ha perdido la información en profundidad, a cambio de estar en antena en casi cualquier momento. Ya no solo se analiza y presta atención a lo que ocurre en España, si no que lo que ocurre fuera se torna tan importante o más. La noche electoral estadounidense fue analizada con el mismo interés que si fuese local. Y de nuevo quizá haya que entrecomillar la palabra analizada.

Es entendible que en un mundo cada vez más global, las elecciones de Estados Unidos resulten importantes para todos. Al fin y al cabo, guste o no, se considera a su presidente el líder del mundo. El problema es cuando el análisis se simplifica al extremo, al bueno o malo. Hillary Clinton era la opción buena, Donald Trump el diablo. Porque sí, y punto. A nadie se le ocurrió entrar a fondo en cada uno de los candidatos, porque eso no entretiene. O eso deben pensar ellos. Dos datos sobre Trump que se omitían tenían que ver con su política antiinmigración, tan criticada. En primer lugar, sus intenciones de plantar un muro en la frontera con México enfadaban a periodistas de cualquier signo político, que olvidaban que, en todo caso, Trump seguirá alargando un muro que ya existe -aunque sea en forma de valla-. Como existe en Ceuta y Melilla, sin ir más lejos, y a ninguno de esos periodistas, reaccionarios o progresistas, se les escucha quejarse de ello. En segundo lugar, las ganas de Trump por deportar a inmigrantes no es algo nuevo en Estados Unidos. Obama lo ha hecho constantemente durante sus ocho años de mandato -con unos dos millones y medio de personas- y nadie, de nuevo, ha puesto el grito en el cielo.

Pero Trump era el malo, mientras que Clinton era la buena. Por qué era la buena es aún desconocido. Y que no se me entienda mal, este periodista no hubiera votado a Trump de ninguna de las maneras, ya que su discurso resulta repugnante. Pero mientras se criticaba a Trump, nada se decía de Clinton. ‘Como uno es muy malo, la otra es buena’, y listo. En ninguna cadena hablaron demasiado de por qué calaba el discurso de Donald Trump en el electorado americano, ni por qué ocurrió el desplome demócrata en algunas de las zonas claves. Había muchas lecturas interesantes a realizar pero, durante horas de emisión, aquello se resumía al drama de que Trump ganase las elecciones, pucheros incluidos. ¿Por qué no explicar al espectador, lector, u oyente la idea que uno sostiene? Con hechos, datos y paciencia.

Quizá porque eso requiere tiempo y precisamente el tiempo parece ser algo ante lo que el periodista vive hoy esclavizado. Estamos de vuelta en la inmediatez, una inmediatez que ahoga a cualquiera. Quizá sea este el motivo por el que se ha perdido esa labor del periodismo de forzar una opinión pública sensata. Es más sencillo y barato montar una tertulia -créanme,es muy barato- y dejar que los gritos de unos y otros entretengan al personal. La confrontación vende. Algo que empezó por dar beneficios a los Tomates y Sálvames de turno, para después pasar al periodismo deportivo y, por último, llegar a la política. Y esto no es solo cosa del periodismo. El discurso y lenguaje político ha terminado por simplificarse al máximo. Siendo esto un problema para las tres partes de la comunicación, el emisor, el mensaje y el receptor.

Por suerte hay quien ve en esta deriva una oportunidad e intenta hacer de su profesión otra cosa. Si algo ofrece Internet es la libertad para iniciar cualquier tipo de proyecto. Y ahí, en la red, todo tiende a igualarse. Quien quiere encontrar otro tipo de información trabajar para encontrarla y disfrutarla. Y quien sabe, puede que haya momentos en los que se quede viendo el debate estéril y la tertulia sin poso. Al menos sabe que puede elegir. Y es que, qué duda cabe que si determinados productos tiene éxito es porque la audiencia así lo decide. La cuestión a plantearse es si también está dispuesto a consumir otros productos más elaborados sin concurrir a esos medios minoritarios.