En la década de los noventa, alguien de nombre Manolo podía ser el Pichichi de la Primera División española, Vinnie Jones seguía torciendo tobillos en los campos de fútbol británicos, y se podía ver un partido de fútbol del máximo nivel por menos de 30 euros. Para ver un encuentro por la televisión, había que resignarse al que se ofrecía. Uno y nada más que uno. Hoy podemos ver todos los que queramos ante una oferta brutal. Las patadas de Vinnie Jones son algo del pasado. Ir al estadio puede implicar hipotecarte. Al menos el último Pichichi español fue un futbolista de otra época como Güiza. Contra todo eso -y más- se levantó el movimiento Odio al Fútbol Moderno -‘Against Modern Football‘-, que poco a poco va cobrando fuerza en el continente europeo y también al otro lado del charco. Aficionados que se sienten traicionados por la mercantilización extrema del deporte de sus amores. Personas que entienden que el fútbol se ha prostituido en muchos niveles.

Seguramente tienen razón. Al menos en parte de sus postulados. Reflexionando levemente sobre el estado actual del fútbol, encontramos un deporte que al primer nivel ha girado hacia el dinero. Y sin mirar atrás. El aficionado ha sido apartado de la primera plana, arrinconado como si fuera un estorbo. De esta manera el fútbol se aleja de su ser. Cada movimiento de los mandatarios del deporte rey parece encaminado a complicar la vida a aquellos que le dan color, vida y sentimiento a algo tan aparentemente tan sencillo como dar patadas a un balón. Mientras eso ocurre, los clubes pierden parte de su identidad con el paso de decenas de jugadores en apenas unos años, entrenadores que duran meses, presidentes que vienen, esquilman y se van. Ahora los hay que incluso echan de menos al ladrón pero que guardaba apego por el club, mientras ven como el millonario de turno quiere un juguete nuevo.

¿Cómo se ha llegado a esta situación? ¿Cuándo empezó todo? La primera de esas preguntas requiere de un larga respuesta. La segunda, en cambio, tiene muchas y variadas opciones. Y seguramente todas tengan su parte de razón, convirtiéndolas por tanto en un cúmulo de razones que ha desembocado en lo que hoy es el fútbol. En España hay quien lo lleva a la creación de las Sociedades Anónimas Deportivas (SAD), pero siendo algo global, debe haber más motivos. Como puede ser la llegada del dinero de las televisiones. No es que antes no pagasen, pero a mediados de los noventa las cifras en Europa aumentaron y con ello las capacidades de los equipos para gastar. A más gasto, existe una obvia necesidad de generar ingresos. Y claro, aquello fue la época del gasto irracional, algo que bien saben muchos equipos españoles –Oviedo, Hércules, Salamanca, etc-. Si había que sacarle dinero a alguien, ahí estaba el aficionado para hacer la labor inversa al esquilmar. Otros en cambio creen que buena parte de culpa está en la Ley Bosman, que cambio la regularización del mercado europeo. Y a diferencia de aquellos que culpan a las SAD, hay aficionados adheridos a la filosofía Odio al Fútbol Moderno que entiende que la creación de la Premier League tuvo algo que ver en lo que vino después. Los hay que lo llevan a un anuncio de Nike de 1994.

Lo cierto es que hay cuestiones complicadas de entender en el fútbol de hoy día y ante las que Odio al Fútbol Moderno hace bien en clamar. Porque más allá del económico, ¿qué sentido tiene que las camisetas de los clubes cambien año a año? Motivo estético no hay. Una camiseta blanca –Real Madrid, Valencia, Tottenham o Albacete– es una camiseta blanca. Le puedes cambiar el cuello, sí. Ponerle más ribetes aquí o allá. Aún así seguirá siendo una camiseta blanca. Pongan aquí la camiseta y los colores de su club, que el ejemplo les valdrá igual. Como quiera que pocos aficionados renuevan su camiseta año a año, los clubes buscaron nuevas vías textiles para ingresas dinero: las segundas y terceras equipaciones. Camisetas rosas, verdes, colores chillones y totalmente alejados de la identidad del club, todo vale para conseguir 70 euros. Como esto también empezaba a clamar al cielo, tuvieron que darle una vuelta de tuerca. Llegaba la hora de las camisetas de entrenamiento, los polos, sudaderas, chubasqueros, gorras, etc. Cualquier prenda vale si cabe el escudo y el logo de la marca de turno.

Odio al fútbol moderno

Las ligas nacionales las patrocinan bancos o compañías telefónicas. Los estadios relegan su nombre para abrazar el de todo tipo de empresas: compañías de seguros o líneas aéreas. Y si no se vende el naming de la casa es simple y llanamente porque no pagan lo suficiente. Ingresos y más ingresos. Ahora la preparación veraniega es una gira internacional donde uno puede jugar tanto contra el Bayern de Munich como contra el Real Salt Lake. El fútbol como negocio puro y duro. Y para ello lo llevan al extremo. La Intercontinetal es un Mundialito donde la goleada por parte del equipo europeo es habitual. Con la excusa de crear un torneo que dé opciones a todos, cargan más el calendario en pleno diciembre. Un calendario que tiene partidos oficiales todo el año. En Europa las previas europeas arrancan en junio para terminar las competiciones a finales de mayo. Un despropósito que tiene en el hincha su mayor perjudicado. La sobredosis de fútbol termina por saturar. Sin olvidar a los medios de comunicación. A diario hacen del rumor noticia y portada. De la polémica, problema de estado. Y todo ello hablando únicamente de dos equipos, Barcelona y Real Madrid -en España-.

A esa saturación de fútbol le añadimos el problema generado por la tiranía de las televisiones. La explotación de los derechos terminó por convertirse en explotación del espectador, pero este no ha pasado por el aro. No es cómodo acudir al estadio un miércoles a las 22.00 de la noche para seguir un partido ante un Segunda B. Incluso ante un Primera. La jornada empieza el viernes a la noche, sigue el sábado por la mañana, pasa a la tarde, noche, se repiten los horarios en domingo y, ya el lunes, se cierra por la noche. Así se gana a la audiencia en Asia, dicen. Si uno desea viajar a domicilio a animar a su equipo, debe rezar primero y hacer encaje de bolillos después. Los horarios se avisan con apenas semanas de antelación, lo que encarece el viaje y el alojamiento. Recordemos una vez más que las entradas, lejos de abaratarse para llenar los estadios, se han encarecido para vaciarlos. Ver un partido como visitante puede ir desde los 25 en pocos casos, hasta los 90 de alguna situación rocambolesca. El colmo de la situación en España lo puso Javier Tebas, presidente de la Liga, al decidir que quien no tuviese una asistencia del 75% en su estadio sería multado. ¿En todo el estadio? No, solo en la tribuna que muestra la televisión. Que se vea bonito por la tele. En Asia.

Pero no. En Asia no ven los partidos de la Liga. Prefieren la Premier League, bendita ironía, que adolece de algunos problemas similares y otros diferentes. Los estadios vacíos de España se repiten, de manera asoladora, en Italia. Pero no en Inglaterra o Alemania, donde la asistencia supera el 90%. Aficiones fieles y equipos que ayudan a que sus seguidores les apoyen -en Alemania al menos-. En la NFL americana encontraron solución para las gradas vacías. Si las entradas para un encuentro no estaban al 100% vendidas 72 horas antes de su disputa, se prohibía la emisión del mismo por televisión en un radio de 75 millas -unos 120 kilómetros- del estadio. ¿Quieres ver el partido? Ve al campo primero. Esto puede verse como otra piedra para el aficionado, pero también lo es para la televisión, que pierde buena parte de la audiencia que podía tener en ese encuentro.

El colmo de la estupidez de los dirigentes del fútbol llegó con la designación de Qatar como sede del Mundial 2022. Sin dejar a un lado su nula tradición futbolera, no hay que ser un experto en geografía y meteorología para saber que practicar deporte al aire libre en su verano debe ser una experiencia cercana a la muerte. Y aún así se lo dieron. ¿La solución? Trastocar el desarrollo de las ligas nacionales, encajando el Mundial los meses de noviembre y diciembre. Sumen el mes de preparación de cada selección. A todo eso, añadan los amistosos que jugarán los clubes para hacer frente al parón. Aunque no se debería descartar la prohibición de que puedan hacerlo, al menos a puerta abierta. No vaya a ser que pierdan dinero con su Mundial. ¿Y cómo llegó el Mundial a Qatar? Por el dinero, claro. Quizá algún día sepamos cuánto pagaron los jeques. Los mismos que quisieron un juguete mayor, tras haberse hecho con varios clubes europeos. La pérdida de identidad de algunos clubes ante dueños que vienen y van es cada día más reseñable.

Odio al fútbol moderno

Clubes que cambian su escudo, perdiendo cualquier semejanza con el anterior. Clubes sin historia que crecen y se hacen grandes al amparo del dinero del rico de turno, mientras históricos se hunden. Y no olvidemos a los futbolistas, convertidos en mercancías que van de un lado a otro. Cuando el hincha se significa con un jugador, este es traspasado para hacer caja, porque no da el nivel o porque al entrenador de turno no le convence. En los noventa uno pensaba en el Logroñés y lo unía al Tato Abadía. El Zaragoza de Aguado, el Sporting de Ablanedo, el Arsenal de Seaman y Tony Adams, el Southampton de Le Tissier. Nombres unidos a clubes. Historia de esos clubes. Hoy los hay que consiguen tener arraigo en algunos lugares, pero otros futbolistas ni siquiera muestran el mínimo interés en trazar esos lazos que les unan con los equipos. Llegan, juegan y se van. Y si mejoran, se van siempre a los mismos clubes. Antes Ginola daba buenos años en Newcastle. Denilson y Finidi coincidían en el Betis, Maradona pasaba por el Sevilla, Baggio repartía sus últimas clases en Brescia. Hoy la tiranía de la televisión se ha convertido en la tiranía de los grandes. Grandes que antes también eran grandes, pero no tanto. Hace diez o veinte años cualquiera podía pintarle la cara al Real Madrid, Barcelona, Juventus o Bayern. Sufrían cuando visitaban Granada o Santander, Genoa o Birmingham. Hoy sigue siendo posible, pero cada vez ocurre menos. Las goleadas ridículas se han hecho norma.

La pérdida de la competitividad de las principales ligas es otro de los dramas del fútbol moderno. El Leicester dio la alegría de la década y quizá de los últimos treinta años al vencer en la Premier League. Equiparable a la del Blackburn Rovers en, vaya, los noventa -1995-. Aunque allí había billetes metidos. Repasando los campeones nacionales europeos de las tres pasadas décadas no hay mucha variante. No, antes no ganaba cualquiera. La Juve, el Bayern, el Liverpool o Madrid ganaban a menudo. Pero sí existía la sensación de que cualquier año podía saltar la sorpresa. Este año los medios fantasean con la revelación de turno en las primeras jornadas ligueras, para después enfrascarse en la rutina y monotonía de saber que es cosa de dos o tres equipos. En la Champions League ocurre algo similar. El fútbol solo a veces es espectáculo, cada vez es menos competición, y día a día mucho más negocio.

Aún con todo hay cosas positivas en el fútbol moderno. El deporte es más bello que nunca. El ritmo de juego de hoy es algo que hace treinta años los futbolistas ni soñaban. Pensar rápido para ejecutar aún más rápido. Detalles y evoluciones tácticas que le dan al juego nuevos horizontes. Sí, hay futbolistas y equipos completos que parecen robots, pero eso también ocurría antes. Es irónico que cuando el fútbol parece más bello, más se aleje del aficionado. Y eso a pesar de que los estadios se renuevan y surgen coliseos de otro planeta. Las tragedias de Heysel y Hillsborough cambiaron la mentalidad del hincha. Primero la seguridad y comodidad, después el aforo. El ya derribado San Mamés, La Catedral, era un estadio precioso para ver el fútbol. Sus paredes recordaban cuentos de otro tiempo. Su hierba olía a fútbol. Pisar ese césped era tocar terreno sagrado. Pero quien pasaba por aquel edificio cada quince días, sabía que en caso de emergencia podría ocurrir un drama.

Sigue habiendo un fútbol que recuerda al de otra década. El de balón largo y segunda jugada. El del aficionado pasando frío en una jornada invernal, esa en la que en vez de una cerveza en el bar, lo que apetece es un caldo caliente. De Segunda B hacia abajo se siguen viendo y contando historias bellas, románticas, en las que se sigue viviendo el fútbol con sabor añejo. El problema para ellos es que la subsistencia de esos clubes es cada día más difícil. Y volvemos a las televisiones. Porque no solo han alejado a la gente de los grandes estadios, también de los equipos modestos y de barrio. Existe una necesidad por parte de las máximas divisiones del fútbol de ayudar a los que malviven por abajo. Destinando, por ejemplo una parte de sus ingresos por taquilla o televisión a los clubes con los que convive regionalmente. Ayudando a que ese fútbol amateur hoy agonizante no muera.

Pero aún hay esperanza. Personas y colectivos que creen en que otro fútbol es posible. Un fútbol en el que el aficionado y el dinero cambien posiciones, donde el dinero sea solo una parte más de la ecuación, relevante solo para la supervivencia y crecimiento sostenible, y donde sea el aficionado la parte principal. Donde todos los esfuerzos giren a él. Y a las historias que surjan alrededor del balón. La literatura futbolística. Son clubes como el Ceares, Unionistas de Salamanca o el United of Manchester. En España se llaman Clubes de Accionariado Popular. Equipos donde sus aficionados tienen algo que decir. Un aficionado, una acción, un voto. Soñadores quizá, pero sin los que esta deporte perderá su alma y su corazón.

Odio al fútbol moderno