Miguel IndurainEl siglo XXI le ha dado a España la mejor generación de deportistas de su historia. Hoy, jóvenes y mayores disfrutan con las gestas que unos y otros les regalan. Tenis, motor, baloncesto, en equipo o individualmente, el deporte ha sido por méritos propios uno de los pocos motivos de orgullo de un país perdido. Rafa Nadal, Fernando Alonso y Pau Gasol marcaron un camino que después seguirían otros. Además ya no solo de grandes hombres vive el deporte español. Hoy ellas son las que llevan la voz cantante. Lydia Valentín, Mireia Belmonte, las guerreras del balonmano, el waterpolo femenino, Garbiñe Muguruza. La procesión de nombres continúa, los éxitos se mantienen.

Pero hubo un tiempo no tan lejano en el que esta era dorada era un simple sueño de unos locos. Si el viaje del mayor de los Gasol a Memphis marcó el camino a su generación, antes los héroes se contaban con los dedos de una mano. Ángel Nieto, y Seve Ballesteros. Manuel Santana y Paco Fernández Ochoa. Poco más. Grandes nombres para un país que vivía y salía de una dictadura, sí, pero escasos. En los noventa España comenzaba a modernizarse y abrazar a Europa y al mundo, pero los éxitos deportivos eran esquivos. La selección de fútbol seguía cayendo en cuartos, la de baloncesto se deprimía con un ‘angolazo’, el tenis daba alegrías puntuales. La Fórmula 1 no existía en este lado de los Pirineos. El deporte femenino estaba lejos de vivir la explosión actual. No había un mito. No existía una leyenda.

Excepto él. Don Miguel Indurain Larraya. El único hombre capaz de vaciar las playas de toda España en los calurosos y soleados meses de julio. Daba igual que uno fuese seguidor fiel del ciclismo, a ‘Miguelón’ se le seguía sin discusión. Durante cinco años Indurain no falló a sus seguidores. El Tour de Francia era coto privado de caza del ciclista navarro. Nadie le tosió desde el 91 hasta el 95, a lo que sumó dos Giro de Italia en los años 1992 y 1993. Su dominio aplastante minimizaba a sus rivales hasta hacer pequeños a grandes ciclistas. Magnánimo en la victoria, su reinado francés terminó abruptamente en 1996. De ahí a su adiós como ciclista apenas pasaron unos meses. En enero de 1997 sorprendió a todo un país al comunicar su retirada. Con solo 32 años no eran pocos los que seguían queriendo ver a Miguel Indurain en las carreteras.

La carrera de Indurain fue de cocción lenta. Cuando pasó al profesionalismo, nadie le esperaba en el Tour de Francia. Tampoco en las grandes vueltas. Su futuro parecía pasar por otro tipo de carreras. Pequeñas vueltas de una semana y clásicas. Su físico decía que Indurain podía ser el primer gran clasicómano español. Pero en la estructura ReynoldsBanesto -hoy Movistar– vieron algo más. Quisieron ir más allá. De la potencia que salía de las piernas de Miguel encontraron un filón para las contrarrelojs. Si conseguían llevar eso a la montaña, tenían un campeón. Y así fue. Mientras tanto, España se dividía al ver a un novato discutiéndole el liderazgo a Perico Delgado. Pese a todo Indurain no discutía nada. Solo mostraba su potencial cuando su líder se lo permitía. Si esa oportunidad no existía, ayudaba a Delgado en todo lo que era necesario.

Sin embargo los campeones no miran atrás. No entienden del pasado. Y las piernas y capacidades de Miguel pedían guerra. Pedían mandar. Querían ganar. Cimentando sus victorias en la lucha contra el crono, donde lograba rentas que le permitían limitarse a seguir a sus rivales en la montaña. Cronos donde también hacía exhibiciones que parecían de otro planeta. Como en Luxemburgo en el 92. En montaña regalaba victorias apretando la maneta de freno en los esprints. Y también dejaba gestas para el recuerdo. Arruinaba autoestimas, como cuando un Tony Rominger lanzado en el descenso del Tourmalet en 1993 veía como Indurain, solo y sin cámaras, le daba caza como quien daba un paseo.

No había reto que se le escapara. El récord de la hora en 1994, el oro en contrarreloj en el Mundial de 1995. La plata en ruta de aquel mismo Mundial en Colombia, siendo medio oro de Abraham Olano labor del propio ‘Miguelón’, frenando al grupo perseguidor, alegrándose tanto o más por el oro de su compañero que por su propia plata. Pero algo empezó a torcerse aquel 1995. En concreto la confianza entre Indurain y los dirigentes de su equipo de toda la vida, el Banesto. Tras la preparación en altura para el Mundial y la disputa del mismo, Indurain se vio obligado a acudir a una pelea en pista contra el reloj. Sin la preparación adecuada -apenas una semana- y en un velódromo que dejaba que desear, aquella aventura terminó en fracaso para el ciclista navarro. Entraba viento en la pista, la cual no era de las medidas deseables, y además tuvo que atacar el reto a primera hora de la mañana.

Fracaso para él, pero no tanto para Banesto y Canal Plus, los principales interesados de aquel intento en Bogotá. El acuerdo económico entre ambas partes obligaba a poner al ciclista ante una situación nada ventajosa para sus intereses. Por si fuera poco, las discusiones entre la dirección del equipo ciclista y Sabino Padilla, médico de Indurain, terminaron con este fuera de la estructura navarra. Aunque seguiría siendo el galeno personal de Miguel en ese 1996 que marcaría el final. Una buena primavera permitía soñar con el sexto Tour consecutivo. Y aunque el oro de los Juegos Olímpicos de Atlanta fue una bella guinda a su carrera, la decepción en Francia fue mayúscula. En una primera mitad de la carrera desastrosa, con un Bjarne Rijs desbocado y de otro material, Indurain perdió todas sus opciones en la general. No pudo resarcirse ni el la etapa homenaje que el Tour le dedicó, pasando por Navarra, donde se le vio sufrir un día más.

Si Indurain y sus jefes –José Miguel Echavarri y Eusebio Unzué– mantenían ya unas relaciones complicadas, aquello terminó de romperse tras el Tour. Con la excusa de que ‘quien no ha hecho los deberes en el Tour debe aprobar en la Vuelta’, Indurain, el mito, la leyenda, se veía obligado a estirar su temporada hasta septiembre. En aquel verano del 96 los dardos envenenados iban de un lado a otro en forma de declaraciones. Aún así, Indurain cumplió con su equipo y se presentó en la salida de la Vuelta, para acabar abandonando unos días después. Fuera de forma y sin la mentalidad adecuada para encarar una carrera que no le motivaba, aquella fue la última vez que se vería a Miguel Indurain sobre una bicicleta como profesional.

Y casi de manera inesperada, aquel 2 de enero de 1997 Indurain dijo basta. Había dejado de creer en su equipo de toda la vida. Desconfiaba de aquellos jefes que le habían llevado con mimo hasta que quisieron exprimir la gallina de los huevos de oro. Sin motivación para irse a una escuadra extranjera, solo le quedaba la opción real del ONCE de Manolo Saiz, otrora máximo enemigo. Hubo charlas, si bien nadie sabrá nunca hasta qué punto llegó la negociación. Con Alex Zülle y Laurent Jalabert como líderes del equipo amarillo, un tercer gallo -y además el principal rival de estos dos durante los anterior años- solo podía suponer más problemas. En la mente de muchos queda el convencimiento perenne de que Miguel Indurain tenía el sexto Tour en sus piernas. Pero las leyendas necesitan precisamente eso, contar con algo de mito a su alrededor que alimente su historia.

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