Leer Maus es una experiencia emocional de las que marcan. Cualquiera que lo haya leído podrá corroborar estas palabras con las que inicio la reseña. Toda una declaración que hago sin temor a equivocarme. Y es que la novela gráfica de Art Spiegelman llega a los más profundo del ser humano. Consigue poner a flor de piel sentimientos y emociones que normalmente tenemos escondidos. O cuanto menos, resguardecidos, bien defendidos para que no aparezcan con facilidad el dolor, la pena, la angustia o la ira.

Esas son las emociones que llega a generar Maus. Esas y muchas otras. Es una historia dura y cruel, como muchas de los relatos del Holocausto. Lo hemos visto mil veces en el cine, en los libros, en la televisión. Maus bien pudo ser el precursor de todos esos productos audiovisuales o escritos. Y lo hizo con una crudeza que pocos se han atrevido a igualar después. Es dura y cruel, sí, porque además lo hace desde una primera persona que muestra, sin tapujos, lo que supuso sobrevivir a Auschwitz. Antes, durante y después.

El miedo que nosotros llegamos a sentir es el mismo miedo que siente Vladek Spiegelman, padre del autor y protagonista de la obra. Es el mismo que acaba reflejado en los traumas del propio escritor. O de su madre, por momentos un mero fantasma que carga de profundidad la historia de Vladek -y la de su propio hijo-. Esta es una historia de supervivencia pura y dura, contada por alguien que no entiende de enemigos porque sí, solo porque alguien le obliga a tener un enemigo. Su único objetivo pasa por salir vivo y poder contarlo. Y lo consigue. Todo ello lo vemos en los ojos de ratones (judíos), gatos (alemanes), cerdos (polacos) o ranas (franceses), entre otros. Y esto no le resta ni un ápice de vigencia, si acaso sirve para entender ligeros matices que nos ofrece Spiegelman en su relato.

Maus engancha, sí. Es adictivo, porque sin empatizar del todo con alguien como Vladek, capaz de cualquier cosa por sobrevivir, sí que conseguimos empatizar con esa causa común que es vivir. Lo hacemos, también, por lo directo que recibimos las crueldades que realizaban los nazis. Como exterminaban un pueblo. Como esconderse ya no era un juego. Como el simple hecho de comer era una odisea. O un acto de imaginación, donde la madera bien puede servir para engañar al cuerpo. Situaciones que van forjando y cambiando el carácter de Vladek. Alguien que nunca volverá a ser quien era antes de que los nazis destrozasen su vida.

Engancha y a su vez necesitas coger aire en el proceso de lectura. Tan duro es. Ves gente morir. Ves gente pasar hambre. Hay sufrimiento, frío, dolor. Deja una huella imborrable en quien lo lee. Es un testimonio más de tantos hemos conocido desde el Holocausto. Pero hay algo especial en la mirada con la que Art Spiegelman se acerca y nos cuenta el relato de su padre. Es la manera de contarlo. Algo que por momentos parece cotidiano en la vida de Vladek, como buscar un nuevo lugar donde pasar desapercibido ante los nazis y que, en realidad, es un acto de valentía sin igual. Todo ello mezclado con el hombre superando su vejez y manías, contando pastillas, arreglando la casa. Y así durante 296 páginas.

Este cómic se hizo con el Premio Pulitzer en 1992. Su influencia en numerosas obras posteriores es notoria y conocida. No descubro la pólvora. Maus es uno de esos libros que marcan. Deja impronta. Y sin duda es un libro imprescindible. Uno que debería estar en cualquier biblioteca. En cualquier casa. Porque sentir miedo, rabia, ira, frustración o dolor debería ser normal. Y porque, en el fondo, Maus también nos ofrece una metáfora sobre nunca perder la esperanza. La nuestra es la de Vladek Spiegelman, ese hombre que termina en una constante supervivencia eterna. Tan marcado, tan duro fue sobrevivir al Holocausto.