El Reino Unido ha quedado en el imaginario colectivo como un país gris. Será por su clima con esas sempiternas niebla y llovizna, aunque hay quien dice haber vivido allí y asegurar que no es para tanto. Seguramente sea un exceso de cerveza lo que explique estos desvaríos. O quizá sea la flema británica, esa supuesta apatía ante los sucesos que acompañan a la vida, bien sean grandes o pequeños. Tomando como cierta esa sentencia sí podremos afirmar que Leicester es una ciudad gris. Un lugar más como tantos otros hay en las islas. Encajado entre Londres y el dúo que forman Manchester y Liverpool, la posición de centro industrial del país, a medio camino entre ambos puntos clave, se la quedó Birminham. La revolución musical que agitó al Reino Unido desde la década de los sesenta del pasado siglo también les pilló fuera de juego. Primero fue el duelo entre Londres y Liverpool el que llenó portadas y estanterías en tiendas de discos, tanto por calidad como por cantidad. Después la ola del Heavy Metal se la apropió Birmingham de nuevo, con Judas Priest y Black Sabbath a la cabeza. Llegarían el punk, el sonido Madchester, el Britpop y no sería hasta la aparición de Kasabian que Leicester conseguiría su primer gran motivo de orgullo como ciudad. Más de lo mismo en lo futbolístico. En su región de East Midlands todos los clubes importantes contaban con su momento de gloria, mientras que el Leicester City FC y sus seguidores tenían que conformarse con mirar con cierta envidia. Ellos en cambio disfrutaban si conseguían mantenerse en la máxima categoría.

Con estos antecedentes uno aprecia que Leicester no es una ciudad que permita soñar con alegría. En Leicester uno trabaja duro y sale hacia adelante, esperando que lo que venga no sea peor, mientras intenta disfrutar de las pequeñas cosas de la vida. Una ale en el pub de siempre, un paseo por Abbey Park aprovechando los exiguos rayos de sol, comer en un restaurante exótico, un hindú quizá. Quizá hasta los sueños de los lugareños sean humildes, como si no pudieran alejarse de la sencilla y mundana realidad que les rodea. En este 2016 es precisamente esa realidad la que les ha permitido soñar con grandeza, para poder ver finalmente como son ellos y su ciudad la que disfruta y lleva la voz cantante. Su Leicester City ha robado a los grandes el título de la Premier League, dirigiendo así los ojos del fútbol británico y mundial a la ciudad. Los Foxes del italiano Claudio Ranieri han escrito una bella epopeya deportiva en un tiempo en el que las historias de cenicientas parecían imposibles, arrinconadas en la memoria futbolística y deportiva. Han conseguido devolver algo de romanticismo al fútbol de máximo nivel justo cuando daba la impresión de que se había perdido para siempre.

En Leicester se encuentran en una situación única y puede que irrepetible. Seguramente irrepetible. Sus habitantes y aficionados son conscientes de ello, lo que les hace deleitarse aún más con el viaje que han realizado. Esta es una historia que el club y sus aficionados no olvidarán jamás. Generaciones venideras aparecerán en el ahora conocido como King Power Stadium y serán sus mayores quienes les recuerden el año en que dominaron la Premier League. Cuando nadie les tosió. Cuando a fin de cuentas sorprendieron al mundo entero. En clubes más grandes los éxitos se celebran igual, pero no de la misma manera. Sus seguidores sienten esos triunfos como suyos, pero son aquellos que no disfrutan de la gloria o que ni siquiera han estado cerca de ella los que saborean estos momentos de una manera especial. Diferente. Y el recuerdo en sus memorias es igualmente distinto como lo será la trayectoria narrativa que siga el cuento de esta temporada. Con todo eso muy presente los devotos que cada quince días acuden con fidelidad espartana a Filbert Way han encarado el final del camino, para poder ser ellos quienes celebren por una vez. Por primera vez.

El día que Leicester se acercó a Dios.

El día que Leicester se acercó a Dios. Y Dios se la jugó.

Porque el Leicester City no ha sido un club especialmente afortunado. Nunca logró proclamarse vencedor de la máxima división inglesa y sus éxitos quedan reducidos a tres League Cups, dos de ellas bajo el mandato del allí idolatrado Martin O’Neill, en 1997 y 2000. Para recordar el tercer título en cuestión hay que remontarse hasta 1964, cuando el que fue quizá el mejor equipo de la historia del club superó al Stoke City a doble partido. Aquel Leicester contaba con una de las mayores leyendas que dio el club, Gordon Banks, siempre con permiso de Peter Shilton y Gary Lineker. A Banks lo acompañaba otro de los nombres bordados con oro de cuantos han vestido la camiseta azul de los Foxes: Dave Gibson. Ambos fueron protagonistas en aquella final, Banks con sus paradas en la ida, en un partido en el que tuvieron que defenderse con uñas y dientes, y Gibson con dos de los cuatro goles que marcaron los de East Midlands, especialmente el de la ida que significó el empate a uno con el que se volvieron a Filbert Street, donde se impusieron por tres a dos. Y eso es todo. Nada más. Este es por tanto y sin ninguna duda un equipo modesto dentro de la élite, y lo es por méritos propios.

Sino que se lo recuerden a la generación que pudo disfrutar del mejor Leicester que jamás vió la ciudad, aquel que precisamente se impuso en la League Cup de 1964. Con la llegada y el transcurrir de los sesenta algo fue cambiando. Fueron los años de la contracultura, la popularización de las drogas, la década hippie, la explosión del rock, la apertura sexual… y también fueron los años del mejor Leicester. No consiguieron tocar la gloria pero sí la rozaron en varias ocasiones. Era el Leicester de Banks y Gibson, pero también del temible extremo Stringfellow y los incansables McLintock y Cross, del goleador Keyworth. Hasta en tres ocasiones tuvieron que sufrir la cruz en la moneda y ver como la victoria les era esquiva. La primera de ellas fue en 1961. Los Foxes llegaban a su segunda final de FA Cup tras la de 1949. El trayecto había sido largo y complicado, teniendo que jugar hasta cuatro replays, dos de ellos en unas duras y casi interminables semifinales ante el Sheffield United. En Wembley se encontraban con el Tottenham de Bill Nicholson, Bobby Smith, Les Allen y compañía. La empresa era difícil per se, ya que los Spurs buscaban el doblete tras proclamarse campeones ligueros. Aunque el Leicester dio guerra en el arranque, la imposibilidad de hacer cambios tras la lesión del defensa Chalmers fustró todas sus opciones. Con diez aguantaron hasta el minuto 66 para acabar cayendo por 2-0. Infortunio 1, Leicester City 0.

Con ese triunfo el Tottenham logró el primer doblete en el fútbol inglés desde que lo lograse el Aston Villa en 1897. El siguiente equipo en rozar la proeza fueron precisamente los Foxes apenas dos años después. El invierno más duró que vivió Inglaterra en el siglo XX le sirvió al Leicester para hacerse fuerte en un campeonato que se disputó a trompicones. Entre finales de diciembre e inicios de febrero no se disputaron partidos. Pero mientras algunos clubes pasaban hasta diez semanas sin poder disputar partidos, en Leicester acortaron ese tiempo a solo cinco, lo que les resultaría beneficioso. El césped de Filbert Street seguía sin estar al 100% practicable, con partes aún heladas, pero los jugadores del entrenador Matt Gillies mostraron un nivel inusual en semejantes condiciones, lo que les daría el sobrenombre de ‘Ice Kings‘. Ese buen hacer les permitió liderar la tabla cuando la temporada llegaba a su ocaso. El problema pudo llegar en la carga de partidos que debieron hacer frente, llegando a disputar siete partidos en diecisiete días, tres en apenas cuatro y con un ‘back-to-back‘ ante el Manchester United los días 15 y 16 de abril. Aún así aguantaron el tirón y a falta de cinco partidos por jugarse eran líderes. Iniciaron esa recta final con un empate en casa ante el Wolverhampton Wanderers para caer en las cuatro jornadas restantes, todas como visitante. Del primer puesto al cuarto final y la sensación, como diría Gordon Banks, de “haber descendido” de categoría. Aún les quedaba Wembley, donde les esperaba el Manchester United de Matt Busby, Bobby Charlton y Dennis Law. En esta ocasión el Leicester era claro favorito, por su clasificación liguera y por su atractivo fútbol de pase y mucho movimiento entre posiciones de los futbolistas.

Se quedaron con la miel en los labios una vez más. El Leicester dio la sensación de ser incapaz de apretar las tuercas al que después sería el primer gran United, pero que aún era un equipo en construcción y que llevaba seis años sin ganar nada. Para mayor desgracia Banks falló en dos de los tres goles de los diablos rojos. Resultado final: Infortunio 3, Leicester City 0. Tendrían un nuevo intento en 1969, con una plantilla renovada en la que aún seguía dando lecciones de clase Gibson, pero en la que Banks había dejado paso a un joven Peter Shilton. En esta ocasión fue el gran Manchester City de finales de los sesenta y principios de los setenta el que puso frenó a sus deseos de triunfo. Después de este intento de ser un grande del fútbol inglés los Foxes debieron pensar que aquello no era lo suyo. No sabían lo que era ganar y si sabían lo que era sufrir y ver el tiempo pasar sin mayores repercusiones. Y a eso se dedicaron durante décadas. Solo la aparición de una estrella en ciernes como Gary Lineker les dio algo con lo que volver a soñar. Pero ni siquiera disfrutaron del mejor Lineker, algo que les tocaría a otros clubes. Tenían que sufrir a sus vecinos Derby County y Nottingham Forest disfrutando de las mieles del éxito local y continental, mientras ellos se limitaban a formar parte de la clase media-baja inglesa social y futbolísticamente hablando.

La inmersión en esa realidad fue tal que de leyendas como Banks -campeón del mundo en 1966 defendiendo los colores del Leicester-, Shilton -el inglés con más internacionalidades-, Gibson o Lineker, pasaron a conformarse con incluir entre ellos a ‘Muzzy’ Izzet, quien cualidades deportivas a un lado no dejó huella en la Premier League. De hecho sus mayores logros fueron la fidelidad a los colores y ser el tuerto en el país de los ciegos. La belleza del fútbol tiene estas cosas, donde cómo valorar a un futbolista a veces no es una cuestión ni cualitativa ni cuantitativa. Quizá sea Izzet el mejor ejemplo de lo que significa Leicester en el imaginario futbolístico británico, un lugar en el que las alegrías y los triunfos son efímeros y humildes, cuando no directamente distantes y lejanos. Leicester es la normalidad hecha fútbol. Es el vecino de al lado que no molesta ni cuando organiza una fiesta. Este es el mismo club que ahora le da al fútbol moderno una última gran historia, el último brochazo romántico para que sigamos creyendo en su belleza. Los grandes cuentos no se han extinguido, siguen ahí pendientes de ser escritos.